Capítulo 2 2
—No voy a bajar.
La sirvienta que sostenía el borde del velo cerró los ojos con resignación.
—La ceremonia comienza en menos de una hora.
—Entonces será una boda muy breve.
—Lady Tertia ordenó que estuviera lista.
—Lady Tertia también ordenaría al sol salir por el oeste si creyera que podía amenazarlo.
La muchacha no sonrió. Tenía las manos tensas alrededor de la tela y una marca reciente en la muñeca. Livia la reconoció de inmediato: dedos ajenos apretando demasiado.
No era la única obligada aquella mañana.
Se volvió hacia el espejo de bronce.
El vestido blanco le ajustaba el torso de una forma incómoda. Las costureras habían trabajado hasta el amanecer para borrar cualquier diferencia entre su cuerpo y el de Octavia. Bajo el pecho izquierdo, una mancha de pigmento oscuro imitaba la cicatriz que Tertia había descrito.
Todo estaba en su lugar.
Todo era falso.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Livia.
La sirvienta dudó.
—Mara.
—¿También te matarían si me ayudas a escapar?
Mara palideció.
—No diga eso.
—Necesito saberlo.
—Sí.
La respuesta fue apenas un susurro.
Livia miró la puerta custodiada desde el otro lado. Había pasado la noche memorizando nombres, gestos, parentescos y recuerdos ajenos. No había dormido. Aun así, la parte más difícil no era fingir que había crecido en una villa patricia.
Era caminar hacia un hombre sin saber qué reclamaría de ella cuando cerraran la puerta.
—Puedes retirarte —dijo.
—No debo dejarla sola.
—No voy a saltar por la ventana con este vestido. Moriría antes por el peso.
Mara casi sonrió.
Casi.
Después bajó la mirada.
—El general ya llegó.
Aquello consiguió lo que las amenazas no habían logrado.
Livia dejó de bromear.
—¿Cómo es?
—No lo sé.
—Lo has visto.
—Todos lo hemos visto. Eso no significa que alguien lo conozca.
Una respuesta sensata.
Livia tomó aire.
—Bien. Bajemos antes de que Tertia mande a vestir también a los guardias.
Las puertas del atrio se abrieron al mismo tiempo.
La conversación se apagó.
Livia sintió cientos de miradas deslizarse sobre ella, evaluando la postura, el velo, el modo de caminar. Nobles, senadores, oficiales y mujeres cubiertas de joyas observaban a la hija de una familia importante.
Nadie veía a la esclava.
Avanzó despacio, recordando cada instrucción.
Octavia no mira el suelo.
Octavia no mueve demasiado las manos.
Octavia no parece agradecida por nada.
Al final del salón esperaba Marco Valerio.
No sonreía.
Era más alto de lo que imaginaba y llevaba una túnica ceremonial oscura, ceñida por un cinturón militar sin adornos. No tenía el rostro de un hombre feliz. Tampoco el de uno cruel.
Parecía cansado.
Cuando Livia se acercó, él la miró directamente, sin la cortesía de fingir que solo veía el velo.
—Octavia.
Su voz era grave, contenida.
—Marco.
Él inclinó apenas la cabeza.
—Pensé que no bajarías.
—Yo también.
La respuesta escapó antes de que pudiera detenerla.
Marco levantó una ceja.
—Eso habría sido memorable.
—No tanto como una novia arrastrada por cuatro guardias.
Algo cambió en sus ojos.
No sospecha.
Interés.
El sacerdote inició la ceremonia antes de que Marco respondiera. Livia repitió las palabras que había memorizado durante la noche. Su voz no tembló hasta que llegó la pregunta final.
—¿Aceptas esta unión?
La mentira estaba a una palabra de volverse legal.
—Sí.
Marco tardó menos.
—Sí.
El sacerdote unió sus manos.
El contacto fue sencillo, pero Livia sintió el peso de sus dedos alrededor de los suyos. Marco no apretó. Tampoco la soltó de inmediato.
Su pulgar rozó por accidente la parte interna de su muñeca.
El calor le subió por el brazo.
Livia se odió por notarlo.
Después llegaron las felicitaciones, las copas y las miradas. Tertia se acercó una sola vez para acomodarle el velo.
—No olvides quién eres —murmuró.
—Eso intento.
Tertia se apartó con una sonrisa rígida.
Marco observó el intercambio desde el otro lado del salón.
Livia no supo cuánto había escuchado.
Horas después, cuando la última copa fue retirada, una sirvienta la condujo a la habitación nupcial.
La cama ocupaba el centro.
No había forma elegante de ignorarla.
Livia permaneció junto a la puerta, con las manos cerradas sobre el vestido. Habían soltado su cabello y retirado las joyas, pero Tertia había insistido en dejar la tela ceñida al cuerpo.
La puerta se abrió.
Marco entró solo.
Se quitó el broche del hombro y dejó la capa sobre una silla. El movimiento reveló el contorno de su pecho bajo la túnica. Livia apartó la vista demasiado tarde.
Él lo notó.
—¿Te incomoda mi presencia o mi ropa?
—Todavía no he decidido.
Marco soltó una risa breve.
—Has cambiado.
El miedo regresó sin aviso.
—Las personas cambian.
—Octavia no respondía así.
Livia se obligó a sostenerle la mirada.
—Quizá Octavia estaba cansada de responder como esperaban.
Marco se acercó.
No demasiado.
Lo suficiente para que ella percibiera el olor a cuero, vino y algo limpio que no supo nombrar.
—¿Y qué esperas tú? —preguntó.
La pregunta la desarmó.
Nadie se la había hecho.
—Dormir.
—Eso puedo concederlo.
—¿Sin condiciones?
Marco miró la cama y después a ella.
—No quiero compartirla con una mujer que parece calcular la distancia hasta la ventana.
Livia sintió una punzada de vergüenza.
—No estaba calculando.
—Hay siete pasos.
—Ocho.
Marco volvió a reír, esta vez sin ocultarlo.
El sonido lo hizo parecer menos peligroso.
Eso era un problema.
—Puedes quedarte con la cama —dijo él—. Dormiré en la habitación contigua.
—¿Por qué?
—Porque no deseo comenzar un matrimonio forzando lo único que todavía podemos elegir.
Livia lo observó, desconfiada.
—¿Y qué podemos elegir?
Marco levantó una mano y tocó apenas un mechón de su cabello. No la sujetó. Solo dejó que la hebra resbalara entre sus dedos.
—La distancia.
El gesto fue más íntimo que cualquier orden.
Livia sintió el pulso en la garganta.
—Entonces elige una prudente.
—Eso intento.
Sus ojos descendieron un instante hasta la boca de ella.
No fue suficiente para llamarlo deseo.
Sí para que Livia lo sintiera.
Marco retrocedió primero.
—Descansa.
Llegó a la puerta interior antes de detenerse.
—Mañana llegará Claudia Aurelia.
Livia recordó de inmediato el nombre.
La mejor amiga de Octavia.
—¿Mañana?
—Insistió en venir apenas supo de la boda.
—Qué considerada.
Marco la observó con una atención nueva.
—También es la persona que mejor conoce a mi esposa.
La puerta quedó entreabierta entre ambos.
—Si tú no eres Octavia —dijo Marco—, mañana será la primera en saberlo.
