La Niñera Del Monstruo

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Capítulo 5 Capítulo 5

Horas después, la habitación de Anthea era el único rincón de la mansión donde la luz no parecía una amenaza. Cora vestía un camisón de algodón que el ama de llaves le había entregado: una prenda sencilla, pero la tela barata se ceñía con una terquedad traicionera a sus caderas anchas, delineando la firmeza de sus pesados senos y lo entallado de su abdomen y de su vientre suave. No había forma de esconder lo que era. Su cuerpo respiraba una sensualidad involuntaria que a ella la avergonzaba y que pareció silenciar a toda la casa.

—¡Cántame otra vez, Cora! —susurró Anthea, acurrucada bajo las cobijas, apretando su conejito de felpa.

Cora se sentó en el borde de la cama y le acarició los rizos con delicadeza. Su rostro, cansado y sin una gota de maquillaje, irradiaba dulzura.

—Arrorró mi niña, arrorró mi sol... —cantó en un murmullo suave, besándole la frente a la pequeña—. Duérmete, mi amor. Mañana jugaremos en el jardín.

En la penumbra del pasillo, una figura enorme tapaba el marco de la puerta abierta. Nereo estaba apoyado contra la madera, invisible entre las sombras. Tenía la camisa desabrochada en el pecho, la corbata floja y un vaso de whisky pegado a los dedos. Los ojos, rojos por el alcohol y la falta de descanso, estaban fijos en la espalda de Cora. Miraba cómo el camisón se tensaba en sus hombros, cómo la curva de su cintura se hundía mientras se inclinaba sobre la cuna.

Sentía un hambre feroz, un ardor bruto en las tripas que no podía razonar. No entendía de dónde le salía esta rabia sedienta. Solo reconocía que verla allí, tan suave, tan llena de una luz que no le pertenecía, le despertaba una bestia dormida que quería destrozarla para ver si por dentro también era tan delicada.

Cora acomodó las cobijas de Anthea, se puso de pie y se giró en silencio. Al verlo plantado en el umbral, ahogó un grito y se llevó las manos al pecho.

—¡Señor... me asustó! —murmuró, dando un paso atrás.

Nereo no respondió de inmediato. Avanzó un paso adentro de la habitación. El olor a alcohol y a su loción de madera amarga impregnó el ambiente.

—¿Qué le estabas diciendo? —le preguntó con un tono de voz que se escuchó con un gruñido rasposo, tosco, amenazante.

—Solo le cantaba para que durmiera, señor Athanasiou. Ya se durmió.

—No me gusta que le hables tanto —dijo él, acortando la distancia. Sus pasos eran lentos, pesados—. No quiero que le metas ideas en la cabeza.

—Solo intentaba ser amable...

—No te pago para que seas amable. Te pago para que obedezcas.

Nereo se detuvo a solo medio metro de ella. Cora tuvo que alzar la vista. La diferencia de tamaño era abrumadora. La mirada de Nereo bajó sin disimulo por el cuello de ella, deteniéndose en el escote del camisón que subía y bajaba agitadamente por su respiración rápida. Bajó más la mirada, devorando la línea de su cintura y la plenitud de sus caderas. Nereo apretó el vaso de cristal hasta que sus nudillos chasquearon. Tenía ganas de agarrarla del cabello, de pegarla a su cuerpo duro y sentir cómo temblaba.

—Sal de aquí. Vamos a mi despacho —le ordenó con brusquedad.

—¿Al despacho? Pero... la niña...

—¡Dije que camines! —siseó Nereo, sujetándole el brazo con la mano libre.

Su agarre fue seco, con una fuerza desmedida que le sacó un gemido a Cora. Él no la soltó; la arrastró afuera de la habitación de la niña, obligándola a caminar rápido por el pasillo a oscuras. Cora sentía los dedos de Nereo marcándose en su carne floja, pero no se quejó. No podía. Si Úrsula se enteraba de que la habían despedido apenas la segunda noche, la molería a golpes y los echaría a ella y a su hermanito a la calle. Tenía que aguantar. Su deber era permanecer allí aunque ese hombre la mirara como si quisiera asesinarla. Cora no había aprendido a interpretar la mirada del monstruo.

Entraron al despacho. Nereo cerró la puerta de un portazo que retumbó en las paredes de piedra y empujó a Cora contra el escritorio de caoba. La chica chocó de espaldas contra la madera dura, soltó un jadeo ante el choque.

Nereo tiró el vaso sobre la mesa con violencia. El líquido se derramó sobre unos documentos.

Sacó un sobre blanco de una gaveta, se lo tiró a la cara a Cora. El sobre le rozó la mejilla y cayó al suelo.

—¿Qué es esto, Vlahos? —preguntó él, dando un paso rabioso hacia ella.

—No sé... no sé qué es, señor —respondió ella, pegándose más al borde del escritorio, asustada.

—¡Es dinero! Faltan quinientos euros de mi caja fuerte —mintió él, acomodándose frente a ella, usando la mentira como pretexto para acorralarla. Avanzó hasta que sus muslos chocaron contra las piernas de ella—. Tu madrastra me dijo que eras una muerta de hambre. Seguro viste la llave esta mañana.

—¡Yo no he tocado nada! Se lo juro por Dios, señor Athanasiou, yo no soy una ladrona —suplicó Cora, con las lágrimas asomándose en sus ojos azules—. Busque entre mis cosas, registre mis bolsillos. ¡No me he llevado nada!

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