Capítulo 3 Capítulo 3
Como bien lo ordenó su patrón, el resto de ese primer día, Cora permaneció trabajando en la lavandería.
Al día siguiente, el amanecer en Mykonos no trajo consuelo para Cora. A las cinco de la mañana, la mansión Athanasiou ya era un hervidero de órdenes secas y pasos apresurados. Vestida con un uniforme de algodón que raspaba sus pezones y ocultaba a medias sus curvas pecaminosas, se encontraba de rodillas en el gran salón. Su tarea era clara: fregar el mármol negro hasta que pudiera ver su propio reflejo de cansancio en él.
Sus manos, pequeñas y blancas, ya mostraban los primeros signos del maltrato. El agua con lejía le escocía en las cutículas, pero no se atrevía a detenerse. Sabía que Nereo Athanasiou, el Zar de los Astilleros, acechaba desde las sombras de la planta superior. Lo sentía, era como un peso en el aire que le erizaba el vello de la nuca.
Arriba, detrás de la balaustrada de hierro forjado, Nereo la observaba.
Sostenía una taza de café negro, amargo como sus pensamientos. No se había movido en diez minutos. Sus ojos, oscuros y cargados de fatiga, estaban fijos en el cuerpo de Cora. Desde esa altura, la perspectiva era devastadora para su autocontrol. El movimiento rítmico de los hombros de la joven al fregar hacía que su cabello rubio, mal recogido en una trenza, bailara contra su espalda. Pero lo que realmente le cortaba la respiración era la forma en que el uniforme se tensaba sobre sus nalgas redondas y grandes mientras ella se desplazaba por el suelo.
Era una visión erótica y grotesca a la vez. Una tentación arrodillada haciendo el trabajo de un animal de carga.
«Es una trampa», se repetía en su cabeza atormentada Nereo, apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula.«“Esa sumisión es falsa. Está esperando a que baje, a que me debilite, para mostrar sus verdaderas garras».
Recordó a su esposa, Isadora. Ella también solía arrodillarse ante él, pero para doblegarlo con sexo y luego pedirle joyas, para suplicar perdón después de una noche de excesos, o para manipularlo con su cuerpo antes de entregarse a otros. El recuerdo de la traición era un ácido que corría por sus venas. Nereo odiaba a Cora porque era joven, porque era hermosa como Isadora, y porque, a pesar del trabajo humillante, emanaba una luz que él había perdido hacía años atrás.
De repente, un sonido rompió el silencio del salón. Unos pasos pequeños y erráticos.
Anthea, la hija de tres años de Nereo, había escapado de la vigilancia de su niñera. La niña, un pequeño ángel de rizos oscuros y ojos tristes, caminaba por el mármol mojado con su peluche a cuestas.
—¡Bebé, cuidado! —gritó Cora, olvidando por un segundo su lugar.
La niña resbaló en un área jabonosa. Antes de que su cabeza impactara contra el piso, Cora se lanzó hacia adelante, amortiguando la caída con su propio cuerpo. El golpe seco de las rodillas de Cora contra el mármol resonó en todo el salón.
Nereo bajó las escaleras casi saltando los peldaños, impulsado por un instinto protector violento.
—¡Suéltala! —rugió Nereo, llegando al pie de la escalera.
Cora estaba sentada en el suelo, con Anthea acurrucada en su regazo. La niña, en lugar de llorar, se había aferrado al cuello de Cora, escondiendo su rostro en los pechos generosos de la joven. El aroma a jabón y el que emanaba de la piel joven de Cora parecía haber calmado a la pequeña de inmediato.
Nereo se detuvo en seco. La imagen lo golpeó. Cora, con el uniforme empapado de agua sucia, el cabello despeinado y las rodillas sangrando por el impacto, sostenía a su hija con una ternura que él no había visto en años. La forma en que los senos de Cora envolvían a la niña, ofreciéndole un refugio natural, era una visión de una maternidad tan pura que resultaba dolorosa para un hombre tan cínico como él.
—Señor... se iba a caer —susurró Cora, mirando a Nereo con ojos suplicantes. Estaba aterrorizada. Sabía que él era capaz de golpearla por haber tocado a su tesoro.
Se estremeció al recordar lo que se decía de él por lo bajo en la ciudad en torno a la muerte de su esposa.
Nereo se acercó. Su presencia era una tormenta de feromonas y furia. Se agachó, quedando a la altura de Cora. La cercanía fue eléctrica. Pudo ver las gotas de sudor en el labio superior de la joven, el rubor de su esfuerzo y la mirada azul, tan cargada una honestidad que él deseaba destruir para no sentirse vulnerable.
—Te dije que no te acercaras a nada que fuera mío —le reclamó Nereo, aunque su voz carecía de la fuerza de antes. Estaba distraído por la calidez que emanaba del cuerpo de Cora. Sus ojos bajaron, inevitablemente, hacia el escote empapado del uniforme, donde la tela se volvía translúcida por el agua. Pudo ver el contorno de sus areolas, la firmeza de su pecho, y sintió un hambre tan voraz que tuvo que cerrar los puños para no cambiar de decisión, sacar al personal y tomarla allí mismo, sobre el mármol frío.
