Capítulo 9 9
—¿Quién te dijo cómo me llamo?
Marco no retiró las manos de su rostro.
—Una costurera.
Livia sintió que la respuesta abría otra amenaza.
—¿La interrogaste?
—Le pregunté quién te llevó a la casa donde prepararon la boda. Tertia pagó por su silencio, pero no lo suficiente para mejorar su memoria.
—¿Qué más te contó?
—Que llegaste con una túnica de esclava, dos guardias y marcas recientes en las muñecas.
Livia apartó las manos de Marco.
—Entonces ya tienes lo que querías.
—No.
—Sabes que no soy Octavia. Sabes que me obligaron. Sabes mi nombre. ¿Qué falta?
—Que dejes de hablarme como si fueras a desaparecer en cuanto abra esa puerta.
—Tal vez debería hacerlo.
—No llegarías al patio.
Livia se tensó.
Marco comprendió de inmediato cómo habían sonado sus palabras.
—No porque vaya a detenerte —aclaró—. Cayo dejó hombres vigilando las salidas después del banquete.
—¿Por qué?
—Porque quiere comprobar si intentas huir.
—Y tú lo permitiste.
—No sabía que eran suyos hasta hace una hora.
Livia se acercó a la puerta.
Marco bloqueó el paso con el brazo.
Ella levantó la mirada.
—Dijiste que no me detendrías.
—También dije que hay hombres afuera.
—Prefiero enfrentarme a ellos que seguir encerrada contigo sin saber qué piensas hacer.
Marco abrió la puerta.
Dos soldados se encontraban al final del corredor. No llevaban el emblema personal de Marco.
Él volvió a cerrarla.
—Pienso sacarte de esta habitación cuando pueda hacerlo sin entregarte a mi hermano.
—No necesito que me rescates.
—No. Necesitas que deje de actuar como si esto fuera solo tu problema.
Livia soltó una risa áspera.
—Te casaste con una esclava. Si Roma lo descubre, perderás mucho más que una esposa.
—¿Sigues siendo propiedad de alguien?
La pregunta le resultó más íntima que las manos de él en su rostro.
—Sí.
Marco quedó inmóvil.
—¿De quién?
—No lo sé.
—Eso no es posible.
—He sido vendida tres veces. El último hombre murió. Sus bienes fueron repartidos y nadie se molestó en decirme a quién pertenecía cuando Tertia me sacó de las cocinas.
La palabra pertenecía dejó un sabor amargo.
Marco apoyó ambas manos en la mesa.
—Voy a encontrarte.
—Estoy frente a ti.
—Voy a encontrar el documento que dice que alguien puede comprarte, venderte o matarte.
—¿Para qué?
Él levantó la vista.
—Para destruirlo.
Livia quiso creerle.
Ese fue el verdadero peligro.
—No prometas cosas que pueden costarte tu nombre.
—Mi nombre sobrevivirá.
—El mío apenas acaba de hacerlo.
Marco rodeó la mesa.
—Entonces dime qué necesitas.
—Una puerta abierta.
Él quitó el brazo del paso.
—Está abierta.
—Y dos hombres de Cayo al otro lado.
—Los retiraré.
—¿Cómo?
—Pidiéndoselo una vez.
—¿Y si se niega?
La expresión de Marco se endureció.
—Entonces dejaré de pedir.
Salió antes de que ella pudiera detenerlo.
Los pasos llegaron primero. Después una discusión breve, un golpe seco y el ruido de un cuerpo contra la pared.
Livia abrió.
Uno de los hombres estaba en el suelo. El otro había retrocedido con la mano sobre la espada. Cayo permanecía al fondo del corredor, impecable y sonriente.
Marco tenía sangre en el costado.
La antigua cicatriz se había abierto bajo la túnica.
—Qué escena tan doméstica —dijo Cayo—. Mi hermano sangrando y su esposa mirando como si supiera exactamente qué hacer.
Livia avanzó hacia Marco.
—Fuera.
Cayo arqueó una ceja.
—¿Me das órdenes en mi propia casa?
—Es la casa de Marco.
—Por ahora.
Marco sostuvo una mano contra la herida.
—Retira a tus hombres.
—Solo protegían a la familia.
—La próxima vez que vigiles a mi esposa, no saldrán caminando.
Cayo miró a Livia.
—Eso suponiendo que siga siendo tu esposa cuando terminemos de averiguar quién es.
Marco dio un paso, pero la herida lo obligó a detenerse.
Livia se colocó frente a él.
—Vete, Cayo.
—Tienes valor.
—Tengo poca paciencia.
La sonrisa de Cayo se afiló.
—Eso no lo heredaste de los Aurelia.
Se marchó con sus hombres.
Livia llevó a Marco al tablinum y cerró la puerta.
—Siéntate.
—No es grave.
—Entonces podrás quejarte mientras te curo.
Abrió el armarium, tomó vendas y aceite. Marco obedeció esta vez.
Livia desató la túnica a la altura del hombro y bajó la tela con cuidado. La piel de su pecho quedó expuesta. La cicatriz recorría el costado izquierdo, pálida excepto donde la sangre fresca la había abierto.
—¿Quién te hizo esto la primera vez?
—Un hombre que apuntaba mejor que Cayo.
—Tu familia es encantadora.
—Espera a conocer a todos.
Livia limpió la herida.
Marco tensó el abdomen.
—Te duele.
—Tus manos están frías.
—Tus excusas son malas.
Él la observó mientras ella trabajaba.
—Aprendiste a curar heridas en las cocinas.
—Entre otros lugares.
—¿Qué otros?
—No tienes derecho a todas mis respuestas esta noche.
—Lo sé.
La aceptación la hizo bajar la guardia.
Sus dedos rozaron la piel junto a la cicatriz. Marco inhaló despacio.
—¿Debo detenerme?
—No.
La voz de él cambió.
Livia levantó la mirada.
Marco tenía los ojos fijos en su boca.
—Esto no es parte del vendaje —murmuró ella.
—Tú empezaste tocando donde no dolía.
—Quería comprobar si mentías.
—¿Y?
Livia deslizó los dedos un poco más arriba.
—Mientes.
Marco la tomó de la cintura y la acercó entre sus piernas.
No la besó.
Esperó.
—Aquí eres Livia —dijo—. No Octavia. No mi obligación. No una mujer que alguien colocó en mi cama.
—Sigo siendo tu esposa ante Roma.
—Ante Roma podemos mentir.
—¿Y cuando estemos solos?
Marco rozó su labio inferior con el pulgar.
—Cuando estemos solos, no aceptaré nada que no elijas.
Livia lo besó.
Esta vez no hubo miedo disfrazado de deseo. Hubo rabia, alivio y una necesidad que llevaba días creciendo entre ambos. Marco la sostuvo con una mano en la nuca y la otra en la cintura, sin acercarla más de lo que ella permitía.
Cuando Livia se separó, ambos respiraban con dificultad.
—No confundas esto con confianza —dijo.
—No lo haré.
—Ni con perdón.
—Tampoco.
—¿Entonces con qué?
Marco apoyó la frente contra la suya.
—Con la primera cosa verdadera que me has dado.
En el ala este, Cayo recibió a un comerciante antes de la medianoche.
—Mañana Marco irá al Foro —dijo—. Quiero que el recorrido pase por el mercado oriental.
El hombre dudó.
—Ese distrito está lleno de tratantes.
—Precisamente.
—¿Qué espera descubrir?
Cayo dejó una bolsa de monedas sobre la mesa.
—Si esa mujer nació noble, mirará las cadenas con desprecio.
—¿Y si no?
Cayo sonrió.
—Entonces veremos si una patricia recuerda demasiado bien cuánto pesan.
