Heredera de la Luna

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Capítulo 6 Capítulo 6: Voces que no deberían estar ahí

Octavia

Desperté con un sobresalto y una extraña sensación de incredulidad. Algo me había despertado en medio de un sueño, y mi mente se tambaleaba entre la realidad y la ensoñación.

¿Qué demonios acababa de ocurrir? La voz que había escuchado en mi cabeza me deseaba un feliz cumpleaños, y eso no podía ser obra de mi propia conciencia.

Mientras intentaba procesar lo ocurrido, el recuerdo de que a Sam también le había pasado algo similar en su cumpleaños me golpeó como un rayo. Esa experiencia inusual de escuchar una voz en la cabeza no era un incidente aislado. Sentí un nudo en la cabeza, como si las ideas chocaran entre sí sin orden.

La voz de Sam irrumpió en la habitación con su energía característica, y su llamado me sacó de mis cavilaciones.

—Vamos, cumpleañera, tenemos que ir por tu regalo —exclamó desde el piso de abajo, aparentemente ajena a mi estado de confusión.

Era afortunada por tenerla como amiga. Su compañía siempre era un refugio seguro. Mientras me levantaba de la cama, sabía que, pasara lo que pasara, podríamos afrontarlo juntas, como siempre lo hacíamos.

—¿De verdad la vas a llevar a ese lugar? —preguntó mamá, mostrando su inquietud. Ella sabía muy bien dónde me llevaría Sam, lo cual para mí seguía siendo un misterio.

—Sí, mamá, es algo importante para nosotras —respondió ella, haciendo que mamá negara con la cabeza.

Papá, siempre con su humor sarcástico, intervino de la manera en que lo hacía en situaciones como esta.

—Así son las adolescentes hoy en día. Ya no necesitan de nuestro permiso, tampoco tendrán en cuenta nuestra opinión al respecto —soltó una risa, tratando de quitarle gravedad al asunto.

Mamá continuó expresando sus preocupaciones, como siempre lo hacía, aunque en el fondo sabía que Sam y yo éramos independientes y capaces de tomar decisiones por nosotras mismas.

—Acaban de terminar su último año de secundaria, podrían perfectamente esperar un año más... o hasta los 21, realmente no lo entiendo.

A pesar de que solo tenía seis meses más que yo, Sam a menudo vivía como si fuéramos gemelas. Era curioso cómo podíamos ser tan diferentes en muchos aspectos.

Sam siempre había sido luz. Incluso esa mañana, con mi cabeza hecha un caos, su presencia seguía siendo lo único que parecía firme. Su melena dorada, su piel clara y esos ojos verdes con destellos casi dorados hacían que todo a su alrededor pareciera más simple, más fácil.

Yo era lo contrario: ojos celestes, cabello oscuro como la noche, una calma que siempre había aprendido a sostener en silencio. Éramos distintas en casi todo, salvo en algo esencial.

Juntas funcionábamos. Como si esas diferencias nos hubieran enseñado, sin decirlo nunca, a no soltarnos.

—Espero que, sea donde sea que me lleves, no sea una locura —le dije llegando al pie de la escalera.

—No te preocupes Vi, vamos a ir después de la salida con las chicas, tienes tiempo para prepararte mentalmente —se burló.

«Necesitamos prepararnos mentalmente», susurró la voz en mi cabeza.

Me detuve un segundo. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, lento y preciso, como si alguien me hubiera hablado demasiado cerca del oído.

Cerré los ojos, intentando apartarla. Pero la verdad es que estaba de acuerdo con ese comentario.

«Y que lo digas», respondí, poniendo los ojos en blanco.

En la cocina, mi madre y mi padre estaban ocupados preparando un delicioso desayuno, como lo hacían en cada ocasión especial.

Mamá se movía por la cocina con la seguridad de siempre, riendo con serenidad, como si nada pudiera alterarla. Papá, desde la estufa, comentaba todo con su humor sarcástico habitual, concentrado en el desayuno.

Todo era familiar.

—¡Feliz cumpleaños, Octavia! —exclamó mamá con una sonrisa cálida, acercándose para darme un fuerte abrazo.

—¡Gracias, mami! —respondí, devolviendo el abrazo con cariño.

Papá asintió desde la estufa, donde estaba atareado con las sartenes.

—Feliz cumpleaños, mi amor. Te he preparado tus tortillas favoritas, así que prepárate para un festín —sonrió de lado.

Me senté a la mesa, esperando a que papá me sirviera el desayuno. Sam se sentó a mi derecha, mientras lo escuchábamos hablar sobre las próximas vacaciones.

—Este año podríamos volver a las montañas a las que fuimos en nuestra luna de miel, ¿no crees, cariño? —dijo él.

—Estaba pensando en volver a los bosques donde... —Mamá habló en voz baja, cerrando la boca antes de completar la oración.

—Sí, me parece una excelente idea. Tenemos recuerdos agradables de ese lugar, no había pensado en eso durante mucho tiempo...

—No hemos hablado de ello en muchos años, cariño. Creo que sería agradable regresar y acampar con las chicas —continuó mamá, riéndose como si hubiera contado un chiste.

—¿Y todos esos bichos? ¿Acampar lejos de la civilización? —exclamó una horrorizada Sam.

—¡Por favor, Sam! Tampoco es que interactúes tanto con la civilización —papá rio sabiendo que Sam solo ama la tecnología y a los chicos de la «civilización».

—Bueno, pero los bichos van a estar ahí... —intentó defenderse ella.

—Me gusta la idea —interrumpí, antes de que se fuera por las ramas—, pasar unos días en la naturaleza, poder ver a la luna y las estrellas al natural, me gusta, además no voy a decir que no a la playa —añadí, codeándolo.

—Decidido entonces, ya que son tres votos en contra de Sam que no se decide...

—Bien —dijo ella alargando la e—. Nunca tienen en cuenta mis sentimientos —llevó una mano a su corazón fingiendo que le dolía—. Además habrá playa, dónde hay playa hay discotecas, y dónde hay discotecas hay chicos... Está bien por mí.

Mamá la miró con una mirada de recelo, papá soltó una carcajada mientras yo solo pude mirarla con la boca abierta.

Sam siempre sabía cómo agregar su toque de humor y ligereza a las conversaciones familiares. Era genial tener a alguien tan alegre en la familia.


Las chicas nos esperaban en la entrada de la discoteca. Sí, parecía extraño ir a la discoteca a las 10 de la mañana de un lunes, pero no había música ni alcohol a la vista. Estábamos buscando un lugar para celebrar la graduación de nuestro último año escolar.

Habíamos terminado la secundaria en junio, pero un posible «atentado» -así lo llamó el director- no nos había permitido tener la ceremonia y el baile que merecíamos. Así que decidimos organizarla por nuestra cuenta.

—Hola, Sam. Octavia —nos llamó Adriana, deteniéndose apenas en mi nombre—. Llegan tarde.

No me gustaba cómo nos trataba; siempre tenía ese aire de superioridad y quería que todas nos sintiéramos como perdedoras a su alrededor.

Adriana tenía esa clase de presencia que no necesitaba levantar la voz para hacerse notar. Su cabello rubio estaba impecable, demasiado ordenado para un lunes por la mañana, y su sonrisa —perfecta, medida— no llegaba nunca a los ojos.

No era cruel de forma evidente. Lo suyo era más sutil: una manera precisa de mirar por encima del hombro, de hacerte sentir fuera de lugar sin decirlo en voz alta.

Sam, como miembro del consejo de participación estudiantil, tenía que soportarla, pero solo quedaba esta fiesta y luego estaría fuera de nuestras vidas.

«Salve a la Diosa por eso, solo un vistazo a ella y puedo asegurarte que es mezquina», murmuró mi Pepe Grillo en mi cabeza.

«Sí, aunque así no es como se dice», estuve de acuerdo y, al mismo tiempo, no tan de acuerdo.

—Llegamos cuando tenemos que llegar, Adri, ni un minuto más, ni un minuto menos —le respondió Sam poniendo los ojos en blanco, cargando su voz con sarcasmo.

—Sí, sí, lo que digas. Vamos a entrar, aunque creo que este lugar es el indicado para la fiesta. —Adriana se dio vuelta, lanzándole a Sam una mirada de superioridad y entró al local.

Estuvieron hablando por horas sobre decoración, música, luces, bebidas y no sé qué más. Pero yo estaba en otra.

«Este libro, ¡por la Diosa! ¿Realmente hacen todas esas cosas?», Pepe Grillo, es decir Darcy, como ella se había presentado.

El corazón me dio un vuelco. Me llevé una mano al pecho, intentando disimularlo, pero la respiración se detuvo durante unos segundos.

—Mierda, creo que estoy loca... —murmuré para mí misma.

«No estás loca, en el fondo sabes que esto es normal, solo debes recordar...».

«¿Recordar? ¿Recordar qué?» pensé para mí misma mientras ignoraba la voz en mi cabeza, pero algo en su tono me resultó extrañamente familiar, como si supiera de alguna manera que ella tenía razón.

Había leído muchos libros de fantasía; esas cosas solo pasaban ahí. O eso me repetí, mientras el pulso seguía desacompasado. «Tal vez es hora de dejar de leer un poco».

Al cabo de unos minutos, Sam finalmente terminó su charla con Adriana y se acercó a mí. Sus ojos verdes brillaban con emoción mientras se sentaba a mi lado.

—¡Vi! —exclamó—. ¿Qué piensas de la fiesta hasta ahora?

—Parece que lo tienes todo bajo control, como siempre —respondí, forzando una sonrisa.

A lo lejos, Adriana continuaba dando órdenes y dirigiendo a los demás.

—Sí, ya sabes cómo es Adriana —suspiró Sam—. Pero al menos, después del baile, no tendremos que lidiar más con ella.

—Cierto, no puedo esperar a que terminemos con esto de una vez —asentí, compartiendo su entusiasmo.

—Vamos Vi —dijo en voz baja, tomándome de la mano—. Por mucho que me guste la fiesta, estoy muy cansada de tolerar a Adriana y tenemos que llegar a nuestra cita para tu regalo.

Aparte los pensamientos sobre fantasía y conciencias individuales, no existía la magia en el mundo, ¿o sí?

—¿Estás bien?

—Sí, estoy bien —respondí, tratando de ocultar mis pensamientos inquietantes.

Nos levantamos y nos despedimos de los demás. No pasó mucho tiempo para llegar a nuestro destino.

—Bien, llegamos —dijo Sam con una sonrisa.

—Oh, Sam… —susurré—. Dime que este no es el regalo.

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