Capítulo 6 Capítulo 6.- La firma y el abismo (Continuación)
—Tú destruiste tu imagen el día que decidiste tratar a una mujer como si fuera basura descartable —intervine yo, dando un paso firme hacia él—. No te importó mi vida, no te importó tu hijo y no te importó mentirle a Valeria durante meses. Así que no vengas a hablarme de moral.
Julián me miró con una mezcla de odio purísimo y desesperación.
—Te vas a arrepentir de esto, Carmen —siseó, acercándose un milímetro, ignorando el dolor de su cara—. Crees que ganaste, pero no conoces a esta familia. Mi madre te va a hacer la vida un infierno. Valeria se va a encargar de que no puedas poner un pie en ningún club ni evento. Y mi tío... mi tío tarde o temprano se va a cansar de tu jueguito.
—Que lo intenten —respondió Damián por mí, poniéndose a mi lado y pasándome un brazo por la espalda. El contacto me dio una descarga de fuerza inesperada—. A partir de hoy, cualquier ataque hacia Carmen será tomado como un ataque directo hacia mí. Y tú más que nadie sabes lo que pasa cuando alguien se mete conmigo, Julián.
Julián apretó los dientes. Tiró el papel sobre la mesa, se acomodó el saco como pudo y me lanzó una última mirada llena de veneno.
—Eres una maldita zorra —maldijo en voz baja.
—Fuera de mi casa —ordenó Damián en un tono tajante.
Julián dio media vuelta y caminó a zancadas hacia el ascensor. Las puertas se cerraron tras él con un chasquido metálico, dejándonos de nuevo en un silencio absoluto.
Me dejé caer en uno de los sillones de cuero.
Sentía las manos temblando descontroladamente y las lágrimas, que había estado aguantando durante toda la discusión, finalmente comenzaron a rodar por mis mejillas.
La tensión acumulada de los últimos días estaba explotando de golpe.
Damián se acercó lentamente, se agachó frente a mí y me ofreció un pañuelo de tela blanca.
—Tranquila —dijo con voz suave, un tono completamente distinto al que le había usado a su sobrino—. El primer golpe siempre es el más duro. Pero ya pasó.
Tomé el pañuelo y me limpié los ojos.
—Dijo que me va a hacer la vida un infierno —susurré, mirando a Damián—. Tiene razón en algo: su madre y la sociedad de esta ciudad me van a despedazar.
—No si se lo permitimos —respondió él, tomando mis manos temblorosas entre las suyas. Sus manos eran grandes, cálidas y ásperas, las manos de un hombre que había trabajado duro antes de tener todo el dinero del mundo—. Carmen, escúcheme bien. Julián no tiene poder aquí. El poder lo tengo yo, y ahora, por extensión, lo tiene usted. Mañana voy a convocar a una junta directiva en la empresa.
—¿Una junta? ¿Para qué?
—Para anunciar formalmente nuestro matrimonio a los socios y a los medios —dijo Damián, con una chispa de determinación en sus ojos grises—. Vamos a tomar la delantera. Si dejamos que ellos cuenten la historia, dirán que usted es una impostora. Si la contamos nosotros, seremos la pareja del año.
Lo miré, sorprendida por la velocidad con la que calculaba cada paso.
—¿Y qué pasa con mi trabajo? No puedo volver a ser la secretaria en la oficina como si nada hubiera pasado.
—Claro que no —sonrió él—. Mañana renuncia a su puesto actual. Y por la tarde, la nombraré Directora del Comité de Responsabilidad Social de la firma. Tendrá su propia oficina, su propio equipo y un sueldo diez veces mayor al que tenía.
—Damián... eso es demasiado —dije, sintiéndome abrumada—. Los empleados van a chismear, van a decir que me vendí.
Damián se levantó, manteniendo la mirada fija en mí.
—Que digan lo que quieran. La gente siempre habla, Carmen. La diferencia es que ahora van a hablar mientras usted firma sus cheques. Ahora, vaya a descansar unas horas. Por la tarde vendrá un diseñador a traerle un vestuario adecuado para la rueda de prensa de mañana.
Me quedé mirándolo mientras él caminaba hacia su escritorio. Había algo en su forma de protegerme que me desconcertaba. No era solo cálculo político o una simple lección para su sobrino. Había algo más en la mirada de Damián cuando me veía, una atención casi obsesiva pero profundamente respetuosa.
Me llevé la mano al vientre, sintiendo una extraña paz en medio del caos.
La venganza contra Julián ya había cobrado su primera víctima: su orgullo. Pero al mirar a Damián a la distancia, trabajando en sus documentos con una compostura envidiable, me di cuenta de un peligro nuevo y mucho mayor.
El problema ya no era Julián. El verdadero problema era que este matrimonio falso con un hombre tan imponente, maduro y protector... empezaba a sentirse demasiado real.
El diseñador llegó puntualmente a las cuatro de la tarde acompañado por dos asistentes que cargaban percheros repletos de vestidos de alta costura.
No hubo tiempo para asimilar la rapidez con la que mi vida estaba cambiando; entre medidas, telas de seda y tonos neutros, me vi transformada en la mujer que la familia Silva jamás esperó ver.
Damián observaba la escena desde el umbral del salón, en silencio, tomando sorbos de un café negro.
—La verde botella resalta sus ojos, señor Silva —comentó el diseñador, ajustando la caída de un vestido de corte imperial que disimulaba con elegancia cualquier indicio de mi incipiente embarazo.
—Le queda perfecto —respondió Damián, fijando su mirada en la mía a través del espejo. No había rastro de burla en sus ojos, solo una firme aprobación—. Carmen, mañana la prensa no buscará la verdad; buscará sangre. Queremos que vean seguridad.
—Sé actuar bajo presión, Damián —le contesté, girándome hacia él y sosteniéndole la mirada—. Trabajé tres años en tu empresa aguantando las exigencias de tu sobrino. Salir ante las cámaras no me va a intimidar.
Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios.
—Eso es lo que me gusta de usted.
Cuando el diseñador se retiró, la calma volvió al penthouse, pero la tensión eléctrica entre los dos permanecía intacta. Me acerqué al ventanal que daba a la ciudad iluminada. A lo lejos, el edificio de la empresa destacaba en el horizonte. Mañana regresaría allí, pero ya no a marcar tarjeta ni a servir café.
—Julián no se quedará de brazos cruzados —dije en voz baja, sin voltear—. Buscará la forma de dañarme a través de la prensa o de tu cuñada.
Damián caminó despacio hasta detenerse a mi lado. Su cercanía me transmitió una calidez imprevista, un contraste helado contra el temor que sentía por el mañana.
—Que lo intente —susurró con calma—. Para cuando se dé cuenta de su error, el apellido Silva ya protegerá legalmente a este niño, y usted tendrá el control de la directiva.
Le eché una mirada de reojo, sintiendo un nudo en la garganta. La venganza marchaba sobre ruedas, pero el verdadero desafío comenzaba a ser él: un hombre tan enigmático como peligroso para mi propio corazón.
