Capítulo 5 La loba que nadie apreció.
Narra Raphael:
Nunca había sentido tanto asco en una sola noche.
Sebastián Black obligó a Charlotte, aquella loba que vi en el bar de mi propiedad, y de la que quedé prendado, a quitarse el vestido frente a todos. La tela negra, manchada de crema y sangre, cayó al suelo con un susurro patético. Allí estaba ella: desnuda bajo la luz cruel de las antorchas, con la piel marcada por los latigazos, las curvas suaves, perfectas y generosas que Sebastián acababa de insultar, y esos ojos grises llenos de lágrimas que se negaba a dejar caer del todo.
Mi lobo interior rugió. Aquella mujer era todo lo que deseé desde la noche anterior en que nos conocimos, y aquella promesa que le hice, iba a honrarla. Ella era mía.
Ese bastardo despreciable, con su sonrisa de superioridad barata, se creía un dios solo porque podía humillar a una mujer delante de su propia manada. Yo siempre había despreciado a tipos como él: alfas débiles que necesitaban pisotear a otros para sentirse grandes.
Charlotte se tambaleó. Sus rodillas cedieron, y antes de que tocara el suelo, me moví.
Crucé la distancia en tres zancadas largas. La multitud jadeó, pero ignoré las miradas. Me quité el saco largo y elegante de mi traje negro; el que llevaba el emblema de la manada Roshan bordado en plata, y lo envolví alrededor de su cuerpo con rapidez. La tela la cubrió por completo, ocultando su perfecta desnudez a todos los ojos hambrientos y burlones. El abrigo tenía mi aroma: bosque profundo, madera de cedro y poder puro, y rápidamente se mezcló con el de ella…el olor de la pureza, rosas de campo, azul de rio…y perfección.
Ella se desmayó en ese instante, y sentí su cabeza cayendo contra mi pecho.
La cargué en mis brazos sin esfuerzo. Era ligera a pesar de sus hermosas curvas, y su calor contra mí despertó algo primitivo en mi lobo.
No era solo protección. Era posesión.
Esta hermosa loba había rechazado tanto a Sebastián como a mí, y aun así…no podía dejarla allí, rota y humillada.
Un murmullo de asombro recorrió el jardín, y Juliette Dupont se acercó como una víbora, y noté fácilmente a sus ojos grises brillando con furia y celos mal disimulados. Tomó mi brazo con fingida dulzura.
—Alfa Tudor, no es necesario que el Alfa más poderoso de todas las manadas se rebaje por mi hermana gemela. —dijo con voz melosa, aunque sus uñas se clavaban ligeramente en mi manga. — Yo la ayudaré a buscar otro atuendo antes de que se vaya. Un alfa como usted no debe ensuciarse las manos con una loba que lo rechazó públicamente. Déjeme a mí…
Hice un movimiento seco con el hombro, quitándomela de encima. Juliette perdió el equilibrio y cayó al suelo con un grito agudo. Sebastián Black y Henri Dupont corrieron a levantarla como perros falderos.
Miré directamente a Sebastián. Y con mi voz salió baja, pero cargada de todo el peso de mi manada, hablé.
—Desprecio a los tipos como tú. Alfas que se sienten dioses pisoteando a las mujeres, creyendo que su crueldad los hace fuertes. No eres más que basura con colmillos, Black. Basura que pronto olerá a derrota. — dije con firmeza.
Sebastián apretó la mandíbula, pero no se atrevió a responder. Su padre permaneció en silencio, sabiendo que una confrontación abierta con el Alfa de la manada Roshan, sería suicida.
Luego giré la cabeza hacia Henri Dupont, ignorando por completo a Juliette, que se sacudía la tierra del vestido blanco con rabia contenida.
—Ahora que Charlotte ha sido desterrada, ya no es asunto de las manadas Dupont ni Black. —declaré con autoridad inquebrantable. — Te doy un año. La tomaré bajo mi cuidado. La convertiré en mi luna. Y te prometo algo, Henri: en un año exacto, regresaré aquí para celebrar el aniversario de vínculo de Juliette y Sebastián…con Charlotte a mi lado como mi compañera. — juré.
Juliette apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Lo noté. Sus celos eran casi palpables, con un olor ácido que cortaba el aire. Sebastián soltó una risa burlona, aunque sus puños también se cerraban con odio evidente.
—No me molesta que te lleves a esa vaca. —escupió Sebastián. — Buena suerte intentando convertirla en algo que valga la pena. —
No respondí. Sus palabras no merecían mi atención. Solo apreté más a Charlotte contra mi pecho y me di la vuelta, caminando con pasos firmes hacia la salida del jardín. Los invitados se apartaban a mi paso como si yo fuera la misma luna cayendo sobre ellos. Mi aura de alfa los obligaba a bajar la mirada.
El bosque nos recibió con su oscuridad fresca. El aroma a pino y tierra húmeda calmó ligeramente la furia que aún hervía en mis venas. Charlotte se removió en mis brazos. Sus párpados temblaron y se abrieron lentamente. Sus ojos grises, aún vidriosos por el desmayo y el dolor, se clavaron en los míos.
—Suéltame… —susurró con voz ronca. Intentó moverse, pero el saco la envolvía con firmeza. — Por favor…no necesito tu piedad, Alfa Tudor. — me dijo con la voz resquebrajada.
Detuve mis pasos bajo la luz plateada de la luna que se filtraba entre las copas de los árboles. La miré. Realmente la miré. No era la loba “gordita” que Sebastian había intentado destruir con sus palabras. Era fuerte. Herida, sí. Pero con una chispa en la mirada que hablaba de supervivencia.
Mi lobo se removió con aprobación.
—No es piedad. —respondí, mi voz más suave de lo que solía usar con nadie. — Es lo que corresponde. Nadie merece ser humillado de esa forma. Y mucho menos tú. —
Ella negó débilmente con la cabeza, aunque su cuerpo se relajó un poco contra el mío, traicionado por el agotamiento.
—Te rechacé…en la ceremonia. No quiero ser la compasión de nadie. Ni tu trofeo o tu condena para vengarte de Sebastián. — me dijo.
Sonreí apenas, una sonrisa que no llegaba a ser cálida, pero sí honesta.
—No busco trofeos ni condenas, Charlotte. Busco una compañera que valga la pena. Y algo me dice que tú…podrías ser mucho más de lo que cualquiera de ellos vio esta noche. — le respondí con intensidad.
Continué caminando, llevándola conmigo hacia donde mis hombres esperaban con los vehículos al borde del territorio Dupont. El viento nocturno agitaba su cabello, y el aroma de su piel, que mezclado con el mío, empezaba a grabarse en mi memoria.
Ella no dijo nada más. Solo cerró los ojos, exhausta, mientras el bosque nos tragaba. Pero yo sabía que esto no terminaba aquí.
Un año.
Tenía un año para mostrarle a Charlotte Dupont que el mundo no se reducía a la crueldad de Sebastián Black ni a las mentiras de su hermana.
Y tenía la intención de aprovechar cada segundo.
