Herencia de plomo y terciopelo

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Capítulo 3 El Veneno en la Copa y el Hielo en la Sangre

Capítulo 3.

El Veneno en la Copa y el Hielo en la Sangre

El vuelo trasatlántico fue un ejercicio de silencio tenso y revelaciones a medias. Mientras el jet de Dante cortaba las nubes sobre el océano, Elena permanecía hundida en su asiento, observando cómo la silueta de la costa americana desaparecía para dar paso a la inmensidad del agua. Tenía la pistola —esa pieza de metal frío que ahora parecía pesarle más que su propia conciencia— sobre la mesa plegable frente a ella.

Dante estaba al teléfono, hablando en un italiano fluido y cortante que Elena no alcanzaba a traducir del todo, pero el tono no necesitaba diccionario: era el lenguaje de la guerra. Cuando colgó, se sentó frente a ella y le sirvió una copa de un tinto espeso que parecía sangre bajo las luces LED de la cabina.

— Tienes que entender cómo funciona el nido donde te metiste, Elena —dijo él, sin preámbulos—. Victoria no te quiere fuera solo por el dinero. El dinero es lo de menos para gente como ella.

Elena tomó un sorbo del vino, sintiendo cómo el calor le bajaba por la garganta.

— Ella dijo que quería proteger el legado de mi padre. Que yo era una distracción.

— Victoria es una coleccionista, igual que tú, pero ella no colecciona lienzos flamencos. Ella colecciona rutas de suministro. —Dante se inclinó hacia adelante, sus ojos oscuros fijos en los de ella—. Global Horizon tiene contratos exclusivos con el puerto de Amberes y una red de "puntos ciegos" en el Mediterráneo que Julian tardó treinta años en construir. Victoria ha estado vendiendo información a los carteles del este a espaldas de tu padre. Si tú firmas la sucesión, ella se convierte en la dueña legal de esos secretos. Si tú mueres antes de firmar... el consejo tiene una cláusula de contingencia que le entrega el control total a ella "en ausencia de un heredero capaz".

Elena apretó la copa hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

— Entonces, mi padre la descubrió. Por eso el avión cayó.

— Julian no era ningún santo, pero tenía un código. No negociaba con gente que traficaba con personas o armas químicas. Victoria, en cambio, no tiene filtros. Para ella, tú eres el último cabo suelto de una moralidad que ya no le sirve. Te quiere muerta porque eres la única que puede auditar esas rutas y darte cuenta de que el "terciopelo" de la empresa ahora está manchado con la peor clase de mugre.

Elena sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del avión. La traición de Victoria no era solo corporativa; era personal. Victoria había estado en las cenas de Navidad, había brindado con su padre, le había sonreído a ella mientras, por lo bajo, planeaba el sabotaje de un avión.

— ¿Y tú, Dante? —preguntó Elena, su voz apenas un susurro—. ¿Por qué te arriesgas tanto? Podrías simplemente aliarte con ella. Sería más fácil.

Dante dejó su copa y, en un movimiento lento que hizo que el pulso de Elena se disparara, estiró la mano y le quitó un mechón de pelo de la cara. Sus dedos rozaron su mejilla, una caricia eléctrica que rompió todas sus defensas por un segundo.

— Victoria es predecible, Elena. El mundo está lleno de gente como ella. —Dante bajó la voz a un tono más ronco—. Pero tú... tú eres el "original" en un mundo de copias baratas. Además, tengo una deuda con Julian que pienso pagar manteniendo su activo más valioso a salvo.

Elena bajó la mirada, sintiendo el calor subirle por el cuello. No era solo el miedo lo que la hacía temblar cuando él estaba cerca. Había algo en la forma en que Dante la miraba —como si fuera una pieza de arte invaluable que él estaba dispuesto a robar y proteger al mismo tiempo— que la confundía profundamente. Se suponía que debía desconfiar de él, pero en medio del caos, Dante era el único punto de gravedad que la mantenía en pie.

El refugio en los Alpes Suizos apareció entre la niebla como una aparición de cristal y piedra. Era una estructura minimalista incrustada en la ladera de la montaña, rodeada de nieve perpetua y un silencio que cortaba. Al entrar, Elena se sintió por primera vez a salvo, pero también atrapada.

Esa noche, incapaz de dormir, bajó al gran salón. Las paredes de vidrio daban a un abismo blanco iluminado por la luna. Dante estaba allí, de pie frente al ventanal, con una camisa negra desabrochada en el cuello y un vaso de whisky en la mano.

— No puedes dormir —dijo él, sin darse la vuelta.

— Siento que si cierro los ojos, despertaré y veré a Victoria con una pistola en mi frente —confesó ella, acercándose a él.

Dante se giró. La luz de la luna acentuaba las líneas de su rostro, dándole un aire de estatua antigua, hermosa y peligrosa.

— Aquí nadie te va a tocar, Elena. Tienes mi palabra.

Ella se detuvo a pocos centímetros de él. Podía oler el tabaco fino y el roble del whisky. En ese aislamiento total, la tensión que había estado creciendo desde el apartamento en Londres se volvió casi insoportable. Elena se dio cuenta de que no solo sentía miedo; sentía una atracción magnética hacia el hombre que representaba todo el peligro que ella siempre había evitado.

— ¿Por qué me miras así? —preguntó ella, con la respiración entrecortada.

— Porque estás empezando a darte cuenta de que te gusta esto —respondió Dante, dando un paso hacia ella, acorralándola suavemente contra el ventanal frío—. El peligro, la adrenalina... y yo.

Elena quiso negarlo, pero sus palabras se quedaron atrapadas en su garganta cuando Dante puso una mano en su cintura. El contraste entre el frío del cristal en su espalda y el calor de la mano de él fue como un choque eléctrico.

— Eres una curadora de arte, Elena —susurró él, acercando su rostro al de ella hasta que sus alientos se mezclaron—. Sabes reconocer la belleza cuando la ves, incluso si está envuelta en sombras.

Elena cerró los ojos, entregándose por un momento a la sensación de su cercanía. Sabía que enamorarse de Dante Valerius era como jugar con fuego en una habitación llena de gasolina, pero en ese momento, con la nieve cayendo afuera y los lobos de la junta directiva buscándola, el calor de sus brazos era lo único que se sentía real.

— Victoria me quiere muerta —murmuró ella contra sus labios.

— Entonces vamos a darle una razón para tener miedo —respondió Dante antes de acortar la distancia final y besarla con una intensidad que sabía a promesa y a perdición.

En ese refugio de hielo, Elena comprendió que su vida anterior se había derretido por completo. Ya no era solo una heredera huyendo; era una mujer que estaba aprendiendo a amar el peligro, y el hombre que lo encarnaba estaba ahora mismo sosteniendo su mundo en sus manos. Pero una duda seguía quemando en el fondo de su mente: ¿Estaba Dante besando a la mujer, o estaba asegurando su control sobre e

l imperio que ella representaba?

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