La Niñera Del Monstruo

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Capítulo 4 Capítulo 4

—La niña me buscaba a mí, Nereo —dijo una voz desde la entrada. Era la Sra. Papanikos, el ama de llaves, una mujer mayor que había servido a los Athanasiou por generaciones—. La niñera oficial renunció anoche, Nereo. Me dijo que no soportaba tu carácter y se fue sin esperar su paga. Anthea está sola desde entonces.

Nereo se puso de pie de un salto, como si el contacto visual con Cora le quemara.

—Busca a otra. Trae a alguien de Atenas. No me importa el precio —escupió él, dándole la espalda a Cora.

—No hay tiempo, Nereo. La niña necesita a alguien ahora,, y mira... —La Sra. Papanikos señaló a la pequeña Anthea, que se negaba a soltar el uniforme de Cora—. En tres años, nunca se había apegado a nadie así. Ni siquiera a su madre.

Nereo miró a su hija. Anthea levantó la vista y, por primera vez en semanas, no tenía miedo.

—Papá... Cora —expresó la niña, señalando a la joven rubia.

Nereo sintió como la bilis y el deseo de retorcieron en su garganta. Miró a Cora, que seguía en el piso, con las rodillas rojas y la mirada baja. Era una tentación insoportable.

Ponerla como niñera significaba tenerla en la planta alta de su casa, verla a todas horas, permitir que su presencia invadiera el último refugio que le quedaba: su hogar.

—Es una doméstica, Papanikos. No sabe nada de cuidar niños —dijo Nereo, intentando racionalizar su miedo.

—Por lo visto sabe lo más importante: sabe amar a los niños —replicó la mujer mayor con valentía—. Y es joven. Tiene energía. Ponla a prueba… solo por esta semana.

Nereo guardó silencio por unos segundos. Se acercó de nuevo a Cora, que se había puesto de pie con dificultad, sosteniendo a Anthea en brazos. La diferencia de altura era ridícula; ella parecía una muñeca de porcelana frente a un coloso. Nereo extendió la mano y, con una brusquedad que hizo que Cora retrocediera, le tomó la barbilla.

—Escúchame bien, Vlahos —siseó Nereo, con su rostro a milímetros del suyo—. Vas a cuidar a mi hija. Pero si veo que intentas usarla para llegar a mí, si veo que descuidas un solo segundo su bienestar por mirarte en un espejo, desearás que tu madrastra nunca me hubiera hablado de ti.

Cora asintió, incapaz de articular palabra. El contacto de los dedos de Nereo en su piel era como un hierro candente. Él la odiaba, la despreciaba por ser hermosa, y sin embargo, su mano no se retiraba de su rostro. Sus pulgares acariciaron casi imperceptiblemente el labio inferior de Cora, un gesto que delataba la lucha interna que estaba perdiendo.

—Eres una mancha en mi casa, Cora —agregó con un tono de voz tan bajo que se escuchó peligrosamente suave—. Una mancha que voy a borrar tarde o temprano. No te equivoques. Esto no es un ascenso. Es un escrutinio constante. Estarás bajo mi mando directo.

Nereo la soltó bruscamente y se dirigió a la Sra. Papanikos.

—Llévala a que se limpie. Dale un uniforme decente, algo que no sea una invitación al pecado —le ordenó, aunque sabía que nada podía ocultar el cuerpo de Cora—. Y que empiece de inmediato. Si mi hija llora, la chica se va.

Nereo salió del salón con pasos agigantados, subió las escaleras como si huyera de algo, sin mirar atrás. Una vez en su despacho, cerró la puerta y se apoyó contra ella, respirando agitadamente. Sus manos todavía temblaban por el contacto con su piel.

Se sirvió un vaso de whisky, pero el alcohol no pudo quemar el recuerdo de la suavidad de Cora. En su mente, la imagen de la joven con su hija se mezclaba con fantasías oscuras donde él la sometía, donde le quitaba esa máscara de inocencia y descubría a la mujer interesada que estaba seguro que se escondía debajo.

«Es igual que todas», se decía a sí mismo en la mente, bebiendo el whisky de un trago. «Solo que esta es más peligrosa. Es el veneno que Úrsula me envió, y yo, como un estúpido, acabo de abrirle la puerta de mi habitación».

Mientras tanto, en la planta baja, Cora abrazaba a Anthea. No sabía que su destino acababa de sellarse. Desconocía que lo que Nereo mostraba como un desprecio, en realidad era una obsesión repentina y voraz que estaba escalando a una velocidad aterradora, transformando su odio en una necesidad violenta de poseerla y destruirla al mismo tiempo.

Cora solo sabía que sus rodillas le dolían y que, el monstruo le había declarado una guerra que no había provocado, no de manera consciente

La guerra en la mansión Athanasiou acababa de subir de nivel. Ya no era una cuestión de suelos limpios; era una batalla por el alma de un hombre que se negaba a ser salvado y de una mujer que, sin saberlo, se estaba convirtiendo en su mayor adicción.

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