Capítulo 3 El sabor del control
Hay un momento en el que el mundo se acomoda bajo tus manos, cuando cada movimiento de las piezas en el tablero responde a un plan que solo tú conoces. No todos pueden comprender esa sensación; para la mayoría, la vida es una corriente que los arrastra sin darles opción de decidir hacia dónde ir. Pero yo no, yo soy la corriente.
Con Elena, todo comenzó con un rechazo, una sonrisa amable, una mirada cargada de esa compasión estúpida que las mujeres utilizan cuando no quieren herirte, pero que hiere mucho más que una bofetada. Me dijo que no, con dulzura, y lo que ella no sabía es que esa dulzura me envenenó. La amabilidad fue una estocada que me dejó sangrando, pero también me dio claridad, no bastaba con acercarme a ella. Tenía que obligar al mundo a acercarla a mí y así descubrí el sabor del control.
El juego de los profesores, la universidad era un terreno fértil para alguien como yo. Profesores cansados, fáciles de corromper con una cena, con un sobre, con la simple promesa de un contacto influyente. Yo sabía cómo hacerlo; mi madre me había enseñado desde pequeño a manipular con una sonrisa y un guiño. La diferencia era que yo lo hacía con un propósito claro, Elena Navarro.
Empecé con el profesor Landa, encargado de proyectos grupales, un hombre ambicioso, siempre buscando impresionar al decano. Una donación anónima a la biblioteca, gestionada con cuidado para que pareciera un gesto suyo, bastó para ganarme su confianza. Le sugerí, con esa voz que uso cuando quiero que alguien piense que la idea es suya, que ciertos alumnos deberían coincidir en los mismos equipos. Que potenciar a los mejores con los más aplicados podía elevar el prestigio de la clase.
¿Y quiénes eran esos “mejores”? Yo, por supuesto. ¿Quién era la más “aplicada”? Elena.
Fue casi poético verla entrar al aula aquel día y escuchar al profesor anunciar los grupos. Cuando pronunció mi nombre junto al suyo, su gesto de sorpresa fue tan puro que me excitó. Esa mezcla de incredulidad y resignación… como si el universo la estuviera empujando a mi lado, lo estaba.
Yo lo estaba.
Los hilos invisibles
No me bastaba con compartir proyectos, quería que respirara mi aire, que dependiera de mis notas, que se acostumbrara a mi presencia. Así que empecé a mover hilos más pequeños. Le pedí a un amigo, Sergio, que “casualmente” se olvidara de prestarle un libro que ella necesitaba. Organicé, con ayuda de otro, que el único ejemplar disponible en la biblioteca estuviera apartado bajo mi nombre..
Elena, con su voz dulce, me pidió el favor de prestárselo, fue la primera vez que me rogó algo, aunque lo disfrazara de cortesía, y yo, con la calma de un dios que da o niega bendiciones, acepté.
Ese fue el sabor del control, ver cómo ella, sin saberlo, entraba en mi juego.
El proyecto compartido
Trabajar juntos en el proyecto fue una experiencia casi religiosa. Elena era meticulosa, dedicada, siempre organizada, yo dejaba que hablara, que propusiera, que creyera que tenía el mando. Pero por debajo, yo decidía los tiempos, los enfoques, incluso los ejemplos que usábamos. Le sugería lecturas, artículos, que casualmente yo ya había leído y que guiaban su pensamiento hacia donde yo quería.
Era como introducir veneno gota a gota en un vaso de agua. Ella lo bebía confiada, y yo me deleitaba viendo cómo su mente se moldeaba sin que lo notara.
Había momentos en los que me miraba, agradecida por una idea que creía suya pero que en realidad había nacido de mí. Y ese brillo en sus ojos, esa chispa de reconocimiento, era mejor que cualquier orgasmo.
Entre amigos y rumores
La universidad es también un ecosistema de rumores. Bastaba con plantar una semilla en la boca adecuada para que creciera una historia. Yo me aseguré de que en los pasillos se comentara que Elena y yo éramos inseparables en el trabajo, que hacíamos un buen equipo, que incluso podía haber algo más. No me importaba que ella lo negara. El simple hecho de que la gente lo creyera la ataba a mí.
Cuando algún idiota se le acercaba con intenciones, siempre encontraba una manera de interponerse. Un comentario al oído de la chica adecuada, una insinuación sobre que Elena estaba demasiado ocupada conmigo. Era fácil, era delicioso.
Yo no necesitaba que ella me quisiera todavía, solo necesitaba que el mundo entero creyera que me pertenecía. Y, poco a poco, ella misma empezaba a creerlo también.
La primera dependencia
Lo recuerdo con claridad, era un martes lluvioso, de esos días en los que la ciudad parece un cementerio húmedo. Elena había olvidado una parte del proyecto en su departamento y necesitaba entregarlo esa misma tarde. Sus amigas estaban ocupadas, los taxis eran un desastre, y la lluvia lo complicaba todo.
Yo estaba allí.
Siempre estoy allí.
La llevé en mi coche, escuché su agradecimiento, y cuando subió a recoger el trabajo, la esperé pacientemente. Esa espera no era un acto de bondad; era una siembra. Le enseñaba que, en los momentos críticos, yo siempre estaría disponible. Que podía contar conmigo más que con nadie.
Elena bajó con los documentos mojados por unas gotas de lluvia en su cabello, y me sonrió. Esa sonrisa fue mi recompensa, ella no lo sabía, pero acababa de darme la primera pieza de lo que sería su dependencia.
El poder disfrazado de generosidad
Cada paso que daba era calculado, le prestaba apuntes cuando los necesitaba, pero siempre con una ligera marca de mi escritura para que recordara de dónde venían. Le ofrecía explicaciones, pero insertaba ejemplos que la hacían pensar como yo. Y cuando recibíamos elogios de los profesores, me aseguraba de compartirlos con ella de manera que se sintiera en deuda.
Porque ese es el verdadero poder, no el que se impone a gritos, sino el que se ofrece como una mano amiga. La deuda invisible, el agradecimiento perpetuo, la sensación de que sin mí todo sería más difícil.
Yo era su soporte, yo era su sombra, yo era, aunque aún no lo aceptara, la única constante en su vida universitaria.
El banquete de un dios
Hubo una noche en que, después de una presentación impecable, el profesor Landa nos felicitó frente a toda la clase. Elena estaba radiante, agradecida conmigo por haber “trabajado tan bien juntos”. Nos fuimos a la cafetería, y mientras ella hablaba emocionada, yo apenas la escuchaba.
Lo que me embriagaba no eran sus palabras, sino la certeza de que todo lo que decía era resultado de mis hilos invisibles. Yo la había llevado hasta allí. Yo la había hecho brillar. Y ella me agradecía por un logro que yo había diseñado desde el principio.
Fue en ese momento cuando comprendí que el control no era solo un medio, sino un fin en sí mismo. Me excitaba más que su cuerpo, más que cualquier promesa de amor. Dominar su mundo era más dulce que besar sus labios.
El sabor del control era adictivo, y yo ya estaba condenado a buscarlo siempre
