Hilos de conveniencias.

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Capítulo 4 RETALES DE AMENAZA Y SUEÑOS EN PAUSA

La primera mañana como "la señora Mendoza" no tuvo nada de idílica. Lorena se despertó en la inmensa cama de la suite principal, sintiendo el vacío del lado izquierdo. Leonardo ya no estaba. El aroma de su perfume —ese sándalo que ahora asociaba con el beso profundo de la catedral— flotaba en el aire como un recordatorio de que su vida ya no le pertenecía.

Se levantó y se dirigió a la pequeña mesa de noche donde Leonardo había dejado el sobre misterioso. Sus dedos temblaron al abrirlo. Dentro no había una carta, sino una fotografía vieja y desgastada de su madre, Alicia, junto a un recorte de periódico sobre una deuda de casino que Ricardo nunca mencionó. Al dorso, una nota escrita con una caligrafía agresiva:

"El apellido Moncada es de oro, pero la sangre se paga con sangre. Tu marido compró la libertad de tu padre, pero no el respeto de quienes él estafó. Estaremos observando cada hilo de tu nueva vida."

El aire se escapó de los pulmones de Lorena. No era solo una amenaza de dinero; era un recordatorio de que su padre la había arrojado a un foso de lobos antes de entregarla a Leonardo.

Bajó al comedor principal, una estancia de techos altos y mármol frío donde Leonardo revisaba su tablet mientras tomaba un café negro. Al verla entrar, él no se levantó, pero sus ojos se detuvieron en ella un segundo más de lo necesario.

—Esa nota... —comenzó ella, dejando el sobre sobre la mesa.

Leonardo ni siquiera parpadeó. —Ya me encargué de reforzar la seguridad en el campus. Mis hombres saben quiénes son. No te pasará nada mientras estés bajo mi protección —dijo, cerrando su tablet con un golpe seco—. Pero eso significa que tus horarios serán estrictos. Irás a la universidad, sí, pero el chófer te dejará en la puerta y te recogerá en cuanto termine la última clase. Nada de cafeterías, nada de bibliotecas externas.

—¿Me vas a tener como una prisionera de lujo? —Lorena sintió que la rabia superaba al miedo—. Leonardo, hoy tengo la entrega del proyecto de semiótica del traje. Es fundamental para mi carrera como diseñadora.

Leonardo se levantó, rodeando la mesa hasta quedar frente a ella. Su cercanía volvió a encender esa chispa eléctrica del día anterior, pero esta vez estaba cargada de tensión profesional.

—Tu "carrera" ahora es ser mi esposa. El mundo tiene que ver a una mujer dedicada a su hogar y a sus obras de caridad durante este año. Si quieres jugar a las telas, hazlo en el taller que he mandado instalar en la tercera planta. Tienes las mejores máquinas, las mejores telas de Italia y todo lo que necesites. Pero lo harás aquí.

—¡No es un juego! —estalló Lorena—. Quiero ser una de las mejores diseñadoras del mundo, y para eso necesito formación, no solo máquinas caras. No puedes comprar mi talento para guardarlo bajo llave.

La discusión fue interrumpida por el sonido del timbre. Era un mensajero con una invitación de gala para la próxima semana: la apertura de la temporada de ópera.

Leonardo suspiró y miró a Lorena. Vio en sus ojos una determinación que le recordó a sí mismo cuando empezó a construir su imperio. —Hagamos un trato, Lorena. Ya que te gusta tanto el diseño, tú misma harás el vestido para la ópera. Si logras que la crítica te elogie sin que nadie sospeche que eres "una estudiante", te dejaré asistir a tres talleres nocturnos a la semana en la universidad.

Lorena lo miró, incrédula. Era una apuesta arriesgada. Si fallaba, su imagen como "esposa de sociedad" quedaría en ridículo ante el círculo de Leonardo. Pero si ganaba... ganaba un poco de su propia identidad.

—Acepto —dijo ella con firmeza—. Pero bajo una condición: tú llevarás una corbata diseñada por mí. Si vamos a ser la pareja perfecta, que sea bajo mis términos estéticos.

Leonardo arqueó una ceja, una pequeña sonrisa cínica asomando en sus labios. —Trato hecho. Ahora prepárate. El chófer te espera para ir a clase. Y Lorena... no olvides la foto de tu madre. Esa gente no bromea, y yo no estaré siempre para sostenerte la mano.

Lorena salió de la mansión sintiendo que el año que tenía por delante sería una batalla constante entre las sombras de su padre, las exigencias de Leonardo y sus propios sueños. Mientras el coche blindado la alejaba de la mansión, ella sacó su cuaderno de bocetos.

Empezó a dibujar un vestido que no parecía una jaula, sino una armadura. No sabía si amaría a Leonardo al final de esos doce meses, pero estaba segura de que él terminaría respetando el nombre que ahora compartían.

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