Capítulo 1 Capítulo 1: El mármol y la apuesta
POV: Drea Sorrentino
El polvo de mármol y la arcilla húmeda flotaban en el aire del estudio principal de la Accademia di Belle Arti. Era mi olor favorito en el mundo, mucho mejor que el perfume caro que usaban las chicas del campus.
Me pasé el dorso de la mano por la frente, dejando un rastro de barro gris sobre mi piel, y suspiré. Estaba trabajando en un busto de arcilla, pero mis ojos se negaban a quedarse en mi propia obra. Tenían la mala costumbre de desviarse hacia el fondo del salón.
Hacia él.
Valentino Bortolotti estaba apoyado distraídamente contra un bloque de mármol de Carrara, riéndose de algo que le decía uno de sus amigos. Tenía veinte años y era, objetivamente, un insulto a cualquier estatua renacentista que nos obligaran a estudiar. Su cabello oscuro caía en ondas desordenadas sobre su frente, sus ojos eran de un tono ámbar profundo y su mandíbula parecía tallada por el mismísimo Miguel Ángel.
Era popular, rico, insufriblemente guapo y estudiaba escultura con una facilidad que me daba envidia. También era mi amor platónico desde el primer día de clases, un secreto que me llevaría a la tumba.
Apreté los labios y me bajé un poco más el enorme suéter de lana que llevaba puesto. Florencia era hermosa, pero la universidad estaba llena de mujeres europeas esbeltas, etéreas y sofisticadas. Yo, con mi metro sesenta y cinco, mis caderas anchas, muslos gruesos y mejillas redondas, me sentía como un intruso geométrico. Mis padres, especialmente mi madre que tenía un cuerpo como el mío, siempre me decían que era hermosa, pero frente a un chico como Valentino, yo me sentía completamente invisible.
Y era mejor así. Las pocas veces que los ojos ámbar de Valentino habían barrido el salón, pasaron por encima de mí como si yo fuera parte del mobiliario. Él salía con modelos italianas de piernas kilométricas. Chicas con curvas abundantes y ropa manchada de arcilla no estaban en su radar.
—¿Te vas a quedar mirándolo o vas a terminar ese busto, Sorrentino? —susurró una voz a mi lado.
Di un salto. Clara, mi única amiga en la facultad, me miraba con una ceja arqueada.
—No lo estaba mirando —mentí, sintiendo cómo mis mejillas pecosas se encendían—. Estaba... analizando la luz sobre ese bloque de mármol.
Clara soltó una carcajada.
—Claro. Y yo soy la reencarnación de Da Vinci. Drea, eres hermosa. Si te quitaras ese suéter de abuela y te atrevieras a hablarle, tal vez descubrirías que no muerde.
Negué con la cabeza enérgicamente, volviendo mi atención a la arcilla y hundiendo los dedos en ella.
—Jamás. Los chicos como él no miran a las chicas como yo, Clara. Es una regla universal. Además, prefiero el arte a que me rompan el corazón.
Lo que no sabía, mientras intentaba moldear mi escultura con manos temblorosas, era que mi invisibilidad estaba a punto de caducar de la peor manera posible.
POV: Valentino Bortolotti
—Te digo que la fiesta de invierno de este año va a ser aburridísima, fratello —se quejó Edoardo, pasándose una mano por su cabello rubio impecablemente peinado—. Las mismas caras, las mismas chicas trepadoras.
Dejé de tallar con el cincel y me sacudí el polvo de las manos.
—El aburrimiento es el precio que pagamos por estar aquí, Edoardo —respondí con frialdad.
Para Edoardo, la academia era un pasatiempo. Para mí, era la única fachada perfecta que me mantenía temporalmente alejado de Nápoles. Mi padre, Stefano Bortolotti, gobernaba la Camorra con puño de hierro, y mi destino de sucederlo estaba escrito con sangre desde el día que nací. Estudiar arte en Florencia era mi último respiro antes de hundirme en el infierno familiar.
Por eso no me importaba la universidad, ni la estúpida gala de invierno, ni las chicas que se me ofrecían en bandeja de plata. Todas eran iguales: predecibles, huecas y desesperadas por colgarse de mi brazo.
—Apostemos algo —sugirió Edoardo de repente, con una sonrisa maliciosa encendiéndole el rostro.
Lo miré con fastidio, cruzándome de brazos.
—No tengo tiempo para tus juegos, Edo.
—Oh, vamos, Valentino. Todos dicen que eres irresistible. Que no hay mujer en esta academia que no se rinda a tus pies si le sonríes —Edoardo se inclinó sobre la mesa de trabajo, bajando la voz—. Demuéstralo. Te apuesto las llaves de mi Ferrari a que no puedes llevar a la chica más imposible de la clase a la gala de invierno y llevarla a tu cama.
Levanté una ceja. Retar a un Bortolotti era jugar con fuego, y yo nunca había rechazado un desafío.
—¿A quién tienes en mente? ¿A la profesora de historia del arte?
Edoardo soltó una risita y disimuladamente señaló con la cabeza hacia el otro extremo del estudio.
Seguí su mirada. Apoyada sobre una mesa de trabajo, cubierta de arcilla hasta los codos, estaba Drea Sorrentino. La chica americana.
La observé por un par de segundos. Era rubia, con unos ojos verdes bastante llamativos, sí, pero hasta ahí llegaba el atractivo. Estaba envuelta en un suéter espantoso, evidentemente para ocultar que estaba rellenita. No era alta, no tenía porte, y siempre parecía querer fundirse con las paredes para que nadie la notara. Era torpe, callada y definitivamente no entraba en mis estándares. A mí me gustaban las mujeres como mi mundo: afiladas, peligrosas y esculturales.
Solté un bufido de desdén.
—¿Ella? ¿Es una broma? No me jodas, Edoardo. Simplemente mirarla me da sueño. No es mi tipo en lo absoluto. No me acercaría a ella ni aunque me pagaran.
—Ese es el punto de la apuesta —me desafió Edoardo, golpeando mi hombro—. Tienes dos meses antes de la gala. Tienes que seducirla, enamorarla, hacer que se ponga un vestido de diseñador y camine del brazo del gran Valentino Bortolotti frente a toda la universidad. Y al día siguiente, la botas. Fácil.
Miré a la chica nuevamente. En ese momento, se rió de algo que le dijo su amiga, y por una fracción de segundo, la iluminación del estudio capturó un brillo dorado en su cabello y una suavidad en su rostro que me hizo parpadear.
Descarté el pensamiento de inmediato. Era solo un peón. Un estúpido juego para matar el aburrimiento antes de que la mafia reclamara mi vida por completo.
—Prepara las llaves del Ferrari, Edoardo —dije, esbozando una sonrisa depredadora—. Esto va a ser como quitarle un dulce a un puto bebé.
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Hola mis queridos lectores y bienvenidos a esta segunda entrega de las chicas Curvy. Algunos tal vez ya conozcan a Drea, la hija de Ares y Caro; en caso de que no, corran a leer "La curvy y el Rockstar: Desafío al destino" (es opcional). Ahora conocerán a Drea como adulta y siendo seducida por el chico más peligroso de su entorno...
Gracias por leerme. Me ayudan mucho dejándome sus comentarios. Me encuentran en F.a.c.e.b.o.o.k, como Cons Espher, I.n.s.t.a.g.r.a.m y T.h.r.e.a.d.s como Constanceespher. T.i.k.t.o.k cons_stanzi
