Capítulo 6 Milo – De vuelta
Los rizos oscuros de Ariana caen sobre la almohada blanca de nuestra cama. Yace recostada, durmiendo mientras sus pestañas oscuras reposan sobre sus pupilas, levanto mi mano para apartarle un mechón de cabello que estorba la apreciación que tengo de su hermoso rostro, y lo coloco detrás de su oreja. Paso mis dedos por su mejilla y recorro con delicadeza el perfilado de su mandíbula. Ella despierta, se remueve por la sensación de mi mano y de poco comienza a abrir los ojos. No encuentro el brillo en su mirada, ni el color, ni la sensación de vida en ellos, salvo un par de cuencas vacías que me sobresaltan y me hacen revivir el dolor.
Despierto del maldito sueño agridulce, solo para darme cuenta de que mi realidad es más amarga que aquella que mientras duermo se revela en mi subconsciente. De vuelta a la vida de carne y hueso observo la habitación incólume, cada cosa en su lugar, sin rastros de polvo o vestigios de que alguien viva aquí.
Es como si toda la casa estuviera completamente lista para ser mostrada a un comprador, cosa que si me tienta… en parte. Pero, por otro lado, no podría apartarme del único sitio que parece ese nido de recuerdos, que aunque me atormentan, a veces me dan la paz que necesito para sosegar la desesperación y la necesidad de hacer algo contra mí mismo.
Según el psiquiatra que me atiende, necesito estar rodeado de actividades que no me permitan quedarme eclipsado en la autocompasión y el sufrimiento. Lo que me ha llevado a obtener un nuevo ciclo obsesivo-compulsivo en mi vida, mantener la casa impoluta es como un pasatiempo para mi cabeza. Pienso, luego limpio…
Pasaron cinco meses desde la primera y última vez que intenté suicidarme. Hace siete meses que ella, el amor de mi vida, falleció. Desde que salí del hospital tengo a los de un grupo de apoyo saturándome el móvil con mensajes de texto. Quieren que me una a su pequeño club como si eso fuera a ser la solución a todos mis problemas, y aunque el Doctor Kent insiste… no quiero.
Me desperezo del largo sueño y reviso el móvil de vieja tecnología, pero que al menos me sirve para llamadas y SMS. Como lo sospeché, tengo dos mensajes invitándome a asistir hoy por la tarde al grupo de apoyo. Uno es de Kent y otro es del líder de «Nuevos comienzos» el lugar al que me quieren arrastrar. Los ignoro.
Camino hasta la cocina y comienzo mi día con el ritual de siempre, preparándome un café negro y un sándwich con doble jamón. Junto a la cafetera, la foto de Ariana reposa adornando el escueto sitio. Saco todo del refrigerador y lo pongo sobre el desayunador, me siento en un taburete y comienzo a preparar todo. Justo cuando termino de hacer el emparedado, el café está listo.
Desayuno en silencio, uno que ensordece y molesta. Puedo oír cada mordida que doy al desayuno y es incluso incómodo para mí. Me permito pensar en ella, en el día que tomé esa foto. Estaba nublado por las recientes lluvias y fuera hacía frío, el viento otoñal había hecho de las suyas y miles de hojas amarillentas cubrían el suelo de cualquier punto en donde miraba.
Ese día, en la mañana, el médico nos habló para pedirnos que fuéramos de inmediato con él. El diagnóstico que nos dio era irreversible e incurable, yo me sentí morir en ese momento, ella tenía esperanzas. No dijo nada sobre el hecho inevitable que ella iba a morir, no, todo lo contrario. Al salir de ahí actuó tan normal, me pidió que la llevara a desayunar, lo hice. Luego me pidió que fuéramos por un helado, lo hice. Ella pidió de arándanos, yo pedí de queso con moras.
Después me pidió que fuéramos a hacer las compras de la alacena, fuimos. Ella actuaba como si no nos hubieran dado la segunda peor noticia, no, la primera. Si llegué a pensar una vez que la peor noticia era que nunca pudiéramos tener hijos, esta lo supera por mucho. Hubiera preferido toda una vida sin hijos, pero con ella.
Ya hechas las compras me pidió que fuéramos a comer alitas, yo le dije que eso no era alimento, sino una deliciosa botana. Todo el camino a «Hot Alitas» discutimos sobre si era un alimento o una botana. Al llegar ahí nos sentamos en la misma mesa de siempre y comimos hasta hartarnos. Ella quedó llena, yo también.
De camino a casa pasamos por un parque tapizado por los restos del otoño, me pidió parar y yo solo podía obedecer a todo lo que ella me dijera, era como su fiel eunuco siguiéndola a todos lados esperando el momento para servirla, porque ella era mi reina. Me llevó hasta los juegos y me arrastró con ella hasta que me convenció de jugar, y de subirme a un columpio. Ella reía mucho, yo no.
En un momento de cansancio por el ir y venir del día fue y se tumbó junto a un árbol, admirando el cielo, mientras las hojas caían parsimoniosas hasta adornar sus cabellos. La imagen era perfecta, yo únicamente quise robarle ese momento al presente y tratar de encuadrarlo para capturarlo en la eternidad.
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De vuelta al trabajo todo ha sido un suplicio, las miradas cargadas de lástima, los murmullos cuando me ven pasar y piensan que no me doy cuenta. Aun las miradas que no me dan cuando que bajan la cabeza por no saber cómo reaccionar. Todo ha pasado de ser incómodo a vergonzoso, no solamente por el hecho de saber que mi esposa falleció, sino que yo mismo intenté terminar con mi vida. Realmente las personas no están preparadas para saber cómo actuar ante estas situaciones.
Yo mismo no sabía qué hacer cuando volví al mes de que Kent me dio de alta. El saber que debía volver, más por voluntad propia que por obligación, me era difícil no solo por no saber cómo se la tomarían mis empleados, sino porque sabía quería que seguir adelante sin ella y no sabía cómo hacerlo; bueno, aún sigo sin saberlo.
Me estaciono en el lugar de siempre, fundé esta compañía cuando apenas tenía veinte años. Muchos me tildaron de loco, pero sabía lo que quería hacer y lo hice. Es una empresa pequeña de refacciones, autopartes y servicio automotriz en constante crecimiento, ni siquiera eso me motivó en su momento para detenerme, en realidad nunca pensé en eso.
El trayecto de la entrada a mi oficina es un suplicio y solo trato de ignorarlos, todos reaccionan ante mi apatía por saludar, excepto Diego.
—Hola, Milo —me da una palmada en la espalda—. ¿Ya viste que el día está como para irnos a la playa?
Camina por delante de mí nada más para entrar antes a mi despacho y abrir las ventanas.
—Sí, ya veo que es un día soleado —digo cortante—. ¿Tienes el corte de caja de anoche?
Intento cambiar la conversación. No lo logro.
—Sí —responde con una sonrisa estúpida en su cara—, y también tengo esto para ti.
