Capítulo 7 Las Sombras del Triunfo
Capítulo 7.
Las Sombras del Triunfo.
El silencio que siguió a las sirenas de la policía en el puerto de Mónaco fue más inquietante que el tiroteo mismo. Elena estaba sentada en la parte trasera del auto blindado de Dante, envuelta en una manta térmica que contrastaba con la seda roja de su vestido. A través del cristal tintado, vio cómo se llevaban a Victoria, cuya mirada, incluso herida y esposada, seguía fija en ella con una fijeza que prometía que esto no era un final, sino un intermedio.
Dante entró al coche y ordenó al chofer que se pusiera en marcha. No fueron a un hotel, ni de vuelta al aeropuerto. El vehículo se internó en las calles serpenteantes que subían hacia las colinas, alejándose del brillo artificial de los casinos.
— No hemos terminado, ¿verdad? —preguntó Elena, rompiendo el suspenso que llenaba el habitáculo.
Dante no respondió de inmediato. Sacó un cigarrillo, lo encendió y el humo empezó a dibujar figuras caprichosas en la penumbra.
— Victoria era la cara del problema, Elena. Pero el problema real es el "quién". —Dante la miró de reojo—. Ella no pudo haber sabido las coordenadas exactas del avión de tu padre sola. Alguien le dio el código de transpondedor. Alguien que no estaba en ese yate esta noche.
Un frío distinto al de los Alpes recorrió la espalda de Elena.
— ¿Estás diciendo que hay alguien más arriba?
— O alguien más cerca —susurró él.
Llegaron a una villa privada oculta tras muros de piedra y cámaras de seguridad. Al entrar, Dante la guio hasta una oficina llena de servidores que zumbaban como un enjambre de insectos mecánicos. En la pantalla central, un mapa del mundo mostraba miles de puntos parpadeando: la flota de Global Horizon.
— Mira esto —dijo Dante, tecleando con rapidez.
Un archivo se abrió. Era una grabación de audio recuperada de los servidores de seguridad de la casa de Julian, días antes del accidente. Elena contuvo la respiración.
— “Ella no sospecha nada” —decía una voz distorsionada por un filtro, pero con una cadencia que a Elena le resultó dolorosamente familiar—. “Julian está convencido de que su secreto está a salvo. Cuando el avión caiga, la niña será fácil de manejar. Si no firma, Victoria hará el trabajo sucio.”
— Esa voz... —Elena sintió que el mundo se desdibujaba—. No es Victoria. Y no suena como un extraño.
Dante apagó la pantalla y se giró hacia ella. La luz de los servidores proyectaba sombras alargadas sobre su rostro, haciéndolo parecer un extraño de nuevo.
— El teléfono desde el que se hizo esa llamada —dijo Dante, bajando la voz hasta que fue casi un susurro—, estaba registrado a nombre de una empresa fantasma cuyo beneficiario final es un fideicomiso en las Islas Vírgenes. El mismo fideicomiso que financió tu educación en Florencia y tu galería en Nueva York.
Elena retrocedió, chocando contra la mesa.
— ¿Qué estás tratando de decirme, Dante? Mi padre financió mi vida.
— Tu padre creía que lo hacía. Pero Julian estaba siendo robado desde adentro desde hace años. —Dante dio un paso hacia ella, su presencia volviéndose abrumadora en el espacio cerrado—. La persona que mató a tu padre no quería la empresa por avaricia. La quería para borrar las huellas de un fraude que Julian estaba a punto de descubrir. Un fraude cometido por la única persona en la que él confiaba más que en mí.
De repente, las luces de la villa parpadearon y se apagaron. El zumbido de los servidores murió, dejando la habitación en una oscuridad absoluta, solo rota por la luz de la luna que entraba por una claraboya alta.
El silencio fue interrumpido por el sonido metálico de un arma siendo amartillada, pero no fue Dante. El sonido provino del pasillo, detrás de la puerta reforzada.
— Dante... —susurró Elena, buscando su mano en la oscuridad.
Él la pegó contra su cuerpo, cubriéndole la boca con la mano. Elena pudo sentir el latido acelerado de su corazón y el frío del acero de su pistola contra su brazo. En la penumbra, vio que la manija de la puerta empezaba a girar lentamente, sin hacer ruido.
— No te muevas —le susurró él al oído, un aliento cálido que fue lo único que la mantuvo cuerda—. Pase lo que pase, no salgas de detrás de esta mesa.
Un brillo rojo apareció bajo la puerta: el láser de una mira telescópica recorriendo la habitación. Alguien no venía a arrestarlos, venía a terminar lo que Victoria no pudo.
Elena comprendió entonces que la firma en el papel no era un escudo, era un blanco pintado en su pecho. El verdadero arquitecto de su desgracia estaba allí, en las sombras de la villa, y lo que era más aterrador: conocía cada uno de sus movimientos.
— ¿Quién es, Dante? —preguntó ella en un suspiro casi inaudible.
— El hombre que te vio crecer, Elena —respondió él, justo cuando la puerta estalló en mil pedazos bajo una carga controlada.
El humo llenó la habitación y el suspenso se transformó en un terror helado. En medio del caos, Elena vio una silueta familiar recortada contra la luz del pasillo. El traidor no era un enemigo lejano; era alguien que ella llamaba "familia". La verdadera herencia de plomo
apenas estaba por revelarse.
