Capítulo 8 Maya – Half Moon (I)
El inicio de mis primeras vacaciones del año son lo que yo llamo la entrada. Es como cuando vas a comer y te dan tres platillos, la entrada, el plato fuerte y el postre. El primer y segundo día son mi entrada, por lo que decido tomármelo con calma, limpiar el departamento, dormir hasta tarde y dar alguna vuelta por ahí.
Hoy es el segundo día, así que duermo hasta tarde… muy tarde. Es medio día cuando me levanto. Camino con la mayor flojera del mundo y me como un cereal. Abro las ventanas de la sala y me doy cuenta de que el día es soleado y caluroso. Perfecto para un cóctel en la playa, pero no sola.
Llamo a mi mejor amiga, Dakota, y quedamos en vernos a las dos en el restaurante de siempre. Tengo tiempo de prepararme y alistar las cosas.
A la una salgo del departamento y me subo a «Raven», el Honda Civic 2010 negro que mi padre me regaló cuando me vine a vivir a San Francisco. Fue difícil para mí encontrar un departamento acorde a mis necesidades y mi presupuesto, pero al cabo de un año logré encontrar lo que buscaba. En una ciudad tan grande y cara como esta es muy difícil encontrar un buen departamento a un precio accesible, sin embargo, los hay.
Ahora vivo en Castro y es muy cómodo para mí, no pienso vivir en ningún otro lugar que no sea aquí. Abro la ventana de mi lado y dejo que el viento entre regalándome una sensación de libertad. Con mi cabello rubio suelto y unos lentes Ray Ban me adentro en el tráfico y me permito no pensar en trabajo, disfrutar del paisaje, el clima y el viento… más del viento. Al ritmo de One Republic tomo la noventa y dos hasta llegar por fin a mi destino
Cuando llego al restaurante, busco a Dakota, pero aún no llega. Es normal que siempre se le haga tarde. Pido una mesa para dos y me siento a esperarla. Reviso la carta y voy pidiendo una cerveza Corona para empezar junto con unos chiles caribes rellenos de camarón.
Justo me sirven cuando Dakota atraviesa la puerta… no obstante no viene sola. Maldita sea.
—¡Guapa! —extiende los brazos para abrazarme—. Debí imaginar que como siempre llegarías temprano.
La abrazo, a quien no le daría gusto ver a su mejor amiga después de casi seis meses de no verla. Nuestros horarios de trabajo raramente concuerdan y eso lo hace difícil.
—¡Dakie! Me da mucho gusto verte.
Le doy un par de besos y la giro en su lugar nada más para comprobar que siga completa.
—Te ves muy guapa hoy —le refiero, yo ando en short de mezclilla y una blusa de tirante con sandalias, ella viene de vestido veraniego.
Ella sonríe y se gira para presentarme a las moscas… o acompañantes.
—Mira Maya, —jala a un chico de cabello rubio como el mío, de ojos verdes, alto, muy alto— te presento a Diego. Mi novio.
¿Novio? Ni siquiera lo sabía, me siento un poco olvidada.
—Mucho gusto, Maya. Soy Diego —este me regala una sonrisa y me saluda de beso.
—Igualmente —respondo el saludo lo más cordial que puedo.
Trato de ocultar que me incomoda tener que compartir mi tiempo de «chicas» con un par de desconocidos. Yo que quería ponerme al corriente con Dakota, menuda forma de contarme las cosas.
El otro hombre que los acompaña permanece distraído admirando el lugar con un ridículo sombrero de paja que cubre su rostro. Aunque sí puedo decir que es alto.
—Maya, él es mi mejor amigo, Milo —Al instante reconozco el nombre, Diego llama la atención de su acompañante y este gira a verme—. Milo, ella es Maya, la mejor amiga de Dakota.
Me gustaría decir que sentí fuegos artificiales en mi interior cuando lo vi, pero no fue así. Sentí nervios, muchos nervios. Una vez que le pasé el paciente a Greyson por mi bien emocional, evité a toda costa verlo en su habitación hasta que fue dado de alta a las dos semanas.
Milo no me reconoce, puesto que las únicas veces que coincidimos él estaba sedado o confundido, y yo estaba tratando de que no muriera o huyendo de la habitación.
Él no estira su mano, solo asiente y susurra un escueto «mucho gusto».
Saludo con la cabeza desde mi lugar y tomo asiento. Dakota y sus acompañantes hacen lo mismo. La muy malvada deja que su amigo se siente a un lado mío, dejando su raro sombrero en el respaldo de la silla y ella toma lugar al otro lado, quedando Diego frente a mí.
—¿Y hace mucho qué se conocen? —pregunto casual tratando de saber más de ellos y por qué Dakie lo mantuvo en secreto.
—Sí, bueno, no tanto —responde Diego por mi amiga—. Hace como cinco meses.
—Ah…
Es todo lo que logro decir antes de darle un sorbo a mi cerveza. En realidad, todo es completamente incómodo, así que dejaré que esta vez Dakota lleve la conversación… o Diego.
—Perdona que no te avisara antes, pero es que —ella señala a su novio—. Diego está de cumpleaños y ya habíamos quedado en vernos para cenar. Cuando le mandé mensaje de que vendría contigo y casualmente ellos ya tenían acá un par de horas, así que se me hizo fácil invitarles, espero no te incomode.
—Ah, mira, ¡Muchas felicidades! Qué coincidencia…
—Sí que lo es —murmura Milo por lo bajo.
Nadie le escucha, pero yo sí y no tengo la menor idea de a que se refiere.
—¡A que sí! —Dakota emana felicidad—. Si lo hubiésemos planeado no hubiese salido tal cosa.
—Tienes razón, amor. —El novio le hace un cariño en la nariz pecosa de mi amiga.
—Bien, ya tengo hambre —dice Milo a la vez que hace una seña al mesero—. Nos puede traer las cartas, por favor.
El mesero por arte de magia asiente a la vez que se las pasa. Todos comienza a leerlas mientras que yo me mastico uno de los deliciosos chiles rellenos.
—¿Gustan? —pregunto con la boca llena, pero tratando de que no se note.
—Yo paso —responde el novio de mi amiga.
—Yo sí quiero —dice ella a la vez que toma uno.
—¿Puedo? —pregunta Milo.
—Claro, adelante.
Le paso el plato para que tome uno y me doy cuenta de que no es timidez lo que tiene, es inseguridad. No me sostiene la mirada y la agacha cuando trato de hacer contacto visual. Seguramente es normal luego de todo por lo que ha pasado. Además, está el hecho de que no había dicho palabra alguna con tono normal hasta que dijo que tenía hambre.
Tomo una de las cartas para verla, estoy entre un molcajete o un ceviche de sierra. El par de tortolitos enmelados revisan la carta para ver lo que van a pedir, seguro quieren algo diferente para comer del plato de otro. Yo y mi eterna indecisión no terminamos de elegir cuando llaman de nuevo a mesero.
