La amante secreta del paciente viudo

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Capítulo 4 Maya – Mi paciente

Los días más largos de mi existencia son cuando me piden que haga horas extras… después claro de mi turno de cuarenta y ocho horas. Me voy a una de las salas de estancia para el personal y me recuesto sobre uno de los sillones de fondo. En cuanto me recuesto el sueño me engulle y me abrazo de los encantos de mi dulce Morfeo.

—Por favor no la despiertes —murmura Linda a otra persona.

—Tengo que hacerlo, ella pidió que le avisáramos si el paciente despertaba —responde Camille con firmeza.

—No tiene dormida ni medía hora, deja que descanse —Linda puede ser muy terca, pero sé que Camille también.

—Chicas, las puedo oír —les contesto sin abrir los ojos— díganme que ha pasado.

Mi voz modorra delata mi cansancio. Abro solo un ojo y las encuentro sentadas frente a mí en la mesita del café.

—Pobre mesa… —menciono divertida—, si no van a decir nada, déjenme dormir.

—El paciente ya despertó, Maya.

La voz de Camille suena preocupada, eso no está bien. Me levanto de una, incorporándome para levantarme, pero la voz de Linda me frena en seco.

—Espere, lo hemos sedado de nuevo —por su reacción es claro que no quería decírmelo ella.

—Les pedí tácitamente que en cuanto se despertara me lo hicieran saber —el enojo aflora en mí cuando alguien más se mete con mis pacientes, y esta vez no es la excepción—. ¿Quién les pidió que lo sedaran de nuevo? Y lo más importante, ¿por qué?

Linda hizo el intento de querer hablar, pero no lo logró, mejor le cedió la palabra a Camille.

—El paciente comenzó a gritar, estaba confundido y estresado. Claramente, no sabía dónde se encontraba o, mejor dicho, no estaba muy feliz de saber “donde estaba” —hizo una pausa para señalar su alrededor¬—. El doctor Greyson iba despertando de su descanso cuando lo escucho muy alterado, fue él quien pidió que lo sedáramos.

—Ok, ¿cuánto tiempo estará así? —inquiero.

—Al menos dos horas más —informa Linda con preocupación en sus ojos.

—Ahora bien, ¿Qué más ha pasado mientras yo dormía? —termino esto último con un bostezo que las contagia y me imitan.

—Greyson ha pedido la presencia del psiquiatra para una evaluación. Estará aquí a primera hora.

La voz de Camille es un poco chillona, pero siempre es muy amable, sabe ganarse la confianza de los pacientes y habitualmente logra causarles una gran sonrisa aun cuando les esté pinchando una vena para extraerles sangre. En cambio, Linda es la personificación de melancolía, ella suele ser más reservada, no obstante, todos sabemos que tiene un gran corazón. Si no fuera enfermera, seguro sería una gran poeta, escribe unos versos preciosos.

—De acuerdo, chicas. Todo bien entonces, ahora si espero que me llamen en cuanto despierte —las señalo a ambas con el dedo para enfatizar—. Nada de que está dormida, descansaré un poco más por el momento. Si surge cualquier cosa me despiertan antes.

Me recuesto en el sillón de nuevo y pongo mi brazo sobre mis ojos, las chicas lanzan comentarios en respuesta a lo que les he pedido, pero ya no les hago caso, simplemente dejo que la marea del sueño me lleve hasta lo más profundo y me permita retomar fuerzas.

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Desperté antes que cualquiera del equipo viniera a hacerlo, algo muy dentro de mí me inquietaba y no me dejaba dormir tranquilamente. Por lo general, cuando me tomo un descanso caigo rendida como piedra. Hoy no. No pude ni siquiera dormir una hora completa, sin embargo, lo poco que dormí me basta para recargar energía y terminar los turnos.

Camino al tiempo que me estiro para quitarme lo entumecido, me dirijo por inercia a la isla de enfermeras y busco mi bitácora de pacientes. El hospital está lleno por causa de las bajas temperaturas invernales, además de todos los casos de gripe que recibimos; tomo la carpeta y avanzo tranquilamente por el corredor que me lleva a la sala de urgencias.

«Doctora Hart se solicita en el área de observación», el sonido de los altavoces rellena el pasillo y nada más oír hace que me dirija de inmediato al lugar donde me solicitan.

No puedo describir de forma alguna la ansiedad que siento por saber el estado de uno de mis pacientes. Saber que estuvo a punto de morir dos veces y que la segunda vez estuvimos a nada de perderlo, me hace rememorar una parte de mi vida que en verdad no deseo revivir. Por ello me he prometido a mí misma no involucrarme personalmente más de la cuenta.

Entro a la sala de observación y encuentro al paciente aún dormido, sin embargo, hay cierta concurrencia a su alrededor. El psiquiatra, el doctor Greyson, Camille y Linda. Todos se giran a verme en cuanto notan mi presencia.

—Doctora Hart —saluda Greyson bajando el historial del paciente—, es un gusto que por fin se nos una.

—Greyson, chicas —regreso el saludo sin mencionar al psiquiatra, ya que no le conozco—, Psiquiatra. Disculpen la tardanza, no sabía que había alguna cita para reunirnos.

Camille y Linda ríen por lo bajo al notar mi humor negro. A Greyson y al psiquiatra no les parece mi comentario, pues pensaban que me rendiría a sus pies. El psiquiatra, tengo entendido, es nuevo y ya muchos se rinden a sus “encantos”. La verdad yo no sé qué hace aquí, es relativamente muy joven para haber obtenido el puesto más alto en el área de psiquiatría, aunque todos sabemos que es por su relación de yerno con su suegro que es el director del hospital.

Le doy un rápido vistazo y compruebo los murmullos del personal, es un nerd lelo con corbatín y chaleco de abuelito.

Por otro lado, está Greyson, el insufrible médico internista de treinta y tantos… Su nivel de experiencia en el ramo médico es equivalentemente proporcional a su falta de empatía para con sus compañeros y sus pacientes. Digamos que es como una alcantarilla, un mal necesario. Además de su ineficacia para elegir adecuadamente una camisa que convine con sus pantalones, el doctor Greyson es poseedor de una de las sonrisas más coquetas —según las enfermeras y pacientes—, de todo el lugar. Yo no lo creo así.

—No hay problema —señala el psiquiatra—, también voy llegando. Me presento, soy William Kent.

El nombre lo reconozco al instante que sale de sus labios y de inmediato me cae bien. También me rindo a sus encantos…

—William Kent —recalco—. Como el escritor.

Afirmo, no pregunto, ya que estoy cien por ciento segura de ello.

—Le conoce. Ya veo —sonríe—, soy un predilecto lector de toda su obra.

Quiero confirmar que yo también, pero Greyson nos interrumpe.

—Basta de plática, estamos aquí por algo más importante —señala al paciente en la camilla que está con sueros y monitores conectados—. ¿Sería usted tan amable de decirnos que encontró, Doctor Kent?

Kent se siente un poco avergonzado, aun así, de inmediato se recompone, yo por mi lado lo ignoro y tomo la carpeta del paciente y reviso todo el historial desde que fue ingresado para chequear sus signos y las anotaciones de las enfermeras.

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