Capítulo 4 4
—Repítelo.
Marco no alzó la voz.
No necesitó hacerlo.
Claudia mantuvo la barbilla firme, aunque la seguridad que había mostrado frente a Livia vaciló apenas.
—Dije que no es Octavia.
Marco miró primero a Claudia.
Después a Livia.
La fuente continuó derramando agua detrás de ellos, indiferente a la posibilidad de una ejecución.
—Explícate.
Claudia abrió la boca.
Livia no respiró.
Si mencionaba la cicatriz, todo terminaría allí. Marco llamaría a los guardias. Tertia negaría haberla visto antes. Los hombres que la habían preparado desaparecerían antes del anochecer.
Solo quedaría ella.
La esclava dentro del vestido de una noble.
—No es la Octavia que conocí —dijo Claudia.
Livia levantó la mirada.
Marco no pareció convencido.
—Eso no fue lo que dijiste.
—Porque quería asustarla.
—¿Por qué?
Claudia cruzó los brazos.
—Porque se marchó durante tres años sin escribirme. Regresó, se casó contigo y ahora responde como si hubieran sustituido su carácter mientras estaba fuera.
La elección de la palabra fue deliberada.
Sustituido.
Livia sintió el golpe.
Marco la observó.
—¿Y decidiste acusarla de ser otra persona?
—Decidí comprobar si todavía sabía defenderse.
—¿Y?
Claudia miró a Livia.
—Sabe.
Marco permaneció callado durante varios segundos.
—Déjanos solos.
—Marco...
—Ahora.
Claudia pasó junto a Livia. Antes de alejarse, rozó su mano con los dedos.
No fue afecto.
Fue una advertencia.
Acababa de mentir por ella.
No volvería a hacerlo gratis.
Marco esperó hasta que desapareció entre las columnas.
—Ven conmigo.
Livia no se movió.
—¿Adónde?
—A un lugar donde no tengas que mirar los arbustos buscando guardias.
—No estaba haciendo eso.
—Ya contaste tres salidas desde que llegué.
Ella apretó la mandíbula.
—Tal vez me gustan los jardines bien comunicados.
Marco empezó a caminar.
—Entonces apreciarás mi estudio. Tiene dos puertas y una ventana suficientemente grande para huir con poca dignidad.
Livia lo siguió porque negarse solo empeoraría la situación.
El estudio olía a pergamino, cuero y aceite para armas. Había mapas sobre la mesa, una espada apoyada en la pared y dos copas sin usar.
Marco cerró la puerta.
No puso el cerrojo.
Livia lo notó.
También notó que él la vio notarlo.
—¿Qué quería Claudia? —preguntó.
—Recordar.
—No.
Marco se acercó a la mesa.
—Claudia no recuerda en voz baja. Acusa, discute y rompe objetos. Hoy estaba intentando descubrir algo.
—Pregúntale a ella.
—Te lo pregunto a ti.
Livia sostuvo su mirada.
—No sé qué respuesta esperas.
—Una que no hayas memorizado.
Aquello dolió porque era demasiado preciso.
Marco tomó su mano izquierda.
Livia intentó retirarla, pero él no la apretó. Solo abrió sus dedos y examinó la palma.
La piel tenía pequeñas durezas. Marcas de trabajo que los ungüentos no habían conseguido borrar.
Su pulgar rozó una de ellas.
El contacto fue lento.
Demasiado consciente.
El calor le recorrió la muñeca y subió por el brazo. Livia odiaba que su cuerpo reaccionara mientras su vida pendía de una mentira.
—Tus manos no eran así —dijo Marco.
—Han pasado años.
—Tres.
—Suficientes.
Marco levantó la vista sin soltarla.
—¿Para qué?
Livia sintió su respiración más cerca.
—Para cambiar.
—Esa respuesta empieza a parecer un escudo.
—Funciona mejor que una espada.
—Depende de quién la sostenga.
La mirada de Marco descendió hasta su boca.
Solo un instante.
Livia sintió la tentación absurda de acercarse. No porque confiara en él, sino porque la tensión entre ambos había dejado de parecer una amenaza sencilla. Había algo más, una curiosidad física que no pertenecía ni a Octavia ni al acuerdo.
Marco soltó su mano primero.
—No voy a llamar a los guardias.
—No te lo pregunté.
—Llevas esperando que lo haga desde que nos casamos.
Livia desvió la mirada.
—Eres general. Los generales llaman guardias.
—También saben cuándo una persona lucha porque quiere atacar y cuándo lo hace porque teme ser acorralada.
—¿Y cuál crees que soy?
—Todavía no lo sé.
La respuesta fue más inquietante que una acusación.
Marco se apartó.
—Claudia mintió por ti.
—Claudia estaba avergonzada por su escena.
—Claudia no conoce la vergüenza.
Livia casi sonrió.
—En eso estamos de acuerdo.
—¿Qué descubrió?
—Nada.
—Entonces enséñame tu mano otra vez.
Livia la escondió detrás de la espalda.
Marco la observó.
No insistió.
—Puedes irte.
La sorpresa la mantuvo inmóvil.
—¿Eso es todo?
—Por ahora.
—¿Por qué?
—Porque si te obligo a responder, solo descubriré qué tan rápido puedes inventar otra mentira.
Livia avanzó hacia la puerta.
—¿Y qué harás mientras tanto?
—Observar.
La palabra la siguió fuera del estudio.
Durante el resto del día evitó a Marco.
No resultó difícil hasta que lo encontró en el patio de entrenamiento al caer la tarde.
Llevaba una espada de madera y la túnica recogida hasta las rodillas. El sudor oscurecía la tela sobre su espalda. Cada movimiento era controlado, sin esfuerzo visible.
Livia debería haberse marchado.
Se quedó.
Marco terminó una secuencia y giró hacia ella.
—Llevas rato observándome.
—Pasaba por aquí.
—Tres veces.
—La casa es confusa.
Él lanzó otra espada de madera.
Livia la atrapó antes de pensar.
Ambos miraron el arma entre sus manos.
—Buen reflejo —dijo Marco.
—Suerte.
—Probemos esa teoría.
—No sé usarla.
—Entonces será una derrota breve.
Livia entró al patio.
Marco corrigió la posición de sus dedos. Después se colocó detrás de ella y ajustó sus brazos.
Su pecho rozó la espalda de Livia.
La respiración de él tocó su cuello.
—No cierres tanto las manos —murmuró—. Si aprietas por miedo, perderás el control.
—No tengo miedo.
—Claro.
Livia giró demasiado rápido para enfrentarlo.
El pie se le enredó con el borde de la túnica.
Cayó.
Antes de tocar el suelo, levantó un brazo para protegerse el rostro y giró el cuerpo para recibir el golpe sobre el hombro.
Era un movimiento aprendido después de demasiadas patadas.
Marco dejó caer su espada.
La ayudó a levantarse, pero no soltó su cintura.
—¿Te lastimaste?
—No.
—Mientes.
—Estoy casada contigo. Necesito practicar.
Marco no sonrió.
Sus dedos seguían apoyados en su costado. Livia podía sentir el calor de su mano atravesando la tela.
Él la miró como si acabara de encontrar una pieza que llevaba días buscando.
—Octavia nunca aprendió a caer así.
Livia dejó de respirar.
Marco acercó el rostro al suyo.
—Dime quién eras antes de que te vistieran como mi esposa.
