Capítulo 4 El precio de la desobediencia.
Narra Charlotte:
Mi padre me vio con odio. Pero me mantuve firme, no tomaría a Sebastián como mi pareja.
El Alfa Raphael se acercó de nuevo a mí, y volvió a hablar. Algo en este hombre, me resultaba familiar, pero dolida por lo ocurrido, no quise pensar en ello.
—Quiero que seas mi única luna, Charlotte de la manada Dupont. —
El jardín se había convertido en un circo de miradas y susurros. Mi espalda ardía por los tres latigazos, la crema del pastel se mezclaba con la sangre que empapaba lo que quedaba de mi vestido negro, y Raphael Tudor seguía frente a mí, con la mano extendida, esperando mi respuesta. Sus ojos azul marinos, casi como zafiros y que me estremecían sin ninguna razón, parecían que no aceptaban mi respuesta, y brillaban con una intensidad que me hacía sentir vista por primera vez.
—No. — dije, y mi voz sonó más clara de lo que esperaba. — No te acepto, Alfa Tudor. Ya lo he dicho. — respondí mirando aquellos ojos azules
Un murmullo de sorpresa recorrió la multitud. Raphael no retiró la mano de inmediato. Solo arqueó una ceja, como si mi nueva negativa le resultara más interesante que ofensiva.
Mi padre, Henri Dupont, dio un paso adelante. Su rostro estaba deformado por la furia.
—¿Estás loca, Charlotte? ¡Rechazas a Sebastián y ahora también al Alfa de Roshan! ¿Quieres morir sola en el bosque? —
En ese momento mi padre se acercó más, bajando la voz para que solo yo lo oyera, pero lo suficientemente alto para que los Alfas cercanos escucharan.
—Si rechazas a Sebastián, serás desterrada de la manada Dupont esta misma noche. Y no solo eso… te marcaré a hierro caliente como loba rechazada. Nadie, jamás, podrá tomarte como compañera. ¿Es eso lo que quieres? ¿Convertirte en una paria sin pareja para siempre? — me cuestionó.
El miedo me apretó el pecho, pero levanté la barbilla.
—Prefiero ser una paria que vivir humillada el resto de mi vida. Ya lo he dicho. — respondí.
Juliette soltó un sollozo perfecto, dramático, cubriéndose la boca con las manos.
—Charlotte…por favor, no hagas esto. Yo…yo me sacrificaré por ti. — dijo y se volvió hacia Sebastián con ojos llorosos. — Si mi hermana no quiere unirse a ti, yo lo haré. Seré tu luna, aunque vaya contra las reglas de nacimiento. No puedo permitir que mi hermana sea castigada o desterrada por mi culpa. —
La miré fijamente. Ahí estaba. El plan que siempre había olido, pero nunca había podido probar. Juliette no estaba sacrificándose; estaba aprovechando el momento que ella misma había ayudado a crear: el desprecio evidente de Sebastián hacia mí, mi cansancio acumulado después de años de humillaciones, y el pacto entre las manadas que debía cumplirse a toda costa. Todo encajaba demasiado bien.
Sebastián la miró con esa adoración que nunca me había dado a mí. Tomó su mano y la besó frente a todos.
—Juliette… siempre has sido tú. — el le respondió.
El padre de Sebastián, el viejo Alfa Black, avanzó con paso pesado. Su voz retumbó como un trueno.
—No me importa cuál de las gemelas sea. El pacto debe cumplirse. Las manadas Dupont y Black se unirán esta noche, de una forma u otra. — sus ojos se posaron con desprecio evidente en Raphael Tudor. — Y tú, Tudor, no tienes nada que hacer aquí. Esto no es asunto de Roshan. —
Raphael solo sonrió. Una sonrisa lenta, peligrosa, que no llegó a sus ojos.
—Interesante. —murmuró, sin apartar la mirada de mí. — Muy interesante. —
Mi padre estaba acorralado. Podía verlo en su mandíbula tensa y en la forma en que sus puños se cerraban. Miró a Sebastián, luego a Juliette, y finalmente a mí.
—Está bien. —dijo con voz ronca. — Juliette Dupont, mi segunda hija, se unirá a Sebastian Black esta noche como su luna. El pacto se cumplirá. —
Un aplauso tímido y aliviado se extendió entre los invitados. Pero mi padre no había terminado.
—Sin embargo. —continuó, señalándome con el dedo. — Charlotte Dupont ha desobedecido a su alfa y a su padre. Por eso, desde este momento, queda desterrada de la manada Dupont. No tienes lugar aquí. Recoge tus cosas y vete antes del amanecer. Si vuelves a pisar nuestras tierras, serás tratada como intrusa y ejecutada. —
El silencio cayó como una losa. Sentí que el mundo se inclinaba. Desterrada. La palabra resonaba en mi cabeza. No tenía manada. No tenía familia. No tenía nada.
Acepté mi destino con un nudo en la garganta.
—Como desees, padre. — respondí.
Me di la vuelta, dispuesta a caminar hacia la salida del jardín, con el vestido pegajoso y roto pegado al cuerpo, la espalda sangrando y el corazón hecho pedazos. Pero no llegué lejos.
Una mano me sujetó del brazo con fuerza. La mano de Sebastián.
—Un momento. —dijo con voz alta y cruel, para que todos escucharan. — Ese vestido… lo pagué yo, aunque lo haya escogido tu padre. No te llevarás nada que pertenezca a esta manada. Quítatelo. Ahora. —
Lo miré completamente incrédula, ¿Él hablaba en serio?
—¿Qué? — cuestioné.
—Quítatelo. —repitió, más fuerte. — Quiero que todos vean por qué nunca te quise. Quiero que vean esa gordura que tanto intentas esconder. Quiero que vean a la loba que nadie desea. Desnúdate y vete como la paria que eres. —
Juliette fingió sorpresa, pero vi la satisfacción brillando en sus ojos.
Los invitados murmuraron, algunos con morbo, otros con incomodidad. Mi padre no intervino.
Nadie lo hizo.
Raphael Tudor dio un paso adelante, pero se detuvo cuando le lancé una mirada rápida. No quería que nadie más se involucrara.
Esto era mi humillación. Mi final.
Con las manos temblando, llevé los dedos a los tirantes del vestido negro. La tela estaba fría, pegajosa por la crema y la sangre. Bajé el primer tirante. Luego el segundo. El vestido cayó al suelo con un sonido suave y vergonzoso, dejándome solo con la ropa interior blanca, manchada y rota.
El aire frío de la noche me golpeó la piel. Sentí todas las miradas recorriendo mi cuerpo: mis caderas anchas, mi vientre suave y ligeramente redondeado, mis muslos gruesos. Las risitas bajas de algunos lobos me perforaron los oídos.
Sebastián sonrió con desprecio.
—Ahí está. Ahora todos pueden ver lo que yo siempre vi. Vete, Charlotte. Y no regreses nunca. — dijo con burla.
Me quedé allí, desnuda bajo la luz de las antorchas, con la espalda sangrando y el corazón latiendo tan fuerte que parecía que iba a romperse. Lágrimas calientes rodaron por mis mejillas, pero me negué a sollozar.
Levanté la barbilla una última vez, miré a mi padre, a Sebastián, a Juliette y, finalmente, a Raphael Tudor, que me observaba con una expresión indescifrable.
Luego, sin decir una palabra más, me di la vuelta y comencé a caminar hacia la oscuridad del bosque, dejando atrás todo lo que había conocido.
Desnuda.
Desterrada.
Libre… pero completamente sola.
