Capítulo 8 8
—Si vas a seguir evitándome, al menos hazlo con más talento.
Marco levantó la vista del pergamino.
Livia permanecía frente a la mesa del estudio, con los brazos cruzados y la expresión de quien llevaba demasiado tiempo reuniendo paciencia.
—No te evito.
—No desayunaste conmigo.
—Tenía trabajo.
—Cambiaste el recorrido para no pasar por el jardín.
—El corredor norte es más corto.
—Y anoche mandaste a un sirviente a preguntarme si necesitaba algo.
Marco dejó el stylus.
—Eso se llama cortesía.
—Eso se llama cobardía con mensajero.
La comisura de su boca se movió, pero no llegó a sonreír.
Desde que Cayo había mencionado su alivio, Marco se había vuelto correcto. Impecablemente correcto. No rozaba la mano de Livia al cruzar una puerta. No se acercaba lo suficiente para provocar una discusión. Ni siquiera la miraba la boca.
Ella había creído que eso le daría tranquilidad.
Lo detestaba.
—Esta noche será el banquete —dijo él—. Cayo espera que discutamos antes.
—Entonces lo estás complaciendo.
—Intento pensar.
—Puedes pensar cerca de mí. No muerdo siempre.
Marco la observó al fin.
—Ese es parte del problema.
El calor le rozó el cuello, pero Livia no retrocedió.
—¿Te avergüenza haber sentido alivio?
Él se puso de pie.
—No.
—Mientes.
—Me preocupa lo que significa.
—¿Qué significa?
Marco rodeó la mesa. Se detuvo frente a ella, manteniendo una distancia que parecía más deliberada que prudente.
—Que deseé que Octavia no apareciera.
—Porque su regreso podría condenarme.
—No solo por eso.
Livia sostuvo su mirada.
—Entonces dilo.
Marco apretó la mandíbula.
—Si lo digo, deja de ser una reacción y se convierte en una elección.
—Llevas días eligiendo no tocarme.
—Porque cuando lo hago olvido que todavía no sé quién eres.
—Sabes suficiente.
—Sé que te obligaron. Sé que Tertia participó. Sé que aprendiste a caer antes de entrar en esta casa y que miras a los guardias como si contaras cuántos pasos te darían antes de alcanzarte.
La voz de Marco bajó.
—También sé que te deseo más desde que descubrí que no eres Octavia.
Livia sintió la frase como una caricia que no había pedido y, aun así, esperaba.
—Eso no parece avergonzarte.
—Me avergüenza que una parte de mí se alegrara de que ella siguiera lejos.
—Octavia no es tu esposa.
—Roma cree que sí.
—Roma cree muchas estupideces.
Marco soltó una risa breve.
—Debes aprender a no decir eso frente a senadores.
—¿Y perder mi encanto?
Él se acercó un paso.
—Ese tampoco parece estar en peligro.
La tensión cambió de forma. Livia sintió las manos de Marco antes de que él la tocara, como si su cuerpo hubiera memorizado la presión de sus dedos.
—No me beses antes del banquete —dijo ella.
—No pensaba hacerlo.
—Otra mentira.
Marco alzó una mano y la apoyó en la mesa, junto a la cadera de Livia.
—Si te beso ahora, Cayo notará que algo ocurrió.
—Cayo nota hasta el polvo que cambia de lugar.
—Entonces no le daré más.
—¿Y después del banquete?
Los ojos de Marco descendieron hasta su boca.
—Después dependerá de cuánto logres irritarme.
—Entonces será una noche larga.
Cayo había elegido a sus invitados.
Dos mujeres de la familia Aurelia, un senador y un anciano llamado Sexto, que la había visto nacer.
Marco ocupaba su lugar a la derecha. No la tocaba, pero mantenía la pierna junto a la de ella recordándole que no estaba sola.
—Octavia —dijo Sexto—, ¿todavía conservas aquella pequeña estatua de Diana?
Livia bebió despacio.
No figuraba en ninguna de las listas.
—No.
—Qué extraño. Tu madre decía que dormías con ella bajo la almohada.
Cayo observó desde el otro extremo.
—Tal vez la perdió durante sus viajes.
—O la regaló —dijo Marco—. Los niños dejan de necesitar objetos.
Sexto sonrió.
—Pero no recuerdos.
—Depende del recuerdo —respondió Livia.
Una de las Aurelia, Julia, inclinó la cabeza.
—¿Recuerdas cuando rompiste la estatua y culpaste a Claudia?
Livia miró a Claudia, sentada cerca. Ella tomó vino y levantó una ceja, esperando.
—Recuerdo que Claudia era fácil de culpar.
Claudia sonrió.
—Por fin una respuesta correcta.
Las risas aflojaron el ambiente, pero Cayo no apartó los ojos de Livia.
—Hablemos de la villa —propuso—. ¿Cómo se llamaba el río que cruzaba las tierras del sur?
Livia sintió un vacío en la memoria.
Tertia le había enseñado caminos, parientes y costumbres.
Ningún río.
—El río —repitió Cayo—. Seguramente lo recuerdas.
Marco tomó su copa.
—No cruzaba las tierras del sur.
Cayo lo miró.
—Claro que sí.
—No. El cauce marcaba el límite oriental. Lo vi en los mapas cuando negociamos la dote.
Livia supo por la forma en que Marco no parpadeó que estaba mintiendo.
Cayo también.
—Curioso —dijo—. Yo recordaba otra cosa.
—Entonces tu memoria necesita menos vino.
Varias personas rieron.
Cayo aceptó el golpe con una sonrisa.
—Quizá. Aunque hay recuerdos que mejoran cuando alguien intenta corregirlos.
La cena continuó.
Cada pregunta buscó una grieta. Livia respondió lo que podía, desvió lo demás y dejó que Claudia interviniera dos veces con historias lo bastante escandalosas para distraer a todos.
Cuando sirvieron fruta, Sexto tomó la mano izquierda de Livia.
—Aún conservas la cicatriz del juramento con Claudia, ¿verdad?
Ella intentó retirarse.
El anciano ya había abierto su palma.
La piel estaba limpia.
El silencio se extendió alrededor de la mesa.
Claudia dejó la copa.
Cayo sonrió.
—Qué extraño.
Marco se puso de pie.
—La cicatriz estaba en la mano derecha.
Livia lo miró.
Sexto frunció el ceño.
—Estoy seguro de que era la izquierda.
—Yo no —dijo Claudia—. Estábamos borrachas de vino aguado y teníamos catorce años.
—Tú tenías trece —corrigió Julia.
Claudia alzó los hombros.
—Eso explica la calidad del vino.
Las risas regresaron, pero más débiles.
Cayo ya no necesitaba una confesión.
Tenía suficiente para seguir atacando.
Al terminar la cena, Livia salió al corredor antes de que alguien pudiera detenerla.
Marco la alcanzó cerca del patio.
—Espera.
Ella se volvió.
—Mentiste por mí.
—Sí.
—Delante de tu familia.
—Sí.
—Cayo lo sabe.
—Cayo sospecha.
—No hay diferencia para un hombre como él.
Marco tomó su brazo y la condujo hasta una habitación vacía. Cerró la puerta, pero no puso el cerrojo.
—No volveré a sentarte frente a una mesa así sin preparación.
—No necesitaba que me salvaras.
—Tu mano estaba abierta frente a todos.
—Y tú inventaste otra mentira.
—Porque no iba a permitir que te desnudaran sin tocarte.
La frase la dejó quieta.
Marco se acercó.
—Dime tu nombre.
—No.
—Ya no te lo pregunto como general.
—Eso no cambia el riesgo.
—Lo cambia para mí.
Livia negó con la cabeza.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sé que no eres Octavia.
—Entonces llama a los guardias.
—No.
—Entrégame a Tertia.
—No.
—Pide la anulación.
—No.
Cada respuesta redujo la distancia entre ambos.
—¿Entonces qué quieres? —preguntó Livia.
Marco levantó una mano y rozó su mejilla.
—Quiero dejar de besar a una mujer cuyo nombre tengo prohibido conocer.
Livia cerró los ojos un instante.
—No puedo dártelo.
—Entonces no me obligues a fingir que no lo sé.
Ella abrió los ojos.
Marco sostuvo su rostro entre ambas manos.
—No vuelvas a mentirme, Livia. Octavia Aurelia nunca entró en esta casa.
