Capítulo 3 Encuentros inesperados
Darwyns
El sol brilla intensamente sobre el aeropuerto de Madrid cuando salgo de la terminal. Estoy ansioso por la llegada de RZili, la famosa diseñadora, escritora y psicóloga especializada en asuntos empresariales, quien regresa al país para pasar tres meses trabajando como empleada en mi empresa, tras el pedido de mi padre hacia la agencia de ella. Su presencia es crucial para revitalizar el negocio familiar, y me siento emocionado ante la perspectiva de poder colaborar con ella.
No obstante, mis pensamientos son interrumpidos abruptamente, ya que, al dar un paso hacia adelante, un niño pequeño choca contra mis piernas. Sorprendido, miro hacia abajo y me encuentro con la mirada brillante del mocoso. Es un niño blanco, un ojo color café y el otro verde como los míos. Su sonrisa es similar a la de mi exesposa, con sus dientes de conejos. Me mira con algo similar a la admiración, como si acabara de encontrar un tesoro que sabía que existe, pero que nunca pudo tener. Hasta ahora...
—Papá.
Antes de que pueda procesar lo que está sucediendo, dos niños más, una niña y otro niño, se enredan entre mis piernas, llamándome también "papá" con risas inocentes.
Siento como se desvanece el mundo a mi alrededor; antes quería tener mis propios hijos y amarlos hasta no poder, pero con solo pensar en cómo esa mujer me dejó sin más, con los proyectos de tener una gran familia en los labios, dejé de preocuparme de todo lo que tenga que ver con un bebé. Ella me abandonó, y con ella se fueron mis ganas de ser padre. Si solo...
Por un instante, mirando a esos ojos verdes como los míos, me invade la duda y la vergüenza de ser un padre ausente para el hijo que tuve con Lauren. Por los rizos en sus pelos se puede notar que son unas perfectas mezclas de café con leche, tal como hubieran sido mis propios hijos.
—Alguien, ¡llévenlos lejos de mí! —ordeno a mis guardaespaldas. Ellos intercambian miradas desconcertadas, pero me obedecen sin cuestionar.
Mientras los niños están siendo alejados, siento un dolor indescriptible en el pecho, como si mi alma se estuviera arrancando de mi cuerpo. La risa encantadora de los niños desaparece y lo reemplaza unos pensamientos dolorosos: momentos felices que hubiéramos podido pasar en familia y una vida de lujos donde cada niño sería mimado.
Intento calmarme mientras mi imaginación repasa los pensamientos que compartía con esa mujer antes de que ella me abandonara. Ya no soy aquel hombre a quien le emocionaba la simple idea de que su mujer no viera su periodo, ya no soy ese hombre que anhelaba tener hijos. Aun así, las vocecitas de los pequeños llamándome papá con tanto cariño me están afectando demasiado.
Envuelto en mi caos emocional, veo de reojo a una mujer salir del área de espera; su presencia esmagnética. No obstante, ni siquiera puedo concentrarme en la reunión que me espera; mi mente sigue encaprichada entre la confusión y el anhelo. ¿Y si los niños fueran míos?
Esa RZili sabe cómo jugar con mis nervios, si no fuera por el hecho de que mi padre insiste en que debo ir a buscarla yo mismo, no iba a estar aquí; por eso la empresa tiene choferes y otros empleados. Yo soy el CEO, ¿porqué me toca a mí hacer esos trabajos tan bajos? Intento conectarme con ella, pero ni siquiera está en línea en WhatsApp, ¿y ahora que hago? Entre la ansiedad y la incertidumbre, no sé qué me está carcomiendo más.
Tantas personas y ni siquiera la vi en foto, ¿cómo voy a saber quién es ella? Mientras busco furtivamente una pista, mis ojos se posan en una mujer que habla rabiosamente por teléfono, debe ser ella enfadada por no haberme visto. Preparo mi mayor sonrisa, ajusto mi esmoquin y con el ceño fruncido me acerco a ella.
—¡RZili! —Mi voz resuena con un alivio que desaparece al instante que la mujer se da la vuelta, mirándome con una mezcla de desdén y confusión. Al mirarme así me hace sentir que perdí mi profesionalismo al llamarla directamente por su nombre de diseñadora, ya que ella pidió que nadie supiera que está aquí.
—¿Quién te crees? ¡Deja de molestarme! —grita, con la fuerza de un tauro.
Confundido, pierdo el equilibrio y, intentando agacharme para no caer, choco con una mujer.Instintivamente paso mi brazo a su cintura y giro con ella esperando pasarla por encima de mí, pero... Como siempre digo, aquí es la realidad y no un drama, en vez de estar abajo, yo soy el que está encima de ella; sin poder moverme, ya que siento como mi rostro se hunde en el cálido abrazo de sus ojos marrones claros que me fijan como si hubieran visto un fantasma.
Un fantasma...
En esos ojos veo reflejada la tristeza y la fuerza que he perdido hace años, el mundo a mi alrededor se desvanece y poco a poco solo quedamos los dos mirándonos a los ojos. Mi mente grita que esa mujer es mía, que se parece a mi esposa, pero hay algo en ella distinto, esta mujer es más corpulenta y se siente deportiva. En sus ojos puedo ver una fuerte autoestima; su cuerpo es la muestra de cómo ella es adicta a la sala de gimnasio, y además está maquillada, lo que a mi ex le parecería un desperdicio de dinero y tiempo.
El hechizo se rompe cuando ella se rasca la garganta; haciéndome ver que estamos ambos en una situación vergonzosa en plena luz del día.
—Mis disculpas —murmuro mientras me recompongo de toda la molestia que me dio al pensar en mi ex—. Es un malentendido...
Sin embargo, ya he desperdiciado la mayoría de mi tiempo aquí y si no encuentro a RZili mi padre se va a enfurecer. Me despido dándole una tarjeta que tiene cincuenta mil dólares como compensación por haberle salido la ropa. Interiormente pensé que se negaría a tomarla, pero no espera a que lo diga dos veces, solo sonríe antes de desaparecer de mi vista.
Aun con la imagen de la mujer morena en mi mente, siento mi teléfono vibrar. Es RZili, la famosa diseñadora.
—¿Se puede saber dónde estás? Llevo siglos esperándote, y ni siquiera viniste a recogerme —murmura suavemente, aunque se puede notar un tono de voz donde se mezcla la decepción y el reproche.
