Capítulo 2 Un sueño.
Capítulo 2.
Un sueño.
Sienna Vans, a sus diecisiete años, posee una belleza magnética y silenciosa. De tez clara, con una melena castaña oscura que le cae en cascada hasta las caderas y enmarca un cuerpo de curvas prominentes, se ha convertido, muy a su pesar, en el centro de miradas furtivas en los pasillos del instituto. Sus grandes ojos color miel, enmarcados por pestañas larguísimas, guardan una distancia calculada con el mundo. Desde que tiene uso de razón, su destino ha estado atados a la sombra de la casa Harrison, una cercanía impuesta por los lazos laborales y sociales que unían a ambas familias.
Sin embargo, en la intimidad de su mente, Sienna habita un universo completamente distinto. Su único y verdadero sueño, aquel que guarda bajo llave en el rincón más profundo de su alma, es ser aceptada en la prestigiosa Academia Cultural de Música para convertirse en pianista concertista. Es una pasión secreta, una contradicción dolorosa, pues ese talento musical lo heredó de su padre, un hombre marcado por la sombra de la violencia y los celos enfermizos, cuya figura dejó una huella imborrable en la psique de Sienna. La música es su refugio, pero también su mayor traición, ya que su madre aborrece todo lo relacionado con ese arte debido al pasado tormentoso que vivió al lado de su exesposo.
Para su madre, la prioridad absoluta siempre ha sido su hermano, Jhoe, el hijo varón y favorito indiscutible, el reflejo de lo que se esperaba en una casa donde la llegada de Sienna no fue precisamente un motivo de alegría. En esa jerarquía emocional invisible, Jhoe lo tiene todo: el favor materno, el respaldo incondicional y un camino allanado hacia el éxito de la mano del deporte y de su mejor amigo de toda la vida: Cole Harrison.
Esa realidad asfixiante tiene raíces profundas en los recuerdos de Sienna. A los siete años, su vida no era más que un campo de batalla psicológico. Recuerda con nitidez las noches en las que debía rogar por la seguridad y la vida de su madre, mientras su hermano Jhoe se refugiaba a salvo en casa de su mejor amigo. Cuando su padre llegaba sumido en episodios de furia y celos delirantes, la casa entera se convertía en un campo de guerra invisible. Aquellas madrugadas terminaban invariablemente en el sofá de la sala, con su padre pidiendo perdón entre lágrimas, repitiendo cuánto las amaba. Una acción enfermiza que llevo a Sienna a cuestionarse, ¿Qué era el amor? Una incógnita que creció con ella y la ha perseguido a lo largo de los años, un amargo reflejo que claramente la a echó perder el interés de lo que es él amor.
El punto de quiebre llegó cuando el abuelo Víctor, el padre de su madre, lo dejó todo en París para mudarse con ellos y rescatarlas del caos. Con su llegada, la atmósfera cambió; el miedo se atenuó y la casa respiró paz. Pero esa tregua infantil se rompió trágicamente cuando el abuelo falleció a los doce años de Sienna. A partir de ese momento, los vínculos con la familia Harrison se estrecharon por obligación social y afectiva. Jhoe vivía prácticamente instalado en la mansión de los Harrison, participando en fiestas de piscina, picnics y celebraciones junto a Cole, quien era el capitán del equipo de hockey y el futuro indiscutible de la disciplina a nivel profesional, respaldado firmemente por su padre.
Sienna, en cambio, siempre se sentía como una intrusa invisible en esos eventos. Mientras arrastraba su soledad, encontró en el patinaje y en la soledad de sus propios pensamientos un escape. Aquella dinámica familiar continuó torturándola silenciosamente hasta que un escándalo sacudió los cimientos de los Harrison: el padre de Cole encontró a su madre, con otro hombre. La separación fue un cataclismo emocional que transformó radicalmente a Cole; el chico alegre y seguro de sí mismo se volvió hosco, propenso a los pleitos en la secundaria, lo que obligó a su padre a llevárselo temporalmente a vivir a París. Pese a la distancia, la hermandad entre Jhoe y Cole se mantuvo intacta a través de llamadas constantes.
Años más tarde, con el regreso de Cole al país para el cumpleaños número diecisiete de Jhoe, el instituto entero enloqueció. Cole se coronó de inmediato como el chico más popular y deseado, el capitán del equipo de hockey sobre hielo, mientras que Sienna intentaba mantenerse al margen de la marea de admiradoras. Su propia vida social se movía en coordenadas muy diferentes: contaba con la complicidad de Vera una rubia de apariencia angelical que suspiraba por Jhoe, un amigo leal Alan, y un novio formal, Elias, el baterista de la banda escolar a quien conoció en la biblioteca. Salir con Elías era solo un experimento, un pasatiempo; para Sienna, el amor romántico no existía, y prefería una relación sin complicaciones que le permitiera ahorrar traumas, enfocada como estaba en sus propios planes secretos.
Desde aquel tenso encuentro en los vestidores del gimnasio, Sienna y Cole han evitado cruzarse de manera directa. La tensión entre ellos es un secreto a voces que ninguno verbaliza, sostenida por el abismo de sus mundos: él, el deportista dorado de la élite; ella, la becada invisible que carga con el peso de ser la hija no deseada y que guarda celosamente sus sueños y sus deseos, en una coraza en la que nadie a podido entrar.
El reflejo de un sueño.
Sienna se queda plantada inmóvil frente al umbral del salón del instituto de música, con la respiración suspendida y los dedos aferrados a la correa de su bolso, observando a través de los cristales el piano de cola que preside el interior.
—Usted, jovencita, le aconsejo no pierda el tiempo y camine hacia la sala en este instante —dice una señora mayor, con una postura impecable y una autoridad, que la toma del brazo, guiándola por el pasillo hasta adentrarse en el salón donde varios jóvenes ensayan piezas con instrumentos de cuerda.
Es hermoso lo que ve, un santuario de notas que la deja sin aliento, hasta que se detiene frente a la responsable de admisiones.
—Vamos, jovencita, no dispongo de todo el día y le pido por favor que se concentre —le reclama la mujer con estricta formalidad.
—Disculpe, pero yo no vine a... —intenta explicarse Sienna, visiblemente intimidada, pero la mujer la interrumpe con elegancia y absoluta firmeza.
—¿Acaso no desea postularse a la Academia Cultural de Música? Le sugiero que no me haga perder el tiempo, ya que las inscripciones concluyen hoy, si no ha venido a la prueba, ¿para qué se ha tomado la molestia de venir hasta aquí? —La mujer la examina con una seriedad imponente ante su propia interrogante, dejándola desarmada y sin palabras. ¿Qué está haciendo ahí?
A venido guiada por un impulso de ver cómo eran las pruebas, sin imaginar verse atrapada en medio de una decisión tan importante. Es una locura; las inscripciones cierran hoy y quizás este sea el único giro que su destino necesite para escapar de la sombra de Jhoe y buscar su propio camino.
