Capítulo 5 El Brillo del Diamante y el Filo de la Daga
Capítulo 5.
El Brillo del Diamante y el Filo de la Daga
Mónaco respiraba un lujo obsceno bajo las estrellas. El puerto de Hércules estaba atestado de yates que parecían palacios flotantes, pero el Lady Julian, la joya de la corona de la flota de su padre, destacaba sobre todos. Iluminado con luces doradas que se reflejaban en las aguas oscuras del Mediterráneo, el barco era el escenario donde Elena recuperaría su nombre o lo perdería para siempre.
Dentro del auto blindado, el silencio era denso. Elena se miró en el pequeño espejo del bolso. No quedaba ni rastro de la curadora de arte de perfil bajo. Llevaba un vestido de seda líquida en color rojo sangre, con un escote infinito en la espalda y una abertura lateral que dejaba ver, solo cuando ella quería, la liga de encaje negro donde descansaba una pequeña pistola de calibre .22. Sus labios eran del mismo tono que el vestido, y sus ojos grises brillaban con una determinación gélida.
Dante, a su lado, era la personificación del peligro vestido de etiqueta. Su esmoquin hecho a medida acentuaba sus hombros anchos, y la frialdad de su expresión indicaba que ya no estaba en modo amante, sino en modo guardaespalda y socio.
— Recuerda, Elena —dijo Dante, su voz baja y vibrante—. En cuanto pongas un pie en esa alfombra, todas las miradas se clavarán en ti. Victoria cree que estás muerta o escondida en un agujero. El impacto de verte viva será tu primera arma. El impacto de verte conmigo... será la estocada final.
— Estoy lista —respondió ella, aunque su corazón golpeaba con fuerza contra sus costillas.
El chofer abrió la puerta. Elena bajó primero, deslizando su pierna fuera del auto con una elegancia que hizo que los fotógrafos se olvidaran de los demás invitados. Segundos después, Dante bajó y, con una posesividad natural, puso su mano en la cintura de ella. Los flashes estallaron.
Caminaron por la pasarela del yate. Al entrar al salón principal, el tintineo de las copas de cristal de Baccarat y el murmullo de la élite europea se detuvieron en seco.
En el centro del salón, rodeada de directivos y políticos, estaba Victoria. Lucía un vestido plateado, frío como su alma, y sostenía una copa de champán con la seguridad de quien ya se siente reina. Pero cuando sus ojos se cruzaron con los de Elena, su máscara de perfección se agrietó. La copa tembló en su mano.
— Elena... —susurró Victoria, su voz cargada de un veneno que intentó disfrazar de sorpresa—. Qué... milagro encontrarte aquí. Todos pensábamos que el duelo te había superado.
— Siento decepcionarte, Victoria —respondió Elena, avanzando con paso firme sin soltarse de Dante—. Pero el linaje de los Lanix no se quiebra tan fácil. Y como ves, no he estado sola.
La mirada de Victoria se desvió hacia Dante. El odio que brilló en sus ojos fue tan intenso que Elena sintió un escalofrío. No era solo rabia corporativa; era el dolor de una mujer que veía al hombre que obsesivamente deseaba protegiendo a su mayor enemiga.
— Dante —dijo Victoria, ignorando a Elena por completo—. No sabía que habías bajado tus estándares para convertirte en niñera de herederas asustadas.
— No soy su niñera, Victoria —respondió Dante con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Soy su socio. Y hoy, soy el testigo de cómo recupera lo que le pertenece.
Victoria apretó los dientes, sus mejillas encendiéndose con un rubor de pura furia.
— El consejo está esperando, Elena —siseó Victoria—. Pero no creas que un vestido caro te da la capacidad de manejar este imperio.
Caminaron hacia la mesa de caoba situada al fondo del salón, donde el notario y los miembros más antiguos de la junta esperaban con los documentos legales. El silencio en el yate era sepulcral; nadie se atrevía a respirar.
El notario extendió el documento de sucesión universal. Era un papel pesado, con sellos dorados, que representaba el control de barcos, rutas, almacenes y miles de millones en activos negros y legales.
— Firme aquí, señorita Elena —dijo el notario.
Elena tomó la pluma estilográfica de oro. Antes de apoyar la punta en el papel, miró a Victoria, quien estaba de pie al otro lado de la mesa, respirando de manera agitada, con los ojos fijos en la mano de Dante que seguía apoyada con firmeza en el hombro de Elena.
— Por mi padre —susurró Elena.
Firmó con un trazo seguro y elegante. En ese instante, legalmente, Global Horizon Logistics dejó de ser un botín de guerra para convertirse en su reino.
— Ya está hecho —dijo el notario, sellando el papel—. Felicidades, señora dueña.
Victoria soltó una risa histérica que hizo que varios invitados retrocedieran. Se acercó a la mesa, apoyando las manos sobre la madera, quedando cara a cara con Elena.
— ¿Crees que este papel te va a proteger, querida? —le soltó en un susurro cargado de odio—. ¿Crees que porque te acuestas con Dante ya ganaste? Él solo te usa para llegar a los códigos que Julian le escondió. Y tú... tú eres una muerta caminando. Nadie sale de este yate siendo dueña de nada si yo no lo permito.
— Se acabó, Victoria —dijo Elena, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Ya no me das miedo. Tu tiempo de jugar a la reina se terminó con esta firma.
Dante dio un paso al frente, interponiéndose entre las dos mujeres.
— Victoria, vete ahora mientras todavía puedo garantizar que salgas de aquí con dignidad —advirtió Dante, su mano derecha moviéndose imperceptiblemente hacia el botón de su radio de comunicación.
Victoria miró a Dante, y por un segundo, la locura de su amor obsesivo brilló con toda su fuerza.
— Si no eres mío, no serás de nadie, Dante. Y ella no vivirá para disfrutar lo que me robó.
Victoria levantó una mano, haciendo una señal hacia la parte superior del salón. Elena vio el movimiento de sombras en la barandilla del segundo nivel.
— ¡Al suelo! —rugió Dante.
El primer disparo reventó la lámpara de cristal gigante sobre sus cabezas, sumergiendo el salón en un caos de gritos, oscuridad y astillas de vidrio. El glamour de Móna
co acababa de teñirse de plomo.
