Capítulo 6 Capítulo 6
—A ver si es verdad —dijo Nereo con un tono de voz baja, cargada de peligro, un peligro animal.
Sin pedir permiso, Nereo metió las manos bruscamente en los bolsillos del camisón de Cora. Sus manos duras y ásperas rozaron directamente la piel de sus muslos y caderas. Cora dio un salto, intentando apartarse, pero Nereo pegó su cuerpo contra el de ella, atrapándola contra el escritorio. La presión era brutal. Cora sintió la dureza de su pelvis, el calor hirviente de su cuerpo gigante y la respiración pesada de Nereo contra su nuca.
Nereo no buscaba dinero. Sus manos se demoraron en sus caderas, apretando la carne suave con una fuerza bruta, celosa, posesiva. El olor a mujer joven que salía de la piel de Cora le nubló la cabeza. Respiraba tan agitado que parecía que le faltaba el aire. Quería romper la tela de un tirón.
—No hay nada... —susurró Cora, llorando de vergüenza, sintiendo el peso de la bestia sobre ella—. Por favor, déjeme...
Nereo sacó las manos lentamente, pero no se alejó. Su rostro estaba a centímetros del de ella. Se le veía el odio en los ojos, pero también un deseo sucio, ciego, un hambre de animal hambriento que le estaba costando disimular.
—Si me entero de que me robas, te entrego a la policía —la amenazó pegando su frente a la de ella por un segundo, sintiendo el temblor de sus labios.
Antes de que Nereo pudiera tocarla otra vez, el teléfono fijo del escritorio comenzó a sonar con un timbre estridente. El sonido los cortó a ambos. Nereo masculló una maldición entre dientes y se apartó un milímetro para contestar, pero sin dejar de arrinconar a Cora contra la madera.
—¿Qué? —respondió de mala gana al auricular.
—Señor Athanasiou... habla el guardia de la reja principal —dijo la voz al otro lado—. La mujer que vino ayer en la mañana, Úrsula, está abajo exigiendo entrar. Trae un paquete con ropa y cosas de la chica y dice que necesita hablar con usted urgentemente sobre el sueldo de ella y los arreglos de la casa.
Cora abrió los ojos de par en par, aterrorizada de que Nereo hablara con Úrsula y esta arruinara su única forma de estar allí para ayudar a su hermano.
—Dile a esa arpía que se vaya al demonio —dijo Nereo fríamente—. No es hora de visitas ni de andar pidiendo adelantos.
—Señor... insiste mucho. Dice que si no habla con usted ahora mismo sobre el dinero, no se moverá del portón.
Nereo miró a Cora. Sus ojos se volvieron dos cubos de hielo mientras sostenía el auricular.
—¿Así que tu madrastra no aguanta ni un día sin venir a rondar la mansión para sacarme dinero? —le dijo a Cora en tono seco—. ¿Tanta prisa tiene por cobrar por ti?
Cora sintió que el corazón se le salía del pecho. Temía que si Nereo se fastidiaba de las exigencias de Úrsula, terminara echándola a ella a la calle esa misma noche. Tenía que evitar a toda costa que esa mujer arruinara su estancia.
—¡Por favor, señor! —suplicó Cora rápidamente, agarrándole la mano a Nereo por impulso, desesperada—. ¡No la deje pasar! No le pague nada a esa mujer, se lo ruego. Yo trabajaré el doble, haré todo lo que me pida, pero no permita que arruine mi trabajo aquí. Quiero quedarme a cuidar a su hija, se lo juro. Después la llama y habla de eso con ella.
Nereo miró la mano pequeña de Cora sujetando la suya. Sintió el contraste entre su piel suave y su propia mano tosca y maltratada. El gesto desesperado de ella, en lugar de calmarlo, le encendió más la rabia y la lujuria. La chica prefería rogarle a él antes que dejar que su familia interfiriera en la casa.
—Dile a esa vieja que si vuelve a molestar a estas horas, la mando a sacar con los perros —ordenó Nereo al teléfono, y colgó de un golpe.
Se volvió hacia Cora. La tomó del mentón con los dedos de acero, obligándola a mirarlo de frente.
—Así que te quieres quedar como sea... —dijo él, con una sonrisa amarga y cruenta—. Te fascina el lujo de esta mansión, ¿no? Prefieres aguantar mis malos tratos antes que volver a la miseria de donde te sacaron. Eres igual a todas. Una interesada.
—No es por eso... —intentó explicarse ella, pero Nereo le apretó la mandíbula para callarla.
—Cállate. No quiero oír tus excusas.
Nereo la soltó bruscamente. Cora se llevó las manos a la cara, intentando frenar el llanto.
—A partir de hoy no vas a dormir en el cuarto de servicio de la planta baja —dijo él, dándole la espalda y sirviéndose otro trago de whisky con la mano temblorosa.
Cora levantó la vista, confundida.
—¿Qué?
