Capítulo 6 Desgana.
Capítulo 6.
Desgana. ✨
Justo cuando está terminando de procesar sus propios pensamientos, decide salir de la habitación para buscar una prenda en el pasillo. Apura el paso por las escaleras de la mansión, distraída y con la mente en otra parte, cuando de pronto tropieza de frente con una silueta masculina que viene subiendo con paso firme hacia la zona privada de los dormitorios, directo a la habitación de Jhoe.
El impacto es inevitable. Los hombros de ambos chocan con fuerza, haciéndoles tambalear. Sienna trastabilla, pero un par de manos duras y posesivas la sujetan con fuerza de la cintura antes de que ruede por los escalones.
—Pero, ¿es que acaso estás ciego? ¿No ves por dónde caminas? —le reclama ella furiosa, recuperando el equilibrio de un golpe y elevando la mirada con desprecio.
—¿Me reclamas tú a mí, que vienes corriendo escaleras abajo como si huyeras de un incendio sin mirar al frente? —responde la voz grave y arrogante de Cole Harrison, quien la sostiene pegada a su cuerpo—. ¿O es que acaso ya me habías visto desde arriba y aun así decidiste lanzarte directamente a mis brazos?
—¿Pero qué coño dices? —Sienna intenta apartarse de inmediato, empujándolo con ambas manos contra su pecho, pero él no cede ni un milímetro. La inmoviliza con una facilidad exasperante, acorralándola contra la barandilla de madera noble.
—¿O es que prefieres recordar nuestros pequeños momentos en la ducha? ¿Es eso lo que buscas otra vez? —susurra Cole muy cerca de su oído, con un tono provocativo y cargado de una tensión tan densa que corta la respiración.
Sienna niega con la cabeza, soltando una risa nerviosa que traiciona la tempestad de emociones que la sacude por dentro. Sus mejillas queman, no por vergüenza, sino por la rabia incontrolable de saber que él tiene la habilidad de desestabilizarla con una sola frase.
—Eres un completo imbécil presumido — escula ella, apretando los dientes—. ¿Quién te crees que eres, Cole? ¿Piensas de verdad que yo soy como todas esas patéticas fans tuyas que se mueren por llamar tu atención? Por favor… ubícate de una buena vez.
—¿Y aquel beso, entonces? —pregunta él con una sonrisa torcida, mirándola fijamente a los labios—. Claramente me lo correspondiste con ganas.
—¡Eso no cuenta! ¡Tú me besaste a la fuerza!
—Y tú respondiste al segundo. No lo niegues.
—Okey, suficiente. Dejemos esto perfectamente claro de una vez por todas: no me interesas en lo más absoluto, tengo novio formal, así que tómate un par de pastillas de ubicación, bájate de esa nube y aléjate de mi camino —sisea ella, fulminándolo con la mirada.
Cole suelta una risa seca, un sonido gutural que denota diversión y desafío. Mientras ella intenta huir de la escena, Cole nota sobre el suelo la pulsera de plata que le regaló su abuelo, una reliquia familiar de valor sentimental incalculable para ella, el último ancla que le dio. Con un movimiento toma la pulsera entre sus manos, observándola unos minutos en silencio, hasta que una presencia lo saca de su letargo.
—Cole, vamos hermano, las chicas nos esperan —exclama Jhoe, animándolo.
—Voy… —responde Cole, guardando la prenda en su bolsillo, consciente de que se volverán a ver.
Media hora después, ya instalada en su cuarto, Sienna recibe a su mejor amigo y confidente: Alan. Él, con su habitual desparpajo, se deja caer directamente sobre el edredón mullido de la cama, estirando las piernas con total comodidad.
—Niña, por el amor de Dios, explícame qué te ocurre hoy —dice Alan, observándola con las cejas arqueadas—. Tienes una vibra extraña.
—No es mi día… Definitivamente, este no es mi día —se lamenta Sienna, dejándose caer de espalda junto a él y hundiéndose en los cojines con un gemido de frustración.
—Somos todo oídos, cariño. Amo tu vida, siempre llena de un drama digno de película de sobremesa —bromea Alan, apoyando la barbilla en la palma de la mano—. A ver, suelta la sopa: ¿qué pasó? ¿El guapote de tu novio quería tocar y tú no estabas depilada?
—¿Qué? ¿De dónde sacas esas barbaridades, Alan? —se incorpora Sienna de golpe, suspirando con un enojo genuino, aunque sus mejillas se tiñen de rojo.
—Vamos, amiga, no me digas que tú y Elías todavía no han cruzado la línea prohibida… —insinúa Alan con picardía.
—¡No, todavía no! Y lo peor del caso es que hoy tengo que soportar una fiesta entera con él, acabo de perder mi pulsera favorita de la infancia… y por si fuera poco, hace un rato me soltó un “te amo” por teléfono que no pude responder.
—¡Vaya, amiga! Sin duda el chico quiere llevarte a la cama esta noche a toda costa. ¿Estás mentalmente preparada para eso? —pregunta Alan con una sonrisa socarrona, incorporándose para mirarla fijamente—. Tampoco estás como para hacerte la monja toda la vida, te estás perdiendo de los mejores placeres. Eres hermosa, ¿cómo puedes seguir guardándote tanto? No sabes lo que es la verdadera diversión, chica, me matas de la intriga.
Las ocurrencias de Alan provocan que Sienna suelte una carcajada a pesar del mal humor. Él siempre ha sido así: frontal, imperativo, sin filtros morales y dispuesto a decir las verdades sin anestesia.
—¿Qué harás al final? ¿Vas a ir o te acobardas? —pregunta Alan, adoptando una postura más directa.
—Iría solo si vienes conmigo de apoyo moral.
—¿Qué? ¿Te volviste loca, mujer? Tu novio me mataría si me cuelo en su círculo íntimo; es más que evidente que hoy quiere algo más que un simple beso a escondidas, de lo contrario no te habría arrastrado a esa fiesta sabiendo perfectamente que detestas las reuniones de la banda.
—Ya, miren la hora que es —dice Sienna al ver el reloj.
—Nada de eso —interrumpe Alan poniéndose en pie de un salto y sacudiéndose la ropa—. No podemos perder ni un segundo más debatiendo. Vete a la ducha, depílate hasta el último rastro, y yo me encargaré de buscarte un atuendo letal, un acceso directo a la perdición y absolutamente hermoso.
—¿Saben qué? Mejor no voy, de verdad no tengo los ánimos para esto —se rebela Sienna, volviéndose a recostar en la cama y tirándose la almohada a la cara.
—Nada de eso, señorita —ordena Alan, arrebatándole la almohada de un tirón—. Un chico guapo, musculoso y al acecho te espera afuera, y tú no te vas a quedar aquí encerrada llorando.
—Tonterías, yo no estoy lloran… —empieza a decir Sienna, pero se detiene al ver la mirada inquisitiva de Alan, que la cruza de brazos con una ceja alzada—. Bien, iré a la ducha —bufa rendida, levantándose de mala gana.
