Capítulo 6
Al escuchar esos susurros afilados a su alrededor, Isabella sintió como si el miedo le hubiera dado un puñetazo directo en el estómago.
Estaba aterrada, aterrada de que cualquiera de esas personas pudiera llegar a simpatizar con Elizabeth, aunque fuera un poquito. ¿Admirarla? Ni pensarlo.
Las piernas se le aflojaron y, de la nada, cayó de rodillas, lanzándose hacia Elizabeth con un golpe seco que hizo que todas las miradas en la sala se giraran.
—Elizabeth, por favor —suplicó, con la voz temblorosa—. No te enojes con mamá y papá. Todo es culpa mía. ¡No debí quitarte a Víctor! Mamá y papá se están haciendo mayores, no pueden con este tipo de estrés. Por favor... desquítate conmigo, ¿sí? Te juro que te lo devolveré. Puedes volver a ser su prometida. Solo... no me odies.
Las lágrimas le corrían por la cara mientras suplicaba, con sollozos débiles pero teatrales, aferrándose a Elizabeth.
—¿De verdad te sientes culpable? Entonces abofetéate tú misma, ¿qué te parece?
Elizabeth se cruzó de brazos, sonriendo con suficiencia mientras la miraba desde arriba con los ojos cargados de sarcasmo.
No se tragaba esa actuación. La penosa excusa de Isabella para actuar no la engañaba ni un segundo.
Además, Elizabeth no había aparecido en esa fiesta de compromiso para pelear por una promesa de matrimonio ridícula...
Pero Isabella se aferró a esa frase y la explotó, poniendo una expresión todavía más lastimera, como si Elizabeth fuera una villana despiadada abusando de una indefensa.
Se llevó las manos a la cara y lloró más fuerte, como la viva imagen de la tragedia.
Elizabeth puso los ojos en blanco con tanta fuerza que casi se oyó.
Vivian Lane no aguantó más. Se apresuró, ayudó a Isabella a levantarse del suelo y le lanzó a Elizabeth una mirada fulminante.
—No me importa lo que el viejo señor haya acordado en su momento. Ese compromiso infantil ya no vale nada. Isabella y Víctor de verdad se quieren. Señorita Kaiser, se está pasando de la raya con esto.
—¿Ah, sí? ¿Y supongo que irrumpir y reescribir la palabra de otro es de buena educación? —replicó Elizabeth con una sonrisa—. ¿El anciano murió y ahora solo vale lo que usted diga? Eso sí que es una falta de respeto.
—Según entiendo, la familia Lane solía tener principios. Si ahora los van a tirar por la borda...
—¡Mentira! ¡Eso es una tontería! —estalló Vivian, con la voz subiendo por la rabia.
Ya estaba perdiendo el control, demasiado furiosa como para fingir calma.
—Qué lengüita tienes, ¿no? Pero no creas que por gritar y armar escándalo vas a cruzar la puerta de nuestra casa. ¿Alguien como tú? No merece el apellido Lane.
—Solo alguien como Isabella, una verdadera señorita, merece ser mi nuera.
Sus palabras, que pretendían sonar orgullosas, solo lograron que Elizabeth estallara de risa.
Se cubrió la boca, pero la carcajada se le escapó de todos modos.
—¿La llama una señorita como se debe? Sabiendo perfectamente que Víctor ya estaba comprometido y aun así ir detrás de él, ¿eso es fino?
El golpe directo dio en el blanco, e Isabella hizo una mueca tan brusca que casi se le rompió la máscara.
La gente volvió a murmurar, un zumbido de dudas recorriendo la sala.
No era difícil adivinar que no estaban diciendo nada bueno.
Vivian se quedó boquiabierta, demasiado atónita para contestar.
¿Dónde había aprendido esa brujita respondona a darle la vuelta a las palabras de la gente así?
A Isabella se le llenaron los ojos de lágrimas nuevas que no dejaban de caer.
—Elizabeth, nunca quise quitártelo —dijo, ahogada por el llanto—. No quería hacerte daño. Es solo que... Víctor es todo lo que siempre he soñado. No pude evitar enamorarme de él... Dices que no somos el uno para el otro. Pero ¿está mal que yo lo ame de verdad?
Elizabeth soltó una risa seca, con el asco apretándole el estómago.
Por supuesto, Víctor se derretía con esa historia lacrimógena.
Le tomó las manos a Isabella y parecía a punto de llorar.
—Amor, no te preocupes —dijo—. Yo solo te amo a ti. Nadie va a ponerse entre nosotros.
—Yo también te amo, Víctor —sollozó Isabella.
Y ahí estaban, la pareja patética, abrazándose como si el mundo entero los hubiera traicionado.
Elizabeth volvió a poner los ojos en blanco. Esta vez, de verdad.
