Capítulo 1 Capítulo 1.- El eco de una promesa
Había aprendido a contar el tiempo en suspiros y robos de minutos. Cuarenta y cinco minutos en su oficina con la puerta con cerrojo. Veinte minutos en el estacionamiento subterráneo dentro de su camioneta con los vidrios polarizados. Cinco minutos en el pasillo de servicio, donde nadie miraba.
Así habían sido mis últimos ocho meses: un amor a retazos, escondido entre los archivadores y las sombras de la empresa Silva & Asociados.
Pero esa mañana, mientras el marcador de la prueba de embarazo de la farmacia mostraba dos líneas rosadas perfectamente definidas, no sentí miedo.
Sentí una ola de calidez recorrer mi pecho. Ya no seríamos un secreto. Esto lo cambiaba todo. Un hijo no era algo que se pudiera esconder en un cajón.
Guardé la pequeña varilla de plástico en el bolsillo de mi saco, me miré al espejo del baño de la oficina, me arreglé el labial y respiré hondo.
—Tranquila, Carmen —me dije en un susurro, acariciando mi vientre aún plano—. Es hoy.
Salí al pasillo del piso ejecutivo. El aroma a café recién molido y el murmullo de los teclados eran el ruido de fondo habitual. Caminé hacia la oficina principal, esa puerta de caoba pesada con la placa dorada que leía: Julián Silva - Director General.
Casi nunca entraba sin llamar, pero hoy era diferente. Hoy no era la secretaria ejecutiva entregando el informe del tercer trimestre; era la mujer que llevaba a su hijo.
Giré la manija despacio y empujé la puerta.
Julián estaba de espaldas, mirando por el ventanál que daba a la ciudad. Llevaba el saco del traje desabotonado y el teléfono pegado a la oreja. Su voz, esa voz suave y rasposa que me había jurado amor un millar de noches, resonaba en el amplio espacio.
—Te lo juro, mi amor, los manteles serán de seda marfil como quieres —decía, dejando escapar una risita baja—. Si tu madre prefiere las orquídeas blancas para los centros de mesa, que así sea. No voy a discutir por eso.
Me congelé a mitad del paso. El aire se me escapó de los pulmones de un solo golpe.
—Sí, la cita con el diseñador del vestido es a las cuatro —continuó él, jugando con el bolígrafo de plata en su escritorio—. Te veo ahí, Valeria. Te amo.
Julián colgó, soltó un suspiro de satisfacción y se giró. Al verme parada a unos pasos de la entrada, su rostro pasó de la relajación al fastidio absoluto en una fracción de segundo.
—Carmen, ¿cuántas veces te he dicho que toques antes de entrar? —dijo, acomodándose la corbata y caminando hacia su escritorio—. Si alguien te ve entrar así, va a empezar a murmurar. Ya sabes cómo es la gente de este piso.
No pude responder. Sentía la garganta seca, como si hubiera tragado arena.
—¿Qué pasa? Te ves pálida —agregó, revisando unos papeles sin mirarme a los ojos—. Necesito que me revises la agenda de la próxima semana. Tengo que despejar tres días para la prueba del traje de novio y la cena de ensayo.
—¿Cena... de ensayo? —mi voz salió tan débil que apenas pareció mía.
Julián se detuvo. Levantó la vista y suspiró con pesadez, pasándose una mano por el cabello.
—No empieces, Carmen. Ya hablábamos de esto.
—¿De qué hablábamos, Julián? —dar un paso adelante me costó un esfuerzo sobrehumano—. Me dijiste que lo tuyo con Valeria era solo un compromiso de negocios de tu familia. Me dijiste que estabas buscando el momento adecuado para cancelarlo. ¡Me dijiste que me amabas a mí!
—Y te quiero, Carmen, pero tienes que ser realista —dijo, bajando la voz y acercándose a mí con ese tono manipulador que tanto conocía—. Las cosas en la familia Silva no son tan simples. Mi posición en la empresa depende de esta alianza. La boda con Valeria se va a hacer.
—¿Se va a hacer? —un risa amarga y ahogada se me escapó del pecho—. ¿Y yo qué soy, Julián? ¿Qué fui todos estos meses? ¿Tu pasatiempo de oficina mientras llegaba el día de vestirte de etiqueta?
—¡Claro que no! —exclamó, intentando tomarme de las manos, pero me aparté de un golpe—. Eres importante para mí. Pero esto es los negocios, es mi futuro. Si de verdad me quieres, entenderás que tenemos que mantener las cosas como están. Discretas.
—¿Discretas? —repetí, sintiendo las lágrimas agolparse en mis ojos, ardiendo por salir—. ¿Quieres que siga siendo tu amante de clóset mientras te casadas con otra?
—¡Baja la voz! —siseó, mirando hacia la puerta de cristal—. No hagas un drama. Eres una mujer inteligente, no te comportes como una niña caprichosa. Te doy un buen sueldo, te trato bien, te he dado libertades que ninguna otra asistente tiene...
—Estoy embarazada, Julián.
El silencio que siguió cayó como un yunque sobre la habitación.
El color desapareció por completo del rostro de Julián. Sus ojos se abrieron de par en par y dio un paso atrás, como si le hubiera mostrado una serpiente venenosa.
—¿Qué... qué dijiste? —balbuceó.
Metí la mano en el bolsillo, saqué la prueba de plástico y la tiré sobre su escritorio de caoba. Cayó con un chasquido seco.
—Estoy esperando un hijo tuyo —dije, tratando de mantener la voz firme a pesar de que el mundo se me desmoronaba por dentro.
Julián miró el objeto como si fuera una bomba de tiempo. No lo tocó. Se pasó ambas manos por la cara, soltando una maldición entre dientes.
—No, no, no... Esto no puede ser. Carmen, dime que es una broma.
—¿Parezco estar bromeando? —le pregunté, con el corazón latiéndome desbocado en los oídos—. Fui al médico ayer. Tengo dos meses, Julián. Es tuyo.
—¡Claro que es mío, pero el momento es pésimo! —estalló él, caminó de un lado a otro de la oficina como un animal enjaulado—. ¿Tienes idea de lo que esto significa? La boda es en un mes. La familia de Valeria está invirtiendo millones en el nuevo proyecto de la empresa. Si esto sale a la luz, mi tío me quita la dirección antes de que termine el día.
Me quedé mirándolo, incrédula.
Busqué en sus ojos atisbos del hombre del que me había enamorado, del tipo que me besaba al anochecer y me decía que yo era su refugio. No había nada.
Solo un hombre aterrorizado por perder su dinero y su estatus.
—Ni una sola palabra sobre el bebé —dijo, de pronto, deteniéndose frente a mí—. No me preguntaste si estaba bien. No dijiste nada sobre nosotros. Solo te importa tu puesto y tu boda.
—Carmen, sé razonable —dijo, bajando el tono, intentando usar de nuevo esa dulzura falsa que ahora me daba náuseas—. No podemos tener este bebé. No ahora.
Sentí como si me hubieran propinado un golpe en el estómago.
—¿Qué estás diciendo?
—Te voy a dar el contacto de una clínica privada en el extranjero —dijo, apresurado, sacando su billetera—. Pide un mes de vacaciones. Yo me encargo de todos los gastos. Te daré un bono, una compensación generosa para que te compres un departamento, lo que quieras. Pero este embarazo no puede continuar.
