Esposa por venganza

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Capítulo 3 Capítulo sCapítulo 3.- El valor de un apellidoin título

—Si da dos pasos más y abre la boca —continuó Damián, sin elevar la voz, manteniendo esa compostura imponente—, la seguridad de la gala la sacará a la calle en menos de treinta segundos. Mañana habrá una demanda en su contra por difamación y su carrera estará acabada. Julián saldrá ileso, como siempre lo hace, y usted se quedará con las manos vacías... y con ese hijo que lleva en el vientre.

Me quedé helada. Se me cortó la respiración.

—¿Cómo... cómo sabe usted...? —susurré, sintiendo que las piernas me temblaban.

Damián miró hacia donde estaba su sobrino, quien seguía riendo ajeno a todo a unos metros de distancia. La mirada del hombre mayor se volvió fría, casi despectiva hacia Julián. Luego, volvió a fijar sus ojos grises en mí.

—Sé muchas cosas, Carmen. Sé que mi sobrino es un cobarde, sé que le prometió el cielo y sé que pretendía deshacerse de usted hoy mismo.

—Entonces déjeme arruinarlo —dije, sintiendo la rabia mezclarse con la desesperación—. No me importa lo que me pase a mí. ¡Ese hombre no se sale con la suya!

Damián me soltó el brazo lentamente. Se acomodó los gemelos de plata de su camisa y me miró con una sombra de intriga en el rostro.

—Hacer un escándalo en una fiesta es de principiantes, Carmen. No lo destruirá; solo le dará un dolor de cabeza de un par de días a la familia y a usted la dejará en la miseria —se acercó un paso más a mí, de modo que solo yo pudiera escuchar sus palabras—. Si de verdad quiere venganza, si de verdad quiere que mi sobrino pague por lo que le hizo y que su hijo tenga todo lo que le corresponde... no le grite.

Parpadeé, confundida por la intensidad de su presencia.

—¿De qué está hablando?

Damián ofreció su brazo doblado hacia mí, con una cortesía elegante e inquebrantable.

—Acepte mi brazo. Caminemos hacia esa mesa. Mañana a primera hora, un juez nos casará en mi despacho privado.

El mundo pareció detenerse. Los murmullos de la fiesta, la música, todo se apagó.

—¿Casarnos? —repetí, creyendo que había escuchado mal—. ¿Usted y yo? ¿Por qué haría algo así?

Damián dibujó una sonrisa mínima, casi imperceptible, en sus labios. Una sonrisa que no reflejaba calidez, sino un dominio absoluto del juego.

—Porque Julián necesita aprender una lección sobre las consecuencias. Y porque prefiero tener a una mujer valiente como usted de mi lado, que a un idiota ambicioso como él manejando mi empresa —hizo un leve gesto con el brazo esperando que lo tomara—. Conviértase en mi esposa, Carmen. Entre a esa casa no como la empleada despechada... sino como la tía a la que Julián tendrá que inclinarle la cabeza el resto de su vida.

Miré el brazo que me ofrecía. Luego miré a Julián, que en ese momento se giró y me vio a lo lejos. La sonrisa de mi ex se congeló al instante al notar a Damián a mi lado. El pánico puro cruzó los ojos de Julián.

Volví la mirada a Damián Silva.

Puse mi mano sobre su brazo.

—Acepto —dije.


La piel de mi brazo se erizó bajo la tela de mi vestido al sentir el peso del toque de Damián. No era un contacto agresivo, pero tenía una firmeza tan absoluta que me hizo comprender, en un solo segundo, que acababa de cruzar una línea sin retorno.

A pocos metros, Julián me miraba con los ojos desorbitados. Sostuvo su copa de champaña a medio camino de los labios, paralizado, viendo cómo la mujer a la que amenazó hacía un par de días estaba tomada del brazo del único hombre al que le temía en este mundo.

—Tranquila —murmuró Damián junto a mi oído, sin perder esa postura impecable de aristócrata—. Mantenga la barbilla en alto, Carmen. A partir de esta noche, usted no le debe explicaciones a nadie en este salón.

—Señor Silva... esto es una locura —susurré, sintiendo que el corazón me martillaba en el pecho—. Ni siquiera me conoce. No sabe si soy una impostora.

—Conozco a los hombres como mi sobrino desde hace cuarenta años, y sé reconocer cuando una mujer dice la verdad —respondió él, guiándome con pasos pausados hacia el grupo donde la madre de Julián conversaba—. Además, si quisiera un fraude, habría elegido a alguien más fácil de manipular. Usted tiene fuego, Carmen. Y para sobrevivir en esta familia, el fuego es lo único que evita que te congelen vivo.

Antes de que pudiera procesar sus palabras, Beatriz Silva se giró. Su rostro, estirado por cirugías y maquillado a la perfección, pasó de la amabilidad diplomática a un gesto de profundo desagrado al fijar su mirada en mí.

—Damián, querido... —dijo Beatriz, ajustándose un collar de diamantes que debía valer más que mi vida entera—. ¿Quién es esta jovencita? Me parece haberla visto en los pasillos de la empresa. ¿Es alguna de las secretarias del piso tres?

Julián se acercó a toda prisa, dejando a su prometida, Valeria, unos pasos atrás. Tenía la frente perlada de sudor y una sonrisa forzada que rozaba el ridículo.

—Tío Damián... ¿qué está pasando aquí? —preguntó Julián, intentando que su voz no temblara, aunque el tono delató su pánico—. Carmen es... es mi asistente. Bueno, mi exasistente. Estaba a punto de pedirle a la seguridad que la acompañe a la salida. No sé qué hace en el área VIP.

Damián no se inmutó. Lentamente, metió una mano en el bolsillo de su pantalón y miró a Julián de arriba abajo con una fría condescendencia.

—Nadie va a sacar a nadie, Julián —dijo Damián, y su voz rasposa resonó con el impacto de un mazo judicial—. Carmen vino como mi invitada personal.

Un silencio helado cayó sobre el pequeño círculo. Valeria, la prometida, dio un paso al frente, cruzando los brazos sobre su vestido verde esmeralda.

—¿Tu invitada personal, Damián? —preguntó Valeria, frunciendo el ceño—. Perdona la intromisión, pero nunca te hemos visto con compañía en los eventos de la firma. Y menos con una... empleada.

—Las cosas cambian, Valeria —respondió Damián tranquilamente—. Y es preferible que se acostumbren desde esta noche. Carmen no volverá a trabajar en la oficina. A partir de hoy, su lugar está a mi lado.

Julián dio un paso hacia mí, apretando los puños. Podía ver las venas de su cuello hinchadas por la rabia contenidos.

—Carmen, ¿de qué juego se trata esto? —me espetó en voz baja, inclinándose hacia mí—. Te dije que te fueras de la ciudad. Te ofrecí dinero. ¿Qué demonios le dijiste a mi tío?

Sentí un chispazo de rabia recorrer mi cuerpo. La duda y el miedo de hace unos minutos se evaporaron. Apreté el brazo de Damián con un poco más de fuerza, buscando un punto de apoyo, y miré a Julián directamente a los ojos.

—No le dije nada que no fuera la verdad, Julián —respondí, asegurándome de que mi voz sonara clara y sin temblores—. Y el señor Damián tuvo la decencia de escucharme. Algo que tú jamás hiciste.

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