Capítulo 8 Capítulo 8: No puedes esconderte de un depredador.
POV: Valentino Bortolotti
Ver a Drea huir por el pasillo de la biblioteca, casi tropezando con sus propios pies y abrazando su mochila como si le fuera la vida en ello, fue jodidamente divertido.
Me quedé apoyado contra el estante de madera oscura, escuchando el eco de sus pasos apresurados desvanecerse bajo el sonido de la lluvia. Una carcajada baja y ronca escapó de mi garganta. Era tan predecible, tan maravillosamente transparente. Su pánico, sus mejillas encendidas, la forma en que su mente había intentado racionalizar lo que acababa de pasar para no asustarse... todo había sido una sinfonía perfecta para mi ego.
Sin embargo, cuando la sonrisa se borró de mi rostro, me pasé el pulgar por el labio inferior.
El plan era sencillo: acercarme, rozarla, dejarla confundida. Un movimiento puramente táctico para desequilibrarla. Pero en el instante en que mi boca tocó la suya, algo en la ecuación había fallado miserablemente.
Sus labios eran increíblemente suaves, cálidos, y sabían a ese dulce rastro de durazno que siempre la rodeaba. Pero no fue solo eso. Fue el pequeño suspiro que soltó en sueños, la forma en que sus labios se entreabrieron instintivamente buscando más de mi calor, rindiéndose a mí sin siquiera saber que lo estaba haciendo. Por una fracción de segundo, la máscara del "heredero calculador" se me resbaló. Sentí un tirón eléctrico en la boca del estómago, un golpe de adrenalina pura que me exigió ahondar el beso, morder su labio, invadir su boca y despertarla de la forma más sucia y profunda posible.
Tuve que usar toda la disciplina que mi padre me había inculcado a base de golpes para retroceder antes de que abriera los ojos.
Apreté la mandíbula, irritado conmigo mismo. Es solo química básica, Bortolotti, me dije, apartándome del estante. Llevaba demasiado tiempo centrado en la estúpida apuesta y poco tiempo desahogándome. Eso era todo.
Pero una cosa estaba clara: la fase del príncipe azul paciente había terminado. Drea ya confiaba en mí, ya me había idealizado. Ahora necesitaba que dejara de verme como un sueño inalcanzable y empezara a reaccionar a mí como a un hombre. Un hombre que la deseaba. Era hora de acorralarla.
Me tomó tres días volver a atraparla. Como era de esperarse, la Gordita adoptó la táctica de la tortuga y se escondió. Evitó la cafetería, no fue al jardín trasero y llegaba al estudio exactamente cuando el profesor Bianchi entraba por la puerta.
Pero no puedes esconderte de un depredador que ya conoce tu olor.
El martes por la tarde, la esperé en el pasillo que llevaba a los casilleros del sótano. Sabía que tenía que guardar sus herramientas pesadas antes de irse. Las luces parpadeaban ligeramente, dándole al pasillo un aspecto lúgubre que me venía perfecto.
Cuando la vi doblar la esquina, me crucé de brazos y me apoyé contra las taquillas de metal. Llevaba un abrigo negro enorme y el cabello suelto, cayendo en ondas doradas sobre sus hombros. Al verme, se detuvo en seco. Sus ojos verdes se abrieron de par en par, listos para calcular la ruta de escape más rápida.
—Ni se te ocurra darte la vuelta, Sorrentino —le advertí, mi voz resonando profunda y autoritaria en el pasillo vacío.
Drea tragó saliva, pero, sorprendentemente, levantó la barbilla y caminó hacia mí. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar la correa de su bolso.
—No iba a darme la vuelta —mintió, deteniéndose a un metro de distancia—. Solo... recordé que olvidé algo arriba.
—Llevas tres días evitándome —dije, ignorando su excusa barata. Me despegué de los casilleros y di un paso lento hacia ella. Drea instintivamente dio medio paso atrás, hasta que su espalda chocó contra la fría pared de concreto—. No respondes a mis saludos en clase. Huyes en cuanto suena la campana.
—He estado ocupada, Valentino. Son semanas de evaluaciones...
—Mírame a los ojos y dime que es por eso.
Me paré frente a ella, lo suficientemente cerca para que tuviera que inclinar el rostro hacia arriba. Puse una mano en la pared, justo al lado de su cabeza, encerrándola. Podía ver el pulso latiendo desbocado en la base de su cuello.
—Valentino, estás... invadiendo mi espacio —susurró, su voz temblando.
—Y tú estás huyendo de lo que pasó en la biblioteca —ataqué directamente, bajando el tono a un murmullo oscuro—. Crees que no me doy cuenta, Drea. Crees que fingiendo que fue un accidente o que te lo imaginaste, va a desaparecer.
Sus mejillas se tiñeron de un carmesí furioso. Sus ojos se llenaron de pánico.
—No pasó nada en la biblioteca. Me despertaste para decirme la hora. Tú mismo lo dijiste.
Sonreí, una sonrisa depredadora que no intenté ocultar esta vez. Levanté mi mano libre y, con deliberada lentitud, deslicé el dorso de mis dedos por la suave curva de su mejilla, bajando hasta rozar la comisura de sus labios. Drea contuvo la respiración, cerrando los ojos por una milésima de segundo ante el contacto.
—Lo dije para no asustarte, Gordita —le susurré al oído, acercándome tanto que mi pecho rozó el grueso tejido de su abrigo—. Pero los dos sabemos que no chocamos por accidente. Quería besarte. Y si no hubieras abierto los ojos tan rápido, no me habría detenido en un simple roce.
La escuché soltar un pequeño jadeo. Abrió los ojos, mirándome con una mezcla de horror, incredulidad y un deseo crudo que intentaba desesperadamente reprimir.
—No... no es cierto. Estás jugando. Los chicos como tú no...
—¿No qué? —la interrumpí, acercando mi rostro al suyo hasta que nuestras narices casi se tocaron—. ¿No desean a las chicas como tú? Quítate esa idea de la cabeza, Drea. Estoy harto de tu ropa enorme y de tus escondites.
Agarré suavemente las solapas de su abrigo y tiré de ella un par de centímetros hacia mí, obligándola a sentir la firmeza de mi cuerpo, dejándole muy claras mis intenciones. Tembló en mis manos, frágil y absolutamente cautivadora.
—El viernes es la Gala de Invierno de la academia —le informé, mi tono no admitía discusión—. Paso por ti a las ocho. Y más te vale que te pongas algo que no parezca tejido por tu abuela, porque voy a pasar toda la noche mirándote.
La solté abruptamente, dejándola apoyada contra la pared, con los labios entreabiertos y la respiración agitada, pareciendo una pintura renacentista al borde del colapso emocional.
Me di la vuelta y comencé a caminar por el pasillo.
—¡No he dicho que sí! —logró gritar, su voz aguda rompiendo el silencio del sótano.
Me detuve a medias, mirándola por encima del hombro con una sonrisa arrogante.
—No te estaba preguntando, Sorrentino. A las ocho.
Salí del sótano con la sangre ardiendo en mis venas. La trampa había dejado de ser de seda; ahora era de acero, y la había cerrado justo sobre ella.
