LA ESPOSA SUSTITUTA DEL IMPERIO ROMANO

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Capítulo 6 6

—Porque si Octavia está viva, yo dejo de ser necesaria.

La respuesta salió antes de que Livia pudiera corregirla.

Marco permaneció frente a ella, inmóvil, mientras Mara esperaba junto a la entrada del pequeño templo. El mensajero de Ostia aguardaba en algún lugar de la villa. También la verdad. Ambas cosas parecían demasiado cerca.

—Eso no explica el miedo —dijo él.

—Lo explica todo.

—No para mí.

Livia miró la placa del padre de Marco, el incienso apagado, la puerta abierta detrás de Mara. No había ningún lugar seguro donde colocar las manos.

—Si ella vuelve, descubrirán que ocupé su lugar.

—Yo ya sé que no eres Octavia.

Mara levantó la vista.

Livia se volvió hacia la muchacha.

—Ve con el mensajero. Dile que el general irá enseguida.

Mara miró a Marco. Él asintió.

Cuando quedaron solos, Livia bajó la voz.

—No vuelvas a decirlo delante de los sirvientes.

—¿Temes que te escuchen o que descubran que todavía no te he denunciado?

—Ambas cosas.

Marco se acercó.

—Entonces responde. ¿Temes a Octavia o a quienes te obligaron a sustituirla?

Livia sostuvo su mirada.

—No sé qué harán cuando ella aparezca.

—¿Qué crees que harán?

—Borrar el error.

La mandíbula de Marco se endureció.

—¿Tú eres el error?

—Para ellos, sí.

—No te pregunté qué piensan ellos.

La frase la descolocó.

—No importa lo que piense yo.

—Empieza a importar.

Marco estaba demasiado cerca. Livia percibía el calor de su cuerpo y el olor leve del aceite con el que había limpiado la espada. El templo era pequeño; aun así, él no la tocó.

—No deberías decir eso —murmuró ella.

—¿Por qué?

—Porque todavía puedes entregarme.

—Y tú todavía puedes seguir mintiéndome.

—No son riesgos equivalentes.

—No. El mío parece consistir en desear a una mujer cuyo nombre desconozco.

Livia dejó de respirar.

Marco levantó una mano, pero se detuvo antes de rozarla.

—Dime que no sientes nada y saldré ahora mismo.

Ella debería haberlo dicho.

Era sencillo.

Una mentira más.

—No puedo.

Marco cerró la distancia.

La besó sin brusquedad, como si incluso en aquel momento esperara que ella decidiera. Livia tardó un instante en responder. Después le sujetó la túnica y lo acercó.

El beso cambió.

La boca de Marco perdió la cautela. Una mano se cerró en la cintura de Livia y la otra subió hasta su nuca. Ella sintió la piedra fría detrás de la espalda y el cuerpo de él frente al suyo, firme, contenido solo por la voluntad.

Marco se separó apenas.

—Dime que pare.

—No.

La palabra salió contra sus labios.

Él volvió a besarla.

Livia había imaginado muchas veces cómo sería ser tocada por un hombre con poder sobre ella. Nunca había imaginado que el deseo pudiera sentirse distinto de la obediencia. Marco no tomaba. Preguntaba con cada movimiento, incluso cuando su respiración se volvía más profunda y sus dedos presionaban la curva de su cintura.

La mano de Livia descendió por su pecho. Sintió el músculo bajo la tela y la cicatriz que cruzaba su costado. Marco inhaló con fuerza.

—¿Te duele?

—Ahora no.

—Eso no responde.

—Entonces deja de tocarme ahí.

Livia retiró la mano.

Marco la tomó y volvió a colocarla sobre la cicatriz.

—No dije que quería que te detuvieras.

Ella lo miró.

—Eres insoportable.

—Llevamos casados cinco días. Deberías haberlo notado antes.

Livia sonrió contra su voluntad.

Marco besó la comisura de su boca, después su mandíbula. Cuando sus labios rozaron el cuello, el cuerpo de Livia reaccionó antes que su prudencia. Cerró los ojos.

Entonces recordó dónde estaban.

El templo.

La noticia.

Octavia.

Apoyó una mano en el pecho de Marco.

—Basta.

Él se apartó de inmediato.

La facilidad con que obedeció la hizo desear acercarlo otra vez.

—No porque no quiera —aclaró.

—Eso tampoco ayuda.

—No intento ayudarte.

Marco respiró hondo y retrocedió un paso.

—Debemos escuchar al mensajero.

—Sí.

Ninguno se movió.

Livia acomodó su túnica. Marco hizo lo mismo con el broche del hombro.

—Esto no cambia nada —dijo ella.

—Acabas de besarme como si cambiara bastante.

—Eso fue un error.

—Entonces fue un error muy decidido.

Livia lo fulminó con la mirada.

—Vamos.

El mensajero esperaba en el tablinum, cubierto de polvo. Traía una tablilla sellada por un comerciante de Ostia.

Marco la leyó en silencio.

Livia observó su rostro.

No encontró alivio ni alegría.

Solo atención.

—Un mercader afirma haber visto a una mujer con la descripción de Octavia cerca del puerto —dijo él.

—¿Está seguro?

—No.

—¿La siguió?

—La perdió entre los almacenes.

Livia apretó los dedos sobre la falda.

—Entonces puede ser cualquiera.

—Puede.

El mensajero inclinó la cabeza.

—El comerciante asegura que la mujer llevaba un brazalete de la familia Aurelia.

Marco alzó la vista.

—¿Lo reconoció?

—Dice que sí.

—¿Dice?

—El hombre vende especias, general. No joyas.

Marco cerró la tablilla.

—Regresa a Ostia. Que nadie la detenga si vuelve a aparecer. Solo quiero saber adónde va y con quién habla.

—Sí, general.

Cuando el mensajero salió, Livia permaneció junto a la ventana.

—¿Por qué no quieres que la detengan?

—Porque si es Octavia, quiero saber quién la ayudó a desaparecer.

—¿Y si huyó sola?

—Entonces quiero saber de qué.

Livia se volvió.

—Tal vez de ti.

Marco aceptó el golpe sin defenderse.

—Tal vez.

—¿La amabas?

La pregunta quedó entre ambos.

Marco tardó en responder.

—Me enseñaron a esperar por ella desde niño.

—Eso no es amor.

—Lo sé ahora.

Livia sintió un alivio que no tenía derecho a sentir.

—¿Y si vuelve?

Marco la miró.

—No lo sé.

—Esa respuesta no te parece suficiente.

—No lo es.

—Entonces encuentra una mejor.

Él se acercó hasta quedar frente a ella.

—La encontraré cuando tú dejes de hablar como si tu vida dependiera de ser útil.

—Depende de eso.

—No mientras estés conmigo.

Livia soltó una risa sin humor.

—¿Y cuánto dura “mientras estés conmigo”?

Marco le tomó el mentón con dos dedos.

—Hasta que decidas irte o hasta que me obliguen a soltarte.

—¿Y si Octavia regresa mañana?

Marco sostuvo su mirada.

—Entonces tendrá que explicarme por qué la mujer que abandonó esta boda espera que yo entregue a la que tuvo el valor de quedarse.

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