Capítulo 7 7
—Deja de mirarme la boca.
Livia sostuvo la copa de agua frente a sus labios, sin beber.
Marco, sentado al otro extremo de la mesa, levantó una ceja.
—No la estaba mirando.
—Entonces tus ojos tienen pésima disciplina.
—Mis ojos han sobrevivido campañas más difíciles que tu desayuno.
—Tu desayuno no intenta recordar si lo besaste ayer en un templo.
Mara dejó caer una cuchara.
El sonido metálico rebotó por el triclinium.
Livia cerró los ojos.
Marco miró a la sirvienta, que recogió la cuchara con una velocidad admirable y salió casi corriendo.
—Ahora toda la casa lo sabrá antes del mediodía —dijo él.
—Toda la casa ya cree que dormimos juntos.
—Eso sería menos incómodo de explicar.
El calor subió por el cuello de Livia.
Marco lo notó y sonrió.
Aquello empeoró todo.
Desde el beso, él se comportaba como si nada hubiera ocurrido. Hablaba con oficiales, revisaba tablillas y daba órdenes con la misma calma de siempre. Solo la miraba de una forma distinta, como si cada silencio recordara dónde habían estado sus manos.
Livia no sabía qué hacer con un hombre que podía besarla hasta dejarla sin aliento y después preguntarle si quería más pan.
—¿Llegaron noticias de Ostia? —preguntó.
La sonrisa desapareció.
—Aún no.
—El mensajero salió hace dos días.
—El camino no se acorta porque estés impaciente.
—No estoy impaciente.
—Claro.
Livia dejó la copa.
—No me gusta que una mujer desconocida pueda decidir si sigo viva.
Marco apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—No lo decidirá.
—No puedes prometer eso.
—Puedo decidir qué ocurre dentro de mi casa.
—Tertia decidió bastante antes que tú.
La mención del nombre cambió su expresión.
—Así que fue ella.
Livia comprendió el error demasiado tarde.
—No dije eso.
—No necesitabas hacerlo.
Marco se puso de pie.
—¿Adónde vas?
—A hablar con Tertia.
Livia se levantó también.
—No.
—Te amenazó.
—Y si la enfrentas ahora, sabrá que te conté.
—Me lo acabas de contar.
—Por accidente.
—Eso no vuelve menos real la amenaza.
Livia se interpuso entre él y la puerta.
Marco bajó la mirada hacia ella.
—Muévete.
—No.
—Livia.
—No pronuncies mi nombre como si fuera una orden.
—Entonces deja de usar tu cuerpo como una barricada.
—No pareció molestarte ayer.
Marco quedó inmóvil.
Ella también.
La insolencia había salido antes de que pudiera frenarla.
Él se inclinó hasta que su boca quedó cerca de su oído.
—Ayer no estabas intentando impedirme llegar a una mujer que podría haber ordenado tu muerte.
El tono bajo le recorrió la espalda.
—Y hoy no estás pensando en Tertia.
—No me provoques.
—¿Por qué? ¿Perderás la disciplina de tus ojos?
Marco apoyó una mano en la pared junto a su cabeza, sin tocarla.
—Podría perder algo más.
Livia sintió el aire distinto entre ambos. Su cuerpo recordó la boca de él en su cuello, la presión contenida de sus dedos en la cintura.
—Entonces ve con cuidado, general.
—Eso intento desde que apareciste detrás de un velo.
La puerta se abrió.
Claudia entró sin anunciarse y se detuvo al verlos.
—Puedo volver cuando terminen de discutir a la distancia exacta de un beso.
Marco se apartó.
Livia quiso arrojarle la copa.
—¿Qué haces aquí?
—Salvarlos de ustedes mismos. Y traer noticias.
Claudia levantó una tablilla sellada.
Marco la tomó.
Livia dejó de respirar mientras él rompía el sello.
Leyó en silencio.
Una vez.
Después otra.
—¿Y? —preguntó Claudia.
Marco levantó la vista hacia Livia.
—No era Octavia.
El alivio le aflojó las rodillas.
Se sentó antes de que alguien lo notara.
La mujer de Ostia era la viuda de un comerciante. Había comprado el brazalete a un anticuario y compartía con Octavia el color del cabello, nada más.
—Entonces se acabó —dijo Livia.
Marco seguía mirándola.
—Ese rumor, sí.
Claudia tomó una fruta de la mesa.
—Qué entusiasmo. Cualquiera diría que deseaban encontrarla.
Marco dobló la tablilla.
—Deseaba saber la verdad.
—Y ahora pareces satisfecho con que la verdad sea otra mujer.
Livia lanzó a Claudia una mirada de advertencia.
Ella mordió la fruta.
—No me mires así. Ya mentí por ti una vez. No prometí volverme discreta.
Marco giró hacia Livia.
—¿Qué significa eso?
—Significa que Claudia disfruta escucharse.
—Y que ustedes tienen una conversación pendiente —añadió ella.
Antes de que Marco pudiera insistir, una voz masculina llegó desde el corredor.
—Espero no interrumpir.
Cayo Valerio entró acompañado de dos sirvientes. Se parecía a Marco en la línea de la mandíbula, pero no en los ojos. Los de Cayo no observaban: calculaban.
—Llegas sin avisar —dijo Marco.
—La familia no necesita anunciarse.
Cayo besó la mejilla de Claudia y después inclinó la cabeza ante Livia.
—Cuñada. Te ves mejor de lo que esperaba.
—No sé si agradecerte.
—No lo hagas. Los agradecimientos suelen ocultar deudas.
Su atención cayó sobre la tablilla en la mano de Marco.
—¿Noticias de Ostia?
Marco no respondió.
Claudia sí.
—La mujer no era Octavia.
Cayo miró a su hermano.
Fue apenas un instante, pero Livia vio cómo registraba la relajación en sus hombros, el modo en que los dedos dejaban de apretar el pergamino.
—Qué decepción —dijo Cayo.
—No para todos —respondió Claudia.
Marco la fulminó con la mirada.
Cayo sonrió.
—¿No te alegra saber que tu prometida desaparecida podría seguir en algún lugar?
—Mi esposa está frente a ti.
La frase cayó con un peso inesperado.
Livia sintió que algo se tensaba bajo sus costillas.
Cayo la observó y después volvió a mirar a Marco.
—Sí. Una esposa que apareció justo cuando la otra desapareció.
—Mide tus palabras.
—Solo hago una observación.
Marco avanzó un paso.
Livia tocó su antebrazo.
Él se detuvo.
Cayo miró la mano de ella sobre Marco, luego el rostro de su hermano.
La sonrisa se hizo más lenta.
—Interesante.
—¿Qué? —preguntó Livia.
—Nada. Solo intento entender qué cambió en cinco días.
Marco retiró el brazo con suavidad, no para apartarla, sino para tomar su mano.
Lo hizo delante de todos.
—No tienes que entenderlo.
Cayo inclinó la cabeza.
—Quizá no. Pero Roma siempre termina entendiendo lo que una familia intenta ocultar.
Claudia dejó la fruta.
—Cayo, si viniste a sembrar veneno, al menos trae uno nuevo.
Él ignoró el comentario.
—Habrá un banquete mañana. Senadores, comerciantes y dos familias que conocieron a Octavia desde niña. Sería extraño que no asistieran.
Livia sintió los dedos de Marco cerrarse alrededor de los suyos.
—Asistiremos —dijo él.
Cayo sonrió.
—Perfecto.
Se volvió para marcharse, pero antes de cruzar la puerta miró una última vez a su hermano.
—Qué extraño, Marco. Pareces más aliviado de no haber encontrado a Octavia que de tenerla de regreso.
