Capítulo 3 Capítulo 3: La presa perfecta
POV: Drea Sorrentino
Creí que iba a sufrir un paro cardíaco a los veinte años.
Me quedé clavada en el suelo, apretando el estique de madera que él acababa de devolverme. La madera todavía conservaba el calor de su mano grande y firme. Mi brazo, donde me había sujetado para que no cayera, se sentía como si lo hubieran expuesto a una corriente eléctrica de alto voltaje.
Me había tocado. Me había hablado. Y sabía mi nombre. Peor aún: me había pedido ayuda. A mí. A la chica a la que la mitad de la facultad llamaba "la tortuga" porque siempre estaba escondida dentro de mis suéteres y mis abrigos gigantes.
—¡Traje el combustible! —anunció Clara, acercándose a mi mesa y extendiéndome un vaso de papel humeante. Se detuvo en seco al ver mi cara—. Drea, ¿estás bien? Pareces a punto de desmayarte. ¿Te intoxicaste con el polvo de arcilla?
—Valentino Bortolotti acaba de hablarme —solté, las palabras tropezando unas con otras al salir de mi boca.
Clara parpadeó, bajó los cafés sobre la mesa y me agarró por los hombros.
—¡¿Qué?! ¡¿Qué te dijo?! ¡Dímelo todo, con puntos y comas! ¿Se dio cuenta por fin de que existes?
Negué con la cabeza, todavía aturdida. Miré mi escultura. El trazo que Valentino había dejado en la arcilla era agresivo, seguro y marcaba una musculatura perfecta. Tenía razón, le había dado una ferocidad a la pieza que yo no me había atrevido a plasmar.
—Me... me criticó el busto. Dijo que le faltaba agresividad —le expliqué a Clara, mi voz sonando lejana en mis propios oídos—. Y luego me pidió que lo ayudara con su escultura de mármol mañana después de clases. Dijo que el profesor le exigía más delicadeza.
Clara soltó un chillido ahogado y me sacudió levemente.
—¡Te pidió una cita de estudio! ¡Drea, el dios de la academia te acaba de invitar a pasar tiempo a solas con él!
—No es una cita —repliqué de inmediato, retrocediendo y sintiendo cómo la inseguridad habitual se arrastraba de vuelta por mi espina dorsal—. Clara, mírame. Míralo a él. No es una cita. Solo necesita ayuda técnica para pasar la evaluación de Bianchi. Probablemente se dio cuenta de que soy la única nerd dispuesta a quedarse hasta tarde en el estudio.
Clara rodó los ojos.
—Eres exasperante, Dreita. Tienes el cuerpo de una pin-up de los años 50, unos ojos increíbles y talento. ¿Por qué te cuesta tanto creer que un chico guapo se acerque a ti por algo más que tus apuntes?
Porque los chicos guapos siempre querían algo más, o simplemente se estaban burlando. Esa era una lección que había aprendido por las malas en la preparatoria en Suiza. Cuando tienes kilos de más y no encajas en el molde estándar de belleza, la atención repentina de los chicos populares siempre viene con un precio o una broma cruel escondida detrás.
Miré de reojo hacia la puerta por donde Valentino había desaparecido. Su presencia oscura y magnética todavía parecía flotar en el aire. No era solo guapo; había algo en él que me intimidaba a un nivel primario. Sus movimientos no eran los de un estudiante de arte de veinte años. Eran controlados, calculados. Peligrosos.
Y sin embargo, la forma en que me miró a los ojos cuando pronunció mi nombre...
Tragué saliva y volví a hundir las manos en la arcilla fría para intentar calmar mis nervios.
—Solo es una tutoría de escultura, Clara —murmuré, más para convencerme a mí misma que a ella—. Mañana lo ayudaré con ese bloque de mármol y después volveré a ser invisible para él. Es lo mejor.
Pero mientras intentaba suavizar la marca profunda que sus dedos habían dejado en mi escultura, supe que mi corazón mentiroso y estúpido deseaba desesperadamente que la tutoría de mañana no fuera lo único que Valentino Bortolotti quisiera de mí.
«Sí tan solo fuera más flaca...
Nunca lo había intentado realmente, tal vez hacer una buena dieta y mucho ejercicio ayudarían... Aunque igual eso no me ayudaría a crecer.
Una buena idea también sería aprender a andar en tacones, eso de caminar como Bambi recién nacido no es nada sexy.
Quizá un bypass gástrico. O quizá no porque mis padres pondrían el grito en el cielo y tendría que dar un montón de explicaciones.
Si no fueran tan sobreprotectores particularmente conmigo todo sería mucho más sencillo. Los amo, en serio. Mis papás y hermanos son lo mejor del mundo pero Arturo puede ser tan o más intenso que papá y mi hermanito, Luciano es una pequeña pulga latosa.
Mamá me entiende mejor que todos, somos demasiado parecidas físicamente a excepción del cabello y los ojos. Se ha esmerado tanto en hacerme segura de mi misma que seguro una cirugía la decepcionaría.
No puedo cambiar por un chico, menos por uno que sólo quiere que le ayude con su escultura.
Ya despierta Drea.»
