Fuera de los límites del deseo.

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Capítulo 1 Casualidad o Destino.

Capítulo 1.

Casualidad o Destino.

El vapor del agua caliente asciende intentando disipar el sudor acumulado tras una larga jornada en el gimnasio. Sienna se encuentra bajo el chorro de la ducha, intentando lavar el cansancio físico y la pesadez mental que arrastra desde hace días. Afuera, el pasillo vibra con un eco ensordecedor. Una horda de adolescentes grita su nombre con una urgencia casi salvaje; es la rutina diaria, la persecución constante hacia el mariscal de campo de la preparatoria. Sienna suelta una risita seca, una mezcla de burla y hastío ante la histeria colectiva que domina el exterior, cuando un golpe seco y violento estremece el seguro del cubículo. Antes de que pueda procesar el sonido, la puerta se abre de golpe y se cierra con rapidez.

Cole Harrison está adentro.

Con movimientos rápidos y calculados, echa el pestillo, asegurando la puerta sin importarle en lo más mínimo que ella está completamente expuesta.

—¿Pero qué coño haces? ¿Acaso no ves que está ocupado? —exclama Sienna, con la voz temblorosa de la sorpresa y la furia. Se cubre los senos precipitadamente con la camisa húmeda, mientras lo enfoca con una mirada que echa chispas—¡Largo, vamos, sal de aquí!

—Shhh —la interrumpe él, levantando un dedo con urgencia y pegando los labios en una seña imperativa para que se calle.

—¿Cómo te atreves a callar?

— Has silencio, te van a escuchar…— Intenta articular, pero ella lo interrumpe.

— Que no, largo, vete… —Intenta empujarlo hacia la salida, negándose a ceder ante su presencia abrumadora, cuando Cole reacciona de golpe: le toma las mejillas con ambas manos y la besa.

El aire se congela en los pulmones de Sienna. Intenta forcejear, empujándolo con los puños cerrados contra su pecho duro, mientras afuera los gritos del club de fans se intensifican, buscando al chico por cada rincón de los vestidores.

—¿Dónde se ha metido? —se escucha gritar a lo lejos, amortiguado por la puerta.

—¡Cole! —corean otras voces desesperadas.

Ajena al caos que él ha creado, la presión de sus manos cambia de dirección. Cole desliza las palmas hacia la nuca y las caderas de Sienna, tirando de ella hacia su cuerpo. Sienna intenta retroceder, dar un paso atrás para escapar de esa trampa magnética, pero sus movimientos torpes empeoran las cosas: su espalda tropieza con la palanca y activa de golpe el sensor de la regadera.

El agua fría y repentina los empapa de inmediato, cayendo en cascada sobre sus cabezas y deteniéndolos apenas por unos segundos. El contraste del agua helada sobre la piel caliente corta la respiración. Sienna lo mira fijamente a los ojos; él le devuelve la mirada con una intensidad que quema. El cuerpo de Sienna, que hasta hace un segundo luchaba por repelerlo, comienza a ceder, traicionado por una cercanía que se vuelve magnética e insoportable.

En ese preciso instante, una de las chicas del club de fans golpea la puerta del cubículo con desesperación.

—Está ocupado —logra decir Sienna, con la voz extrañamente ronca, sin apartar los ojos de Cole.

Afuera, los pasos retroceden un poco, pero no se van. Siguen ahí, al acecho.

La atmósfera dentro del cubículo se vuelve irrespirable. Cole y ella se miran, agitados, con los pechos subiendo y bajando al compás de respiraciones compartidas. El agua corre por el rostro de Cole, pegando los mechones de su cabello castaño oscuro a la frente y dándole ese inconfundible aire de chico malo, salvaje y peligroso que vuelve locas a todas las chicas de la escuela. Ese detalle, tan simple pero arrollador, hace que el cuerpo de Sienna se estremezca desde la raíz.

Ella nota que él no se aparta ni un centímetro al contrario, da un paso al frente con una arrogancia calculada, la acorrala sin piedad contra los azulejos húmedos de la pared.

Cole la vuelve a besar, pero esta vez no hay vacilación. Es un beso hambriento, de una intensidad que quema los labios y nubla el pensamiento. Sienna apenas logra corresponder, atrapada en el torbellino. Sintiendo que el suelo se le escapa, él la envuelve con fuerza, tomando sus muslos firmemente para cargarla sobre su regazo. La apoya por completo contra la pared, elevándola del suelo, mientras sus muslos quedan aprisionados a los lados de su cadera.

La lengua de Cole se abre paso en su boca en un movimiento posesivo. Con una mano, Sienna aferra la tela de su propia camisa que apenas cubre sus senos, y con la otra se aferra con desesperación a la nuca de él, rindiéndose al deseo de esa intensa atracción que los envuelve, correspondiendo a sus besos hasta que, finalmente, los murmullos del pasillo se apagan y el silencio vuelve a reinar al otro lado de la puerta.

Ambos se miran de cerca, con los labios hinchados que se rozan por pura inercia. Cole aprieta la mandíbula con fuerza, conteniendo un impulso más oscuro.

De golpe, la realidad cae sobre Sienna como un balde de agua fría. Las defensas se activan, recordando quién es él y quién es ella. Con un movimiento brusco, se aparta, bajándose de su regazo con la respiración entrecortada y el pecho agitado.

—Ya se fueron, tienes que irte antes de que alguien venga y te encuentre aquí —señala la puerta con seriedad, intentando disimular el temblor de sus manos. Su expresión se endurece por completo, la ceja arqueada marcando distancia— ¿Qué estás esperando? Largo.—Exclama, fingiendo una indiferencia que no siente.

Él la mira serio durante unos segundos interminables, analizando cada rastro de resistencia en su rostro, antes de soltar una sonrisa ladina, cargada de suficiencia.

—Gracias por ayudarme —murmura con voz ronca, y con un gesto provocador le da un toquecito condescendiente en la barbilla.

El gesto enciende la chispa del orgullo herido de Sienna.

—Sí, sí, vamos, ya largo, fuera —lo empuja con ambas manos, sacándolo a empellones del cubículo.

—¿Me vas a decir que no lo disfrutaste? —pregunta él desde el umbral, con una ceja alzada y esa chulería típica que lo caracteriza.

—En tus sueños, Harrison.

Sienna le saca el dedo medio con desprecio y le estrella la puerta en las narices con un golpe seco.

Al quedarse sola, se desploma contra la pared del baño, apoyando la espalda con el rostro completamente desencajado y la mirada fija en el vacío. Apenas puede creer la secuencia de eventos que acaba de protagonizar.

Acaba de entregarse al borde del abismo con nada más y nada menos que Cole Harrison. Un chico de diecisiete años, de tez clara, un metro setenta y dos de estatura, cabello castaño oscuro, ojos verdes grisáceos, nariz respingada, labios finamente gruesos, mandíbula cincuestrada y marcada, y unos músculos esculpidos a base de disciplina y gimnasio. Un semental, guapo, inalcanzable, codiciado por absolutamente todas las chicas de la preparatoria… e incluso por ella, aunque jamás lo admitiría en voz alta.

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