La Curvy y el heredero mafioso

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Capítulo 6 Capítulo 6: Nuestro secreto

​POV: Valentino Bortolotti

​—¿Y bien? ¿Cómo va la caza de la "tortuga", Valentino? —Edoardo soltó una carcajada mientras le daba un sorbo a su copa de vino en la terraza del café frente a la Accademia—. Me han dicho que te quedaste hasta tarde ayer en el estudio con ella. ¿Ya te has aburrido de mirar ese suéter de abuela o todavía estás buscando dónde empieza la chica y dónde termina la lana?

​Dejé mi espresso sobre la mesa con un golpe seco. El ruido hizo que un par de personas en las mesas contiguas se giraran, pero no me importó. Miré a Edoardo fijamente, permitiendo que un poco de la frialdad de Nápoles se filtrara en mis ojos.

​—Deja de llamarla así, Edoardo. No me gusta ese apodo —dije, mi voz sonando como una advertencia de bajo calibre.

​Edoardo levantó las manos en señal de paz, aunque la burla seguía bailando en su mirada.

​—Vaya, qué sensible. ¿Ya te ha ganado el corazón la madeja? No me digas que el gran Valentino Bortolotti se está ablandando por un par de mejillas redondas.

​—No seas idiota —respondí, recostándome en la silla con fingida desidia—. Se trata de la apuesta. Si quiero que esto funcione, no puedo tratarla como una broma frente a todos. Ella es... sensible. Inocente. Cree en los finales felices y en los caballeros que abren las puertas. Para atrapar a alguien así, no puedes entrar rompiendo la cristalería.

​—¿Entonces? —insistió él, inclinado hacia adelante—. ¿Cuál es el plan?

​—El plan es darle exactamente lo que quiere —sonreí, una sonrisa que no llegaba a mis ojos—. Un romance de cuento. Ella no quiere un tipo que la lleve a la cama en la primera noche; quiere a alguien que aprecie su "arte", que la mire como si fuera la Venus de Botticelli y que sea tan respetuoso que le dé asco. La tengo justo donde quiero, Edo. Pero para que el golpe final sea efectivo cuando la deje, ella tiene que estar convencida de que soy el amor de su vida.

​Edoardo silbó, impresionado.

—Eres un maldito demonio, Valentino.

​—Soy un Bortolotti —corregí—. Sabemos cuándo ser lobos y cuándo ponernos la piel de cordero.

​Tres días después, puse en marcha la siguiente fase.

​Había estado observando a Drea desde la distancia, dándole espacio para que su imaginación hiciera el trabajo por mí. Sabía que estaría analizando cada segundo de nuestro encuentro en el estudio. Sabía que se preguntaría por qué no me había acercado más.

​La encontré a la hora del almuerzo. No en la cafetería principal, donde todas las chicas de moda se pavoneaban, sino en el pequeño jardín trasero de la facultad, oculto tras unos setos de laurel. Estaba sentada en un banco de piedra, con su inseparable cuaderno de bocetos y una manzana a medio comer.

​Me aseguré de que el pasillo estuviera vacío antes de salir al jardín. No quería que nos vieran juntos todavía. El misterio era mi mejor aliado; si la gente empezaba a hablar, ella se asustaría y volvería a su caparazón.

​—Esa manzana no parece un almuerzo muy nutritivo para una artista tan dedicada, Gordita.

​Drea dio un salto, casi dejando caer el cuaderno. Sus ojos verdes se abrieron de par en par al verme. Estaba despeinada, con un poco de carboncillo en la mejilla, y ese maldito suéter gigante que parecía querer tragársela.

​—¡Valentino! —exclamó, tapando su dibujo como si fuera un pecado—. ¿Qué haces aquí? Nadie viene a este jardín.

​—Exactamente por eso estoy aquí —dije, acercándome con paso tranquilo y galante. Llevaba una bolsa de papel de una de las mejores trattorias de la zona—. Te debía algo por la ayuda con el ángel caído. Bianchi me puso una nota excelente hoy, y todo fue gracias a tu "delicadeza".

​Me senté a su lado, manteniendo una distancia prudente, pero lo suficientemente cerca para notar cómo su respiración se aceleraba. Saqué un contenedor con focaccia recién horneada, queso pecorino y uvas frescas.

​—No... no tenías que molestarte —susurró ella, aunque sus ojos brillaron al oler la comida—. Solo fue un consejo técnico.

​—Para mí fue más que eso —le aseguré, bajando el tono de voz para que sonara más íntimo. Tomé un trozo de focaccia y se lo ofrecí—. Prueba. Es de la panadería de mi familia en el sur. Bueno, no de mi familia directamente, pero es la mejor que encontrarás en Florencia.

​Ella dudó un segundo antes de aceptar el trozo. Sus dedos rozaron los míos al tomarlo, y vi cómo un escalofrío recorría sus hombros. Es tan condenadamente fácil, pensé.

​—Está... deliciosa —dijo, con la boca pequeña, mientras masticaba.

​—Me alegra que te guste. —La observé comer, notando la suavidad de sus rasgos. Había algo en Drea que me irritaba y me fascinaba al mismo tiempo. Era tan pura que me sentía casi sucio estando cerca de ella con mis intenciones reales. Pero luego recordaba a Edoardo, las llaves del Ferrari y el destino de sangre que me esperaba en Nápoles, y mi corazón se volvía a cerrar—. ¿Qué dibujas?

​—Nada importante. Solo... ideas.

​—Drea, no seas modesta. He visto lo que haces con la arcilla. Muéstrame.

​Ella me miró, buscando alguna burla en mis ojos ámbar. Al no encontrarla —porque me había vuelto un experto en ocultarla—, abrió el cuaderno con timidez.

​Eran bocetos de manos. Decenas de ellas. En diferentes posiciones, algunas entrelazadas, otras cerradas en puño. Eran detalladas, casi anatómicas, con una sensibilidad que dolía ver.

​—Son increíbles —admití, y esta vez no era parte del guion. Realmente lo eran.

​—Me gusta la forma en que las manos cuentan historias —dijo ella, animándose un poco—. A veces dicen más que el rostro.

​—Tienes razón. —Me levanté, guardando las sobras en la bolsa. La campana que anunciaba la siguiente clase estaba a punto de sonar—. Me tengo que ir antes de que los buitres de mis amigos empiecen a buscarme. No les digas que estuvimos aquí, ¿vale? Prefiero que este jardín siga siendo nuestro pequeño secreto.

​Le guiñé un ojo y le di un ligero toque en la punta de la nariz con el dedo, una caricia casi infantil pero cargada de intención.

​—Hasta luego, Gordita.

​Me alejé sin mirar atrás, sabiendo perfectamente que se quedaría allí, procesando el hecho de que Valentino Bortolotti no solo le había llevado el almuerzo, sino que ahora compartía un "secreto" con ella.

​La trampa estaba lista. Ella ya no era solo una apuesta; se estaba convirtiendo en mi creación más delicada. Y el problema de crear algo tan frágil es que, tarde o temprano, la tentación de ver cómo se rompe se vuelve irresistible.

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