Capítulo 6 El Reflejo de la Envidia
Capítulo 6.
El Reflejo de la Envidia.
La oscuridad en el salón del Lady Julian no era total; las luces de emergencia, de un rojo quirúrgico, bañaron la escena en un tono macabro. El olor a champán derramado se mezcló instantáneamente con el aroma acre de la pólvora. Elena sentía los pedazos de cristal crujir bajo sus tacones mientras Dante la empujaba detrás de una columna de mármol.
— Quédate aquí. No asomes la cabeza —ordenó Dante, su voz era una vibración baja y letal. Él sacó su arma, moviéndose con la fluidez de una sombra que pertenece a la noche.
— ¡Dante! —gritó Victoria desde algún punto del salón, su voz quebrada por una mezcla de euforia y locura—. ¡Dile que se despida! ¡Dile que el arte no sirve de nada cuando el plomo te atraviesa el corazón!
Elena respiraba agitada, sintiendo el frío del mármol en su espalda. El pánico intentó trepar por su garganta, pero recordó las manos de Dante sobre las suyas en la galería de tiro. Recordó el peso de la herencia. No iba a morir escondida como una rata en su propio barco.
Aprovechando que Dante se desplazaba hacia el flanco izquierdo para flanquear a los tiradores de Victoria, Elena se agachó y se deslizó hacia la zona de la mesa de caoba. Necesitaba el documento. Necesitaba que esa firma no se manchara de sangre antes de llegar a tierra firme.
— Buscas esto, ¿verdad, mija? —La voz de Victoria sonó justo encima de ella.
Elena levantó la vista. Victoria estaba de pie junto a la mesa, sosteniendo el contrato de sucesión en una mano y una pistola de plata en la otra. Tenía el cabello desordenado y el vestido plateado rasgado en el hombro, pero sus ojos brillaban con una lucidez aterradora.
Elena se puso de pie lentamente, nivelando su mirada con la de la mujer que había sido la sombra de su padre durante años.
— Suéltalo, Victoria. Ya perdiste —dijo Elena, tratando de que su voz no temblara.
— ¿Perdí? —Victoria soltó una carcajada seca que terminó en un siseo—. Yo construí esta empresa mientras tu papá se la pasaba de gala en gala y tú limpiabas cuadros viejos. Yo soy la que conoce a los capitanes, la que sabe a quién sobornar en cada puerto. Tú solo eres un apellido. Un adorno que Dante quiere colgarse en el brazo.
Victoria dio un paso adelante, apuntando directamente al pecho de Elena.
— ¿Sabes qué es lo que más me duele? —continuó Victoria, su voz bajando a un susurro cargado de veneno—. Que él te mira como si fueras una maldita obra maestra. A mí nunca me miró así. Yo le ofrecí un imperio, y él prefirió rescatar a una muñeca de porcelana.
— No soy una muñeca —respondió Elena, su mano bajando lentamente hacia la abertura de su vestido rojo, donde el frío del metal de su pequeña .22 le dio la fuerza que necesitaba—. Y Dante no te eligió porque él no busca una socia en el crimen, busca a alguien que tenga algo que tú perdiste hace mucho: lealtad.
Victoria rugió de rabia y amartilló el arma.
— ¡La lealtad no paga las cuentas, Elena! ¡La sangre sí!
En ese segundo, Elena no lo pensó. Su mano subió con una velocidad que ni ella misma sabía que poseía. Sacó la pequeña pistola de su liga y apuntó. Victoria, sorprendida por el movimiento, disparó primero, pero la bala impactó en la mesa de caoba, levantando astillas que cortaron la mejilla de Elena.
Elena no cerró los ojos. Apretó el gatillo.
El disparo de la .22 fue un chasquido agudo en comparación con el caos del salón. La bala alcanzó a Victoria en el hombro derecho, haciendo que su pistola de plata saliera volando y cayera al suelo con un ruido metálico. Victoria retrocedió, chocando contra la barandilla del yate, sujetándose el hombro mientras la sangre empezaba a manchar su vestido plateado.
Elena avanzó, con el arma todavía levantada, el corazón martilleando contra sus costillas.
— Se acabó, Victoria —dijo Elena, jadeando, sintiendo el hilo de sangre correr por su propia mejilla—. Mi padre te tuvo confianza, y tú lo mataste. No por la empresa, sino por tu ego.
Victoria cayó de rodillas, mirándola con un odio puro.
— Mátame entonces —desafió Victoria, escupiendo las palabras—. Hazlo y conviértete en lo que tanto odias. Sé una de nosotros.
Elena se detuvo a un metro de ella. El dedo le hormigueaba en el gatillo. Podía hacerlo. Podía terminar con la mujer que destruyó su familia. Pero en ese momento, una mano cálida y firme se posó sobre su hombro.
Dante estaba allí, con la respiración pesada y el rostro manchado de hollín, pero sus ojos estaban fijos en Elena, evaluándola.
— Elena... no vale la pena —susurró Dante—. Ella ya está muerta políticamente. El consejo vio todo. La policía de Mónaco está abordando el barco en este momento. Si la matas ahora, ella gana. Te arrastra a su oscuridad.
Elena miró a Victoria, que temblaba en el suelo, y luego miró a Dante. La tensión en el aire era casi eléctrica. Elena bajó lentamente el arma y, con la mano que le quedaba libre, le arrebató el documento de sucesión que Victoria todavía apretaba con rabia.
— No voy a matarte, Victoria —sentenció Elena, guardando el papel contra su pecho—. Voy a dejar que pases el resto de tu vida en una celda fría, viendo desde lejos cómo yo manejo el imperio que tú nunca pudiste tocar. Eso es un castigo mucho peor que una bala.
Las sirenas de la policía marítima empezaron a iluminar el yate con destellos azules. Los hombres de Victoria habían sido reducidos por el equipo de Dante.
Dante rodeó a Elena con su brazo, atrayéndola hacia él. Ella se apoyó en su pecho, sintiendo cómo la adrenalina empezaba a bajar, dejando paso a un cansancio infinito.
— ¿Estás bien? —preguntó él, limpiándole con el pulgar la sangre de la mejilla.
— Estoy viva —respondió ella, mirando el horizonte de Mónaco—. Y por primera vez, soy la dueña de mi propio destino.
Dante la besó en la frente, un gesto cargado de respeto y una posesividad que esta vez Elena aceptó de buen grado. La guerra en el yate había terminado, pero Elena sabía que su vida como la Reina de Plomo y Terciopelo apenas estaba comenzando. Del brazo de Dante, caminó hacia la cubierta, dejando atrás el caos y a una Victoria derrotada que gritaba su
nombre en medio de la oscuridad.
