Capítulo 7 Capítulo 7
—Vas a dormir en la habitación contigua a la mía. Aquí en la planta alta.
El pulso de Cora se disparó de ansiedad. La planta alta era el territorio privado de él. Estar allí significaba estar a un paso de su puerta, a su merced durante toda la noche.
—Señor... la Sra. Papanikos dijo que las empleadas duermen abajo...
—La Sra. Papanikos no manda en esta casa, ¡mando yo! —gritó Nereo, girándose con violencia y tirando el vaso vacío contra la pared. El cristal se hizo mil pedazos en el suelo—. Anthea se despierta de noche. Quiero que estés cerca para atenderla, además de tenerte vigilada. No confío en ti. No confío en esa cara de ángel que tienes.
Avanzó hacia ella otra vez, arrastrándola con la mirada. Cora sentía el peligro flotando en el aire. Nereo estaba buscando cualquier excusa para romper las reglas, para acortar las distancias.
—Subes tus cosas ahora mismo —dijo él, rozando con el codo el pecho de Cora al pasar a su lado a propósito, sintiendo la firmeza de su cuerpo—. Y ni se te ocurra cerrar la puerta con seguro. Si intento entrar y la puerta está cerrada, te saco a patadas de la mansión.
—Sí, señor... —susurró ella, temblando de pies a cabeza.
Una hora después, la mansión estaba en completo silencio. Cora yacía en la cama pequeña de la habitación contigua al dormitorio de Nereo. La puerta que comunicaba ambos cuartos estaba entreabierta, tal como él lo había exigido. La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando las sábanas blancas.
Cora no podía dormir. Escuchaba los pasos pesados de Nereo al otro lado de la pared. Lo oía caminar de un lado a otro, como una fiera enjaulada. El aire en la habitación se sentía denso, cargado de tensión tan fuerte que le hacía doler el estómago.
De pronto, los pasos se detuvieron justo al lado de la puerta comunicante.
La puerta se abrió despacio, produciendo un chirrido seco.
Cora se sentó de golpe en la cama, cubriéndose el pecho con la cobija.
Nereo estaba allí. Se había quitado la camisa. Su torso ancho, cubierto de vello oscuro y cicatrices antiguas, brillaba con una capa fina de sudor. En la mano llevaba un frasco de pomada.
—Pónte esto —ledijo arrojándole el frasco sobre la cama.
Cora miró el frasco y luego a él.
—¿Qué es?
—Para las rodillas —le respondió con brusquedad, señalando con la cabeza las piernas de Cora—. Esta mañana te las raspaste en el mármol. No quiero que camines como una tullida mañana mientras cuidas a mi hija.
El gesto, que podía haber parecido piadoso, venía cargado de una rudeza muy normal en su trato. Nereo no esperó a que ella lo hiciera. Se acercó a la cama, le apartó la cobija de un manotazo seco y se sentó en el borde del colchón. La cama cedió bajo su peso.
—Señor, no... yo puedo sola —dijo Cora, intentando recoger las piernas.
—Quédate quieta —le ordenó tosco.
Nereo destapó el frasco, tomó una cantidad abundante de crema y agarró el tobillo de Cora con una mano dura. La pierna de ella era blanca, suave, perfecta. Nereo subió la mano hasta la rodilla, donde la piel estaba roja y lacerada.
Sus dedos gruesos comenzaron a extender la crema sobre la herida. Pero sus movimientos no eran suaves. Eran bruscos, pesados, cargados de un deseo reprimido que lo hacía respirar con dificultad. El roce de sus manos calientes sobre la piel desnuda de las piernas de Cora hizo que a ella se le erizara todo el cuerpo.
Nereo no miraba la herida. Miraba la cara de Cora. Miraba sus labios carnosos que se entreabrían por el susto, sus ojos llenos de agua, la forma en que su pecho subía y bajaba aceleradamente bajo el camisón.
La mano de Nereo no se detuvo en la rodilla. Empezó a subir lentamente por el muslo de Cora, acariciando la carne suave y caliente, desafiando todos los límites. Cora sintió una corriente eléctrica que le recorrió la espalda. Quería apartarse, pero la mano de Nereo era como un cepo de hierro.
—Señor Athanasiou... por favor... —suplicó ella en un hilo de voz, sintiendo que la boca se le quedaba seca.
Nereo se inclinó sobre ella. Su rostro quedó a milímetros del cuello de Cora. Podía oler su piel, sentir el calor que emanaba de su cuerpo. La bestia en su interior rugía por tomarla allí mismo, por romper la tela de ese camisón barato y calmar esa hambre absurda que lo estaba volviendo loco.
—¡Cállate! —murmuró él, con la voz rota, y la respiración quemando la piel del cuello de Cora—. Cállate la boca, Cora.
Su mano subió más, llegando hasta el borde del camisón, levantando la tela sin delicadeza. Los dedos de Nereo rozaron la parte alta de su muslo, a un centímetro de su intimidad. El toque fue tan bruto y cargado de posesión que Cora soltó un jadeo ahogado, cerrando los ojos con fuerza, esperando lo peor.
Nereo se congeló. Sentía el temblor de la chica debajo de él, la pureza de su cuerpo entregado al miedo, y la aplastante realidad de su propia obsesión. Quería destruirla, poseerla hasta saciarse, pero la mirada asustada de ella era un espejo que le devolvía la imagen del monstruo en el que se había convertido.
Con un gruñido lleno de rabia y frustración, Nereo la soltó bruscamente, y se puso de pie de un salto. El frasco de pomada cayó al suelo, rodó debajo de la cama.
—Mañana te quiero de pie a las cinco —le dijo, respirando como si hubiera corrido un maratón, con los ojos enrojecidos por el esfuerzo de contenerse—. Si la niña llora y no estás ahí, te juro que no respondo de mí.
Nereo se dio media vuelta y salió hacia su habitación, dejando la puerta comunicante abierta de par en par.
Cora se acurrucó en la cama, recogiendo las piernas contra el pecho, sintiendo todavía la marca ardiente de los dedos de Nereo en sus muslos.
El silencio de la noche regresó, pero la sombra del Zar seguía allí, amenazante, hambrienta. Lo que para Cora era peligro, una forma de presionarla, para Nereo era una tortura. La tentación ya no era una posibilidad lejana; sino una bestia sin cadena que dormía al otro lado de la pared, esperando el menor desc
uido para devorarla por completo.
