LA ESPOSA SUSTITUTA DEL IMPERIO ROMANO

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Capítulo 3 3

—No pienso comer queso antes que pan solo porque Octavia lo hacía.

Mara dejó la bandeja sobre la mesa y miró hacia la puerta, como si temiera que Tertia apareciera atraída por la desobediencia.

—No es por el queso, mi señora. Es por la forma.

—La forma de desayunar.

—La forma de ser ella.

Livia tomó el pan primero.

—Entonces empezaremos el día decepcionando a todos.

Mara bajó la cabeza para esconder una sonrisa. Aquella pequeña victoria duró poco.

Desde el corredor llegó el ruido de unas sandalias rápidas y una voz femenina que preguntaba por la recién casada sin molestarse en bajar el volumen.

Livia dejó el pan.

—¿Es Claudia?

Mara palideció.

—Sí.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—No. Pero gritar no mejorará mi memoria.

La puerta se abrió antes de que la sirvienta pudiera anunciarla.

Claudia Aurelia entró con una túnica color vino, el cabello recogido a medias y la seguridad de quien nunca había pedido permiso para ocupar un lugar. Era hermosa de una manera incómoda, porque no necesitaba adornos para dominar la habitación.

Miró a Livia.

No sonrió.

—Levántate.

Livia obedeció despacio.

Claudia recorrió la distancia entre ambas y la abrazó.

El gesto fue tan repentino que Livia tardó un segundo en responder. El perfume de la mujer le llenó la nariz. También sintió sus dedos presionando la parte alta de su espalda, justo donde una amiga buscaría una reacción conocida.

Livia la abrazó con cuidado.

Claudia se apartó.

—No lloraste.

—No sabía que era obligatorio.

—La última vez que me viste lloraste durante una hora.

—Tal vez ya agoté mis lágrimas contigo.

Claudia entrecerró los ojos.

—Eso sí sonó a ti.

Livia no supo si respirar o desconfiar más.

Marco apareció en el umbral. No llevaba la túnica ceremonial, sino una más sencilla, ajustada en los hombros. Su cabello todavía estaba húmedo. Livia lo miró un instante demasiado largo y apartó la vista con fastidio consigo misma.

Claudia lo notó.

Por supuesto que lo notó.

—Al menos el matrimonio no parece una tragedia completa —dijo.

Marco se apoyó en el marco de la puerta.

—Llevan menos de un minuto juntas y ya estás interrogándola.

—La conozco desde los nueve años.

—Entonces sabes que no le gusta que la arrinconen.

Claudia lo miró.

—Antes no te importaba.

—Antes no era mi esposa.

La palabra produjo un calor inoportuno bajo la piel de Livia.

Claudia volvió hacia ella.

—¿Recuerdas el verano en que robamos higos de la finca de mi tío?

Livia sostuvo la copa para que sus manos parecieran ocupadas.

Tertia no había mencionado higos.

—Recuerdo que te culparon a ti.

Claudia sonrió.

—Nos culparon a las dos.

Error.

Livia bebió antes de responder.

—Entonces tu memoria es más justa que la mía.

—La tuya siempre fue selectiva.

Marco se acercó a la mesa. No intervino, pero su presencia cambió la habitación. Livia sintió que cada respuesta tenía ahora dos destinatarios.

Claudia tomó asiento sin ser invitada.

—¿Y recuerdas a Fabio?

Ningún nombre en las listas.

—¿Debería?

—Juraste casarte con él.

Marco levantó una ceja.

Livia apoyó la copa.

—Debía de ser muy joven.

—Teníamos doce años.

—Entonces espero que Fabio se haya recuperado.

Marco escondió una sonrisa detrás de su copa.

Claudia no.

—Murió hace cuatro años.

La culpa golpeó antes de que Livia pudiera evitarlo.

—Lo siento.

Claudia la observó con atención.

—Octavia no lo sintió.

Silencio.

Mara dejó caer una cuchara al fondo de la habitación.

Livia mantuvo el rostro quieto.

—Quizá ahora sí.

—Quizá.

Claudia se puso de pie.

—Quiero caminar contigo.

Marco dejó la copa.

—Puedo acompañarlas.

—No.

La negativa fue tan rápida que confirmó lo evidente: Claudia quería estar a solas con ella.

Livia se levantó.

—Estaremos en el jardín.

—Lo sé —respondió Marco—. Lo bastante cerca para que griten.

Claudia sonrió.

—¿Siempre fue tan protector?

—No lo sé. Llevamos casados desde ayer.

—Y ya miras su boca cuando habla.

Livia casi tropezó con el borde de la alfombra.

Marco no se movió, pero la comisura de sus labios tembló.

—Claudia —advirtió.

—¿Qué? Me tranquiliza saber que al menos uno de los dos entiende para qué sirve una noche de bodas.

Livia salió antes de que su rostro la traicionara.

El jardín estaba fresco y casi vacío. Claudia caminó hasta una fuente rodeada de laureles. Esperó a que quedaran fuera del alcance de los sirvientes.

Entonces se volvió.

—Enséñame la mano izquierda.

Livia sintió que el cuerpo se tensaba.

—¿Por qué?

—Porque Octavia se cortó la palma conmigo cuando tenía catorce años. Hicimos un juramento absurdo y la cicatriz nunca desapareció.

Aquello no estaba entre las instrucciones.

Livia cerró los dedos.

Claudia bajó la voz.

—Enséñamela.

—No.

—Entonces dame una razón para no llamar a Marco ahora mismo.

Livia miró hacia el corredor. Él seguía allí, visible entre las columnas, fingiendo revisar un documento. Demasiado lejos para escuchar. Lo bastante cerca para ver.

—No elegí estar aquí —dijo.

Claudia no parpadeó.

—Eso no responde quién eres.

—Responde por qué no puedes gritar.

—No sabes nada de mí.

—Sé que si me descubren, me matarán. Y sé que tú conocías a Octavia lo suficiente para entender que, si ella estuviera aquí por voluntad propia, yo no ocuparía su lugar.

Claudia dio un paso.

—¿Está viva?

—No lo sé.

—¿La lastimaste?

—No.

—¿La ayudaste a huir?

—Jamás la he visto.

Claudia buscó la mentira en su rostro.

—¿Cómo te llamas?

Livia apretó la mandíbula.

—No puedo decírtelo.

—Acabas de pedirme que arriesgue la vida de Marco sin darme siquiera tu nombre.

—No le pedí que se casara conmigo.

—Pero lo hiciste.

—Con guardias detrás y una amenaza de muerte delante.

Por primera vez, Claudia perdió parte de su dureza.

Solo una parte.

—Marco merece saberlo.

—Sí.

La respuesta la sorprendió.

—¿Entonces por qué no se lo dices?

Livia miró al hombre que esperaba en el corredor. El viento movía su túnica contra el cuerpo. Él levantó la cabeza en ese instante, como si hubiera sentido la mirada.

—Porque todavía no sé si me entregará a quienes me pusieron aquí.

Claudia siguió la dirección de sus ojos.

—¿Y si no lo hace?

Livia tardó demasiado en responder.

—Eso sería peor.

—¿Peor que morir?

—Peor que odiarlo.

Claudia guardó silencio.

Marco comenzó a acercarse.

No había tiempo.

Claudia tomó la mano izquierda de Livia y la abrió. La palma no tenía cicatriz.

La prueba quedó entre ambas.

Marco llegó junto a la fuente.

—¿Todo bien?

Claudia soltó la mano de Livia.

—Perfectamente.

—No parece.

—Tu esposa y yo estábamos recordando.

Marco miró la palma abierta, después el rostro de Claudia.

—¿Recordando qué?

Claudia sostuvo la mirada de Livia durante un largo segundo.

Luego sonrió con una suavidad que no tenía nada de amable.

—Que no sé quién es esta mujer, Marco, pero no es Octavia.

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