Hilos de conveniencias.

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Capítulo 6 EL HILO DEL CELO

El taller nocturno de la universidad era un refugio de olor a tiza, café cargado y el zumbido constante de las máquinas de coser. Para Lorena, estar allí era recuperar el oxígeno. Sin embargo, ahora no era solo una estudiante más; era la mujer cuya foto en la ópera había inundado las redes sociales.

—Ese drapeado es una genialidad, pero le falta estructura en la caída —dijo una voz masculina a sus espaldas.

Lorena se giró para encontrarse con Julián, un joven profesor asistente y diseñador emergente, conocido por su estilo bohemio y su ojo crítico. Julián no se dejaba impresionar por los apellidos, y fue el único que la trató como a una igual desde que regresó.

—Es seda salvaje, Julián. Si le pongo más estructura, perderá el movimiento que busco —respondió Lorena, defendiendo su pieza con una sonrisa.

—Pruébalo conmigo —dijo él, acercándose para ayudarla a sostener la tela sobre el maniquí. Sus manos se rozaron brevemente, un contacto casual y profesional, pero cargado de la camaradería que Lorena tanto extrañaba.

Desde la puerta del taller, envuelto en las sombras del pasillo, alguien observaba.

Leonardo no había planeado entrar. Su intención era simplemente verificar que sus hombres de seguridad estuvieran en sus puestos, pero la curiosidad —o algo más oscuro y punzante— lo había empujado hacia el interior del edificio.

Ver a Lorena bajo la luz fluorescente, con el cabello recogido en un moño desordenado y una cinta métrica alrededor del cuello, lo dejó sin aliento. Se veía más hermosa allí, rodeada de retales, que con los diamantes de la otra noche. Pero verla reír con Julián, un hombre joven que hablaba su mismo lenguaje creativo, hizo que una rabia fría le recorriera las venas.

—El coche lleva diez minutos esperando —la voz de Leonardo cortó el ambiente del taller como un látigo.

Lorena y Julián se sobresaltaron. Julián dio un paso atrás, reconociendo de inmediato al magnate. La diferencia entre ambos no podía ser más abismal: Julián con su ropa manchada de tinta y Leonardo con un traje de tres piezas que costaba más que toda la maquinaria del salón.

—Aún no termino, Leonardo. Faltan veinte minutos para que acabe la sesión —dijo Lorena, tratando de mantener la calma.

—Se terminó ahora —sentenció él, caminando hacia ellos con una presencia que parecía encoger las paredes—. Mañana tengo una reunión en otra ciudad y necesito que revisemos la agenda de la fundación. Muévete.

Lorena sintió la humillación quemándole las mejillas. Se despidió de Julián con una mirada de disculpa y recogió sus cosas en silencio.

En cuanto la puerta del coche blindado se cerró, Lorena estalló.

—¿Qué fue eso, Leonardo? Me diste tu palabra. ¡Me trataste como a una niña que necesita que su padre la recoja del colegio!

—Ese tipo te estaba tocando —dijo él, mirando por la ventana, con la mandíbula tan apretada que parecía que iba a romperse.

—¡Me estaba ayudando con un drapeado! Se llama trabajo en equipo, algo que tú no entiendes porque solo sabes dar órdenes —Lorena se cruzó de brazos, indignada—. No me digas que el gran Leonardo Mendoza está celoso de un profesor asistente.

Leonardo se giró hacia ella con una rapidez que la asustó. Se acercó tanto que Lorena pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo, el deseo de él era besarla, pero su orgullo era mas grande.

—No son celos, Lorena. Es control de daños. Si alguien toma una foto de la "feliz señora Mendoza" en una situación comprometedora con un estudiante muerto de hambre, mi herencia se va al traste. Y no voy a permitir que tu necesidad de atención arruine mi contrato.

—¿Atención? —Lorena rió con amargura—. Lo único que quiero es ser alguien por mí misma. Pero tú estás tan acostumbrado a comprarlo todo, que te aterra que yo tenga algo que no puedes controlar: mi talento y mi vida fuera de esa mansión.

—Tú eres mi esposa ante el mundo —gruñó él, acortando la distancia hasta que sus labios estaban a milímetros de los de ella—. Y mientras ese anillo esté en tu dedo, no quiero a ningún otro hombre a menos de un metro de ti. ¿Fui claro?

La tensión en el coche era asfixiante. Lorena no bajó la mirada. El desafío en sus ojos castaños provocaba en Leonardo un impulso primitivo de besarla de nuevo, de borrar la imagen de Julián de su mente. Pero en lugar de eso, se apartó bruscamente.

—Mañana salimos a las seis. No llegues tarde.

Lorena se quedó mirando su anillo bajo la luz de las farolas. El año de contrato apenas empezaba a mostrar sus verdaderas garras. Leonardo no solo quería su apellido; empezaba a querer su exclusividad total, aunque él mismo se negara a admitir que lo que sentía no tenía nada que ver con el dinero de su padre.

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