La amante secreta del paciente viudo

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Capítulo 7 Milo – Trampa de Diego

Levanto la cabeza para mirar que trae en una mano un bloqueador solar y en otra un par de sombreros.

—¿Qué mierdas significa eso, Diego? —él nota la molestia en mi voz, pero ni se inmuta.

—Solo puede significar una cosa, día libre —hace un bailecito al mero estilo de Van Damme en Kickboxer—. Además, hoy es mi cumpleaños y me lo merezco.

Eso es golpe bajo. Me siento un poco culpable por haberlo olvidado, en estos días no tengo cabeza para otra cosa que no sea trabajo y el recuerdo de Ari.

—De acuerdo, eres libre de irte.

Soy lo más cortante que puedo y ni así detiene su alegría.

—Ok, me iré, no obstante, tú vienes conmigo —abre la puerta y me invita a salir—. ¿Podrías tomarlo como un regalo de cumpleaños extra para mí?

—Te estoy dando el día libre, ese es tu regalo de cumpleaños —entrecierro los ojos. Con él no se puede.

—No, tú me das el día libre porque me lo merezco —tiene razón—. Así que mi regalo sería que salieras conmigo.

Froto mi cara con ambas manos en señal de rendición porque sé que si no voy con él me estará jodiendo todo el día, toda la semana, mes y quizás toda la vida.

—De acuerdo, tú ganas —me levanto a la vez que guardo el portátil en la mochila.

—Deja ese portátil, nada de trabajo por hoy.

Sale sin decir nada más y se dirige a uno de los otros supervisores de la tienda, imagino que para dejarle algunas instrucciones. No le hago caso y termino de guardar algunos documentos en la mochila. Salgo de la oficina y le digo a Amy que me mande por correo todos los pendientes. Firmo algunos cheques para depositar y alcanzo a Diego que está despidiéndose de todo mundo como si fuera a volver.

—Hasta mañana, chicos —alza los brazos y comienza a lanzarles besos a todos, tanto clientela como empleados—. No lloren por mí, mañana regreso.

La gente del lugar se despide de él con el mismo entusiasmo con el que les habla. Yo nunca podría causar ese tipo de reacción en las personas. Soy un muerto en vida.

Ni siquiera sé por qué se esfuerza en hacerme salir de mi zona de confort… es un maldito grano en el trasero.

—Venga Diego, ¿podrías apresurarte? No tenemos todo el día para que te despidas.

Camino directo a mi camioneta y me subo. Él me sigue detrás con una bolsa cargada de solo, Dios sabe que cosas. Cuando se sube, saca su teléfono y pone música, me pongo en marcha mientras que mi querido acompañante comienza a sacar todas las cosas de la bolsa.

—¿Qué tanta mierda traes ahí, Diego? —Salgo del estacionamiento y tomo la avenida principal.

—Unas bermudas, sandalias, toallas, bloqueador, sombreros… —dejo de oírlo.

Él sigue murmurando un sinfín de cosas por hacer, pero que en realidad a mí no me llaman en absoluto la atención. Es un vacío el que siento que no importa lo que diga, lo que haga o lo que piense, todo lo hago como en modo automático.

Al final Diego se rinde por un breve instante y noto que se queda mirando por la ventana, realmente él no tiene por qué pagar el que yo me sienta o comporte. Él no tiene la culpa.

—¿Qué vas a querer almorzar? —hago el esfuerzo por no cagarla, y parecer normal—. Yo aún no desayuno —miento.

Me mira de reojo y me ignora.

—Ok, si no quieres hablar es mejor que volvamos a la oficina.

Le doy un ultimátum a pesar de que soy yo el que se comporta como el peor amigo.

—Ya, vale. Tampoco he desayunado, vamos aquí cerca —señala la siguiente calle—. Dobla a la derecha y avanza dos calles más. Hay una señora que tiene un puesto de tacos, riquísimos.

Se chupa los dedos como si ya los estuviera saboreando.

—Sabes —intento verlo mientras conduzco, pero está jugando alguna mierda en el celular—, a veces pienso que eres un adolescente de catorce años en vez de un hombre adulto de veintiocho, enamorado de la comida mexicana.

—Quizás…

Avanzo por las calles y me estaciono frente al famoso puesto.

Ya no decimos nada y bajamos a comer. El lugar es limpio y la carreta de tacos está fuera, pero frente a ella está el local con mesas y sillas para los comensales.

Decorado con un ambiente rústico y campesino que te trasladan a cualquier casa de campo que te puedas imaginar. Nos sentamos en una de las mesas desocupadas y esperamos a que nos tomen la orden. Diego, una vez más, es esclavizado por el móvil y no lo deja.

—Deberías de guardar eso —señalo el cacharro sofisticado—. Mejor dime a donde iremos.

—¿Cómo que a dónde? —Me mira confundido—. Es claro que no oíste una sola palabra de lo que te dije cuando nos subimos a la camioneta.

—Me descubriste… pero podrías repetírmelo. —Le hago morritos—. Por favor.

—Vale, te digo.

Está por contarme cuando se acerca una señora a tomarnos la orden.

—Yo voy a querer una orden de tacos al pastor y una Coca Cola. Por favor.

Es claro que Diego ha venido antes porque ni se inmuta en preguntar de qué son los tacos.

—A mí me trae lo mismo.

Tengo hambre. La señora se retira y él vuelve a decirme los planes que tan cuidadosamente organizó.

Después de almorzar, salgo de la ciudad y tomo la carretera a la playa. No se tarda mucho en llegar, pero el entusiasmo de mi amigo me agobia. Simplemente, me esfuerzo por parecer feliz, aunque no lo sea, me repito una y otra vez que él no se merece que le arruine el día, por eso me esfuerzo. Me esfuerzo por estar alegre… aun así, no puedo.

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