Capítulo 7 Dudas
El mundo se detiene a mí alrededor.
No puede ser. Mis ojos se abren de par en par.
El puñetero Kairos Marković.
El aire se me queda atrapado en los pulmones.
Retrocedo de golpe, el arma temblando en mis manos.
«No, no, no.»
Le acabo de diaparar. ¡Qué no es tiempo, joder! Antes de que pueda reaccionar su cuerpo se desploma inconsciente. El pánico me atraviesa como una descarga eléctrica.
Durante un segundo me quedo paralizada, con el arma todavía extendida y el pulso desbocado, incapaz de procesar lo que acaba de ocurrir. Luego todo sucede a la vez: el peso de Kairos cae en mi pecho, su respiración irregular contra mi cuello, el calor húmedo que empieza a empapar mis manos.
—No… no, no, no… —murmuro, dejando caer el arma al suelo mientras lo sujeto como puedo.
Lo tumbo con cuidado sobre la hierba y aparto la tela de su uniforme. La luz tenue de la luna apenas me deja ver, pero es suficiente para distinguir la mancha oscura que se extiende bajo el chaleco antibalas. Mis dedos tiemblan cuando lo desabrocho con torpeza, luchando contra la urgencia y el miedo que me aprietan el pecho.
Cuando por fin consigo retirarlo, el alivio me golpea con la misma intensidad que el pánico.
La bala no ha atravesado por completo.
El chaleco ha absorbido parte del impacto, pero no lo suficiente. La piel está quemada, abierta en un lateral, y la sangre brota con insistencia, cálida y espesa entre mis dedos. Bien, este degenerado no se va a ir de este mundo así de rositas. Primero lo mato en vida.
—Joder… —susurro, tragando saliva.
Arranco un trozo de mi camiseta sin pensarlo dos veces y presiono la herida con firmeza. Él no responde. Ni una queja, ni un gesto. Solo esa respiración débil que me mantiene al borde del colapso.
No puedo dejarlo aquí, ni permitir que lo encuentren así. Ni a él… ni a mí con él.
Aprieto los dientes y paso su brazo por encima de mis hombros, incorporándolo como puedo. El peso me desequilibra, pero consigo mantenerme en pie. Luego recojo ambas mochilas y, tras un instante de duda, localizo una vieja camilla plegable —una “penca”, como las llamábamos en los entrenamientos— medio oculta entre la maleza.
La despliego a toda prisa y lo coloco encima con un esfuerzo que me hace ver estrellas.
—No te mueras ahora… —gruño entre dientes mientras empiezo a arrastrarlo—. No se te ocurra.
La noche se cierra sobre mí como una trampa. El bosque es un laberinto de sombras, y cada crujido me pone en alerta. Camino lo más rápido que puedo, guiándome por la memoria y el instinto, pero a medida que avanzo me doy cuenta de que algo no encaja.
El ambiente está demasiado silencioso y oscuro.
«Creo que he tomado el camino equivocado.»
—Genial, Ira… —resoplo, sin detenerme—. Perfecto.
No puedo volver atrás. No con él así. Sigo avanzando hasta que, entre los árboles, aparece una estructura de madera. Una de las cabañas de emergencia del campo. Marek mencionó que existían para situaciones límite.
Esto cuenta como una.
Empujo la puerta con el hombro y entro sin perder tiempo. El interior es austero, pero suficiente: una camilla, una mesa, un pequeño armario metálico.
Un botiquín.
Dejo a Kairos sobre la superficie con cuidado y me obligo a respirar hondo antes de empezar. Mis manos ya no tiemblan tanto. El entrenamiento toma el control.
Limpio la herida. Retiro la sangre. Evalúo daños.
La quemadura es fea, pero no letal.
—Has tenido suerte… —murmuro mientras preparo las gasas—. Mucha más de la que mereces.
Le quito la parte superior del uniforme y lo dejo con el torso desnudo. La piel está caliente bajo mis dedos, tensa, cubierta de sudor y polvo. Evito pensar en ello.
Evito pensar en él.
Mi propia ropa está empapada, así que termino quedándome en sujetador mientras trabajo. No tengo otra opción. Necesito libertad de movimiento y tela limpia para improvisar vendas.
El silencio de la cabaña solo se rompe por el chisporroteo del fuego que acabo de encender. La luz anaranjada dibuja sombras sobre su cuerpo, marcando cada músculo, cada línea.
Aparto la mirada.
No es momento.
Preparo la jeringa con el antibiótico, concentrada en cada movimiento. Cuando me inclino sobre él para inyectarlo, su mano se cierra de repente alrededor de mi muñeca.
Firme.
Inapelable.
Un jadeo se me escapa antes de poder evitarlo.
—¿Qué…? —empiezo, pero no termino la frase.
Porque en un solo movimiento me arrastra hacia abajo.
Mi visión se torna tambaleante. Mi espalda golpea la madera y, cuando consigo enfocar, él está encima de mí.
Sus ojos están abiertos, con ese azul helado bien despierto.
—Estás acabada, Nikopoulos… —su voz es baja, ronca, pero cargada de una claridad que me hiela la sangre—. Ahora sí estás en mis manos.
Mi corazón se detiene.
No por el miedo.
Sino por lo que implica que haya dicho mi nombre completo.
—No tienes ni idea del lío en el que te has metido —continúa, inclinándose lo justo para que su aliento roce mi boca—. Todo el mundo debe de estar buscándome… y cuando me encuentren contigo, te juzgarán como lo que eres —sus dedos aprietan mi muñeca un poco más—. Una traidora, una infiltrada que ha venido a matarme.
El aire se me atasca en la garganta, porque esa es la verdad... aunque todavía no es tiempo. ¡Apenas comienzo! Por mi estupidez puedo haber echado a perder mis planes y los de Marek.
—Joder… —susurro, clavando la mirada en la suya—. Esto no puede estar pasando…
Su expresión cambia apenas. No es duda ni confusión, sino algo peor: interés.
—Eso mismo estoy pensando yo —responde, sin apartarse—. Así que más te vale empezar a hablar… si quieres salir de esta con vida y enterita.
