Capítulo 3 LA JAULA DE CRISTAL Y ORO
El amanecer del día de la boda no trajo luz, sino una bruma gris que envolvía la ciudad. Para Lorena, ese clima era el reflejo exacto de su interior. Mientras las estilistas aplicaban capas de maquillaje para ocultar su palidez, las palabras del abogado de los Mendoza resonaban en su cabeza como una sentencia: “Un año, señora Mendoza. Trescientos sesenta y cinco días bajo el mismo techo, compartiendo vida social, viajes y alcoba. Si hay un solo indicio de separación o de que el matrimonio es una simulación, la herencia se desvanece”.
Leonardo no solo necesitaba su apellido; necesitaba su presencia constante. Él no podía simplemente casarse y enviarla a una casa de campo. El viejo Mendoza se había asegurado de que su hijo tuviera que "sentar cabeza" de verdad, o al menos fingirlo con tal maestría que nadie pudiera dudarlo.
—Estás lista —anunció la peinadora, retirándose para dejar que Lorena se viera de cuerpo completo.
El vestido francés era una obra maestra de encaje y seda, pero Lorena sentía que pesaba cien kilos. Bajo las capas de tul, tal como Leonardo había permitido, ella había cosido el pequeño retazo de tela que ella misma había diseñado. Era su secreto, su pequeña rebelión silenciosa contra el hombre que la esperaba en el altar.
La catedral estaba a rebosar. La alta sociedad, esa que tanto despreciaba a los "nuevos ricos" pero que adoraba el apellido Moncada, llenaba los bancos con sus trajes de diseñador y sus sonrisas de plástico.
Cuando las puertas se abrieron y Lorena comenzó a caminar, el silencio fue absoluto. Al final del pasillo, Leonardo Mendoza la esperaba. Vestía un esmoquin negro impecable. Su rostro era una máscara de mármol, pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, Lorena vio un destello de algo que no supo identificar: ¿era victoria, o era la misma sensación de encierro que ella sentía?.
Ricardo Moncada, con una mano que aún temblaba por la abstinencia de la mañana, entregó a su hija. —Cuídala, Leonardo —susurró el hombre, aunque todos sabían que lo que realmente decía era: “Gracias por el dinero”.
La ceremonia fue un borrón de palabras en latín y promesas vacías. Cuando llegó el momento de los votos, la voz de Leonardo fue profunda y clara, sin un solo titubeo. —Yo, Leonardo, te tomo a ti, Lorena, como mi esposa... para amarte y respetarte todos los días de mi vida.
Lorena sintió un nudo en la garganta. La mentira era tan perfecta que dolía. —Yo, Lorena, te tomo a ti... —repitió ella, sintiendo que el aire se le escapaba.
Cuando él deslizó el anillo de diamantes en su dedo, apretó su mano con una firmeza que decía: "Ahora eres parte del contrato. No hay vuelta atrás por los próximos doce meses".
—Puede besar a la novia.
Las palabras del sacerdote cayeron como el mazo de un juez sobre Lorena. El eco de la catedral pareció amplificarse, y por un segundo, el tiempo se detuvo. Ella sintió el roce de los dedos de Leonardo bajo su velo, levantando la fina tela con una lentitud que no parecía propia de un hombre que solo quería terminar un trámite.
Lorena cerró los ojos, esperando el roce frío y superficial que habían ensayado mentalmente durante los tres meses de noviazgo. Esperaba un beso de actor, uno que solo sirviera para las portadas de las revistas que Leonardo tanto mencionaba.
Sin embargo, cuando los labios de Leonardo se posaron sobre los suyos, el mundo desapareció.
No fue un roce fugaz. Leonardo la tomó por la nuca con una posesividad que le cortó el aliento. Fue un beso profundo, cargado de una intensidad que Lorena no pudo procesar de inmediato. A diferencia de los pocos y gélidos besos de cortesía que habían intercambiado en eventos sociales durante su compromiso, este tenía una temperatura distinta. Había hambre, había un reclamo silencioso y, sobre todo, había una verdad que ninguno de los dos quería admitir: la fricción eléctrica entre ellos era real.
Lorena sintió un escalofrío recorrer su columna. Sus manos, que descansaban rígidas sobre el pecho de él, se cerraron inconscientemente, arrugando la tela de su esmoquin. El aroma a sándalo de Leonardo se volvió embriagador, y por un instante, ella olvidó el contrato de un año, olvidó las deudas de su padre y olvidó que ese hombre era su carcelero. En ese beso, ella no era una mercancía y él no era un magnate de hielo; eran dos fuerzas colisionando en medio de un teatro de mentiras.
Cuando Leonardo se separó, sus ojos oscuros estaban fijos en los de ella, más dilatados de lo normal. El silencio que siguió no fue de incomodidad, sino de un reconocimiento mutuo. Él no pidió perdón, ni hizo un comentario cínico. Simplemente la tomó de la mano y la obligó a caminar por el pasillo central, pero Lorena sabía que algo había cambiado irrevocablemente.
La recepción en el hotel más lujoso de la ciudad era un despliegue de opulencia obscena. Mientras los invitados brindaban con champán que costaba más que la matrícula universitaria de Lorena, ella y Leonardo mantenían la farsa. Él mantenía su mano firmemente apoyada en la cintura de ella, un gesto que para los demás era afectuoso, pero que para Lorena era un recordatorio de su propiedad.
—Sonríe, Lorena —le susurró Leonardo al oído mientras saludaban a un senador—. Tenemos fotógrafos de tres revistas diferentes. Si pareces un cordero camino al matadero, los auditores de la herencia empezarán a hacer preguntas mañana mismo.
—Es difícil sonreír cuando sé que cada minuto de este año tiene un precio, Leonardo —respondió ella entre dientes, manteniendo la sonrisa congelada para las cámaras.
—El precio ya está pagado. Ahora solo asegúrate de que la mercancía no se rompa antes de tiempo.
El drama escaló cuando, en mitad del baile, un hombre desconocido se acercó a la mesa presidencial. No era un invitado. Sus ropas eran mundanas y su mirada era peligrosa. Se inclinó hacia Lorena y le dejó un sobre pequeño sobre el mantel blanco.
—Un regalo de parte de los amigos de su padre, señora Mendoza —dijo el hombre con una sonrisa torva—. Dicen que, aunque la deuda de dinero esté saldada, la deuda de honor apenas comienza. Disfrute su noche de bodas.
Leonardo reaccionó rápido, tomando el sobre antes de que Lorena pudiera tocarlo, pero el daño estaba hecho. La palidez de Lorena regresó con fuerza. El año de matrimonio que tenían por delante no solo sería una lucha entre ellos dos; sería una carrera por sobrevivir a los fantasmas que Ricardo Moncada había dejado sueltos.
Tras el incidente del sobre misterioso en el banquete, la pareja finalmente llegó a la mansión que sería su hogar por los próximos 365 días. El silencio dentro del coche fue denso. El beso seguía quemando en los labios de Lorena, una sensación que la perseguía mientras subían las escaleras hacia la suite principal.
Leonardo cerró la puerta de la habitación con un sonido seco y arrojó el sobre sobre la cama, junto a los bocetos de moda de Lorena que él mismo había cuestionado días antes.
—No creas que ese beso cambia los términos, Lorena —dijo él, aunque su voz sonó un poco más ronca de lo habitual—. Pero si vamos a hacer que este año funcione para los auditores de mi padre, más vale que te acostumbres a ese nivel de "entrega". No aceptaré menos que una actuación perfecta.
Lorena se quitó el velo, revelando el pequeño retazo de tela que ella misma había diseñado y cosido en secreto. —¿Actuación, Leonardo? —preguntó ella, desafiándolo con la mirada—. Porque por un momento, ahí en la iglesia, no pareció que estuvieras siguiendo un guion. Parecía que, por fin, estabas sintiendo algo que no podías comprar con dinero.
Leonardo no respondió. Se limitó a desanudarse la corbata con violencia, dándole la espalda para ocultar que, por primera vez en treinta años, Lorena Moncada lo había dejado sin palabras.
