La Némesis Del CEO

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Capítulo 5 Los ojos de la mascara

Gustia

Una vez en la puerta siento como si ya fuera la reina del lugar...

Hay personas que abren el paso, ellos hacen una reverencia y en coro dicen ¡“Deseamos la bienvenida a la señora!”. Sonrío por dentro, seguro les dijeron de recibirme así.

Un joven alto, rubio y ojos verdes, me lleva al banquete de bienvenida preparado para mí. Cuando entro, todos me miran con una sonrisa y un saludo con la cabeza.

—Señora, ¿usted quiere que le hable sobre algún asunto? —pregunta otro joven empujando al rubio—. Soy el responsable de los recursos humanos aquí, puedo darte informaciones sobre todos.

—¿Puedes dejar de ser metiche? —pregunta el rubio con tono de bronca. Jala al otro joven, antes de decir:—. Las ganas de llamar a tu esposa y decirle que estás coqueteando con todas las chicas de la empresa no me faltan.

—Bueno, me voy —responde a regañadientes.

—Bienvenida, soy Clara, gerente de diseño, espero aprender mucho de tí. —Me estrecha la mano sin dejar de hablar con esa mezcla de temor y cortesía—. Y si le agradece, ninguna podrá sobrepasarla.

«Al menos ya soy quien soy», pienso al sentir que me está ofreciendo hacer trampas.

«No necesito que nadie me ayude a subir escalones que yo misma construí».

—¡No te preocupes, trabajaré como si del éxito de mis diseños dependiera el oxígeno de mis pulmones! —¡Obvio! Antes que todo tengo que agradecerles por esa extraordinaria contratación.

Obtenerme como diseñadora fue ganar a la lotería para ellos, tuvieron que pelear con un par de otras empresas por tenerme.

Me reconocen como la mujer para quien la junta se arrodilla para tener el derecho de aprobar un contrato en esta industria. Ellos pagaron casi sus vidas y no puedo defraudarles. Como le dije al asistente en la entrada, quiero hacer mis pruebas y eso haré... Porque tengo toda la intención de dejar mis huellas, no solamente en esta empresa, sino en toda Portugalete.

Desde que entré no he visto al asistente, aún menos al CEO, parecen no dar tanta importancia a mi llegada. Aprieto mis labios para impedir que salga el bostezo; estoy tan cansada que puedo dormir aquí. Y estoy perdida en mi mente cuando los ruidos de unos tacones entrando me hacen girar la cabeza.

Y por una razón, siento que todo cambiará, que esta mujer no es una amiga.

Aunque todos la miran como si no la conocieran, se puede escuchar las conversaciones de algunos preguntándose quien es. Es una mujer blanca, vestida sencillamente, con poco maquillaje en la cara, joyas que brillan demasiado para no parecer falsos. El brillo en sus ojos da la impresión que está perdida en un mundo que nunca hubiera pensado pertenecer; no la estoy mirando de alta, pero en serio parece no saber porque el Hall de la empresa está tan lleno de gente.

—Debe ser ella, el presidente dijo que no quiere que sepan que ya ha llegado a la empresa —dice una chica. La miran como si fuera un ser mágico ocultando una identidad impresionante. ¿¡Quién sabe!? Puede que sea importante, después de todo dicen que el presidente estuvo enamorado de una mujer, pero ella lo dejó sin preaviso.

—¿Quién es ella? —pregunto a Levsiw sin esconder la chismosita que soy— ¡Ooooo! ¡Ya veo! —digo tragándome la risa con un trago de vino. Al parecer, ya están pensando en botarme y elegirla a ella como la famosa diseñadora discreta.

El silencio se hace más espeso. El asistente entra, con un niño de no más de cinco años, con el mismo tono de piel y la misma expresión alerta en los ojos que sobresalen de la máscara. Todos giran para mirarlos. Hay una mezcla de curiosidad y desconcierto en el ambiente. Intento ver mejor, pero no alcanzo a ver al niño, ya que una dama de compañía lo lleva hacia la mesa de dulces.

No sé porque, pero siento interiormente una atracción hacia el niño, como si llevara consigo un imán que me está atrayendo. Mis ojos se humedecen un poco, pero nadie lo nota porque justo en ese momento, un camarero tropieza.

—¡Cuidado! —grita la voz, ya conocido del asistente.

Una bandeja de copas de vino rojo vuela en el aire como en cámara lenta. El líquido oscuro brilla bajo las luces del salón, a punto de manchar mi vestido claro. Pero es el asistente quien reacciona a tiempo.

Me jala de la cintura atrayendóme contra su pecho. Las copas estallan en el suelo, dejando un eco de cristales rotos. El impacto nos deja a centímetros el uno del otro. Mi respiración se agita. Él me mira con una mezcla de alarma y algo más profundo. Las cámaras de los periodistas no pierden tiempo. Flash. Flash. Las luces estallan a nuestro alrededor...

Si hubiéramos pasado unos minutos más, probablemente nos habríamos besado. Pero no ocurrió. Porque de repente, el asistente frunce el ceño y, sin decir palabra, alza la mano y tira con firmeza del collar que siempre llevo conmigo.

—¡Alto! —digo con un tono bajo, apenas audible.

Pero es tarde. Mi collar cae al suelo. Y debajo de él, quedan expuestos mis lunares particulares que siempre tenía escondido. Uno en la clavícula, otro un poco más abajo, y un tercero junto al hombro. Asociados con los de mi pecho y hombro, forman unos triángulos casi perfectos.

El asistente da un paso atrás, incrédulo.

—¿Quién... quién eres tú realmente? —pregunta con voz baja, pero cargada de tensión—. Ese patrón de lunares... no es común. Yo... lo he visto...

Abro la boca, pero ningún sonido sale. Aun no quiero que sepan quien soy realmente, tengo que seguir con el personaje de RZili hasta conseguir lo que vine a buscar.

—No entiendo de lo que estás hablando —susurro, casi para mí misma—. A veces, creo que soy nadie. Y otras veces, sé que soy alguien para quien muchas personas estarán locas de saber que estoy libre para ellos.

—Mis disculpas —dice rápidamente, al entender que le estoy amenazando con dejar la empresa de su jefe por su culpa.

El parece desconcertado. Mira al niño que ahora está sentado en una esquina, comiendo dulces. Pero el destino sigue sin querer dejarme ver su rostro.

—No puede ser una coincidencia —dice con un hilo de voz—. Ese lunar... ella... tú...

—No sé con quién me estás confundiendo, pero es de muy mal gusto recibirme así —Le interrumpo, arrancando mi collar de sus manos temblorosas—. La próxima vez, exijo que el CEO esté presente.

Mi voz suena suave, pero enfadada. Él me mira como si no entendiera de lo que estoy hablando, antes de que pueda ni siquiera preguntarme algo, una mujer mayor, la dama de compañía de antes, se acerca con el niño y con voz baja dice al asistente:

—El joven maestro dice que quiere volver con su mamá —Ella me mira como si tuviera algo que ver.

Siento los ojos del niño observándome antes de ver sus ojos marrones fijados en mi... como si él también sintiera el imán que nos está atrayendo. Instintivamente me arrodillo sin dejar de mirar su rostro cubierto por una máscara de cara de fénix.

—Hola, hermosito... ¿cómo te llamas? —pregunto con una voz dulce.

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