La Niñera Del Monstruo

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Capítulo 2 Capiítulo 2

—Aquí está, mi señor —dijo Úrsula con una reverencia exagerada, fingiendo una humildad que no sentía—. Es Cora, la hija de mi difunto marido. Es huérfana, no tiene a nadie más que a mí, y es muy fuerte a pesar de su apariencia. Sabe limpiar, cocinar lo básico y es muy obediente. Pensé que, siendo usted tan exigente con el orden, ella sería ideal para la limpieza pesada de la planta baja.

Nereo dejó la taza sobre una mesa que tenía cerca con un golpe seco. Caminó hacia ellas, reduciendo la distancia hasta que su sombra cubrió por completo a Cora. Él emanaba un aura de peligro, un magnetismo oscuro que hacía que Cora quisiera salir corriendo.

—¿Segura que sabe limpiar, Úrsula? —preguntó Nereo, con un tono de voz más áspera, cargada de un desprecio que Cora no entendía—. Me parece que esta chica está más acostumbrada a mirarse al espejo que a agarrar un cepillo.

—¡Oh, no, señor! Se lo aseguro —se apresuró a decir Úrsula—. Es una chica de pueblo, rústica. No conoce el lujo. Solo quiere una oportunidad para servir. No le dará problemas, se lo juro por mi vida.

Nereo se detuvo a un paso de Cora. Su altura era intimidante. Su mirada bajó por el escote del vestido, deteniéndose en la plenitud de sus senos que temblaban bajo su escrutinio. No dijo que era hermosa, tampoco que era la mujer más impresionante que había pisado su casa en años. En lugar de eso, su trato fue bruto, frío, como si estuviera evaluando a un animal de carga que sospechaba que estaba enfermo.

—¡Mírame, muchacha! —le ordenó Nereo.

Cora levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de él, y por un segundo, el mundo desapareció. Vio al monstruo que todos temían, y sintió una punzada de algo que no era solo miedo, sino una conexión eléctrica y dolorosa.

—¿Eres consciente de lo que significa trabajar para mí? —le preguntó y su mano se movió rápidamente,atrapó un mechón de su cabello rubio, tirando de él con una brusquedad que hizo que Cora soltara un gemido de sorpresa—. Aquí no se viene a lucir vestidos ni a buscar un marido rico. Aquí se viene a servir hasta que te sangren las manos.

—Lo sé, señor Athanasiou —susurró ella, intentando no temblar—. Haré lo que se me pida.

Soltó el cabello de Cora como si le quemara. La visión de su cuello blanco, de la curva de sus labios carnosos, le provocaba rabia. Comenzaba a sentirse vulnerable ante la presencia de esa chica, y mostrar debilidad no era algo que se permitía. La reacción de su cuerpo no era normal, lo odio. La idea de que ella estuviera allí, que su cuerpo despertara a la bestia que él había encadenado después de la muerte de su esposa, la odió.

—Úrsula, vete —dijo Nereo, dándole la espalda de repente a Cora, incapaz de seguir mirando esa inocencia que le sabía falsa—. Déjala con el ama de llaves. Empezará hoy mismo en la lavandería. Si rompe algo, si falta a una hora, o si intenta subir a mis aposentos sin permiso, la lanzaré a la calle sin un céntimo —agregó sorprendiéndose a sí mismo de su decisión.

—¡Gracias, señor Athanasiou! ¡Es usted un santo! —exclamó Úrsula, empujando a Cora hacia la salida del despacho.

Úrsula salió con una sonrisa de victoria. Sabía que Nereo no había quedado indiferente. Había visto cómo se le tensaba la mandíbula, cómo sus ojos devoraban a la chica mientras fingía desprecio. El Zar creía que estaba contratando a una doméstica, pero Úrsula sabía que acababa de meter en su cama, tarde o temprano, el veneno que lo llevaría al precipicio.

Cora se quedó en el pasillo, mirando hacia la puerta cerrada del despacho. En el lugar donde él la había tocado, sentía una quemazón que se extendía por su cuero cabelludo.

Nereo Athanasiou no era solo un hombre duro; era un hombre roto que buscaba a quién culpar de su miseria, y Cora, con su cuerpo hecho para el deseo y su alma llena de cicatrices, era la víctima perfecta.

En el interior del despacho, Nereo decidió dejar el café, de la impresión tan fuerte se sirvió otro trago, sus manos no dejaban de temblar. El recuerdo de su esposa, muerta por su propia culpa después de comprobar la traición, se mezclaba con la imagen de Cora Vlahos.

—Solo es una criada más —se dijo a sí mismo, intentando convencerse—. Solo una doméstica con cuerpo de ramera. Nada más.

Pero el Zar mentía. Sabía que Cora era la tentación más peligrosa que había cruzado la puerta de su fortaleza, y su odio hacia ella era solo la armadura con la que intentaba proteger un corazón que, por primera vez en tres años, acababa de latir con una fuerza aterradora.

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