Escondiendo al hijo del CEO.

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Capítulo 6 El Diario.

La oficina ejecutiva de la torre Volkov solía ser el santuario de Eliot, el único lugar donde ejercía un control absoluto sobre cada variable de su vida. Sin embargo, desde la mañana de Año Nuevo, el orden metódico de su mente se había desmoronado.

No podía dejar de pensar en esa noche.

El recuerdo no era claro, sino una bruma espesa de sensación y fuego. Sabía que ambos habían bebido demasiado, pero lo que lo atormentaba era la incerteza: ¿se había cuidado? ¿Cómo demonios terminaron cruzando la línea que mantuvieron intacta durante cinco años? Y, sobre todo, ¿por qué no podía sacarse la imagen de su esposa de la cabeza?

No recordaba las palabras exactas que ella le había susurrado en la penumbra, pero recordaba la calidez de su piel, la rendición en sus ojos y lo ridículamente hermosa que se veía bajo su cuerpo.

Sentirse fascinado por Daphne le provocaba una mezcla de náuseas y culpa. Él no la amaba. Ella era la condena que sus padres le habían impuesto, la intrusa que lo separaba de la mujer que verdaderamente importaba. Polina era, y siempre había sido, la única en su corazón.

—¿Amor?

La voz dulce de Polina cortó el silencio de la oficina. La puerta se abrió y la joven avanzó hacia él con una sonrisa brillante, luciendo un impecable traje de diseñador.

—¡Feliz Año Nuevo! —dijo ella rodeando el escritorio para envolverlo en un abrazo afectuoso—Te extrañé tanto estos días...

Polina se inclinó, cerrando los ojos para buscar sus labios en un beso de bienvenida. Pero cuando sus rostros estuvieron a milímetros, la mente de Eliot traicionó su cuerpo. En lugar del rostro de Polina, la memoria le devolvió la textura de los labios suaves y entreabiertos de Daphne en la penumbra de aquella habitación.

De forma casi instintiva, Eliot echó la cabeza hacia atrás y suavemente la tomó de los hombros, apartándola unos centímetros.

Polina parpadeó, confundida, mientras su sonrisa se congelaba.

—¿Eliot? ¿Pasa algo? —Cuestiono ella.

—No... lo siento —improvisó él de inmediato, tratando de disimular la rigidez de sus postura.—. Estoy un poco agotado por las reuniones de fin de año con el consejo. No he dormido bien. —Se excuso Eliot.

—Oh —murmuró ella, analizando el rostro de su amante con una chispa de sospecha que ocultó tras un gesto de preocupación.—¿Cómo la pasaste en la cena familiar? Me dolía tanto no poder estar a tu lado... —Susurro Polina en un gesto triste.

—Fue... lo habitual. Mis padres, los Sterling, negocios y el protocolo de siempre. —Respondió Eliot con evasivas, cortando el tema. No pensaba admitir lo que había sucedido. Había sido un maldito accidente inducido por el alcohol, una debilidad de la que se arrepentía.

—Entiendo. Bueno, vine para revisar la agenda de la próxima gira a Milán y...

—Tendremos que posponerlo, Polina. —la interrumpió él, poniéndose de pie y recogiendo unos documentos de su escritorio.—Tengo una reunión urgente con la mesa directiva en tres minutos. Hablaremos de los viajes más tarde.

Polina lo observó en silencio mientras él salía apresuradamente de la oficina sin mirarla a los ojos. Una vez que la puerta se cerró, la fachada de mujer abnegada de Polina se desvaneció por completo. Se cruzó de brazos, soltando una risita cínica y helada mientras contemplaba el sillón vacío de Eliot.

—Estúpido —murmuró para sí misma en un susurro cargado de desprecio.

Esa misma tarde, impulsado por un malestar que no lograba descifrar, Eliot ordenó a su equipo de seguridad privada una investigación exhaustiva sobre Daphne Sterling.

Los informes que llegaron a su mesa horas después no decían nada relevante: colegios de élite, clases de etiqueta, eventos de caridad obligatorios y una vida social prácticamente nula desde que se casó con él. Información superficial. Vacía.

Frustrado, Eliot abrió el cajón inferior de su escritorio y sacó el álbum fotográfico de su boda, un libro pesado de cuero que jamás se había molestado en hojear.

Al pasar las páginas, sus ojos se detuvieron en las fotos de Daphne. Al principio solo vio la imagen de la mujer dócil que sus padres habían elegido, pero al observar con atención, los detalles comenzaron a saltarle a la vista. La sonrisa de Daphne en cada toma era impecable, pero jamás alcanzaba sus ojos.

Sus hombros siempre estaban ligeramente rígidos, y en las fotos donde mantenía las manos cruzadas frente al vestido, sus dedos índices se apretaban contra las palmas de forma compulsiva.

Un tic nervioso. Eliot reconoció el gesto de inmediato. Se lo había visto hacer en la casa decenas de veces cuando él entraba a una habitación.

Estaba aterrorizada, comprendió de pronto.

—Es linda... —musitó Eliot en voz alta antes de poder detenerse. Inmediatamente se maldijo a sí mismo en ruso, cerrando el álbum de golpe. ¿Qué demonios le estaba pasando? Daphne era una manipuladora consentida. Tenía que serlo.

Pero la duda ya se había instalado en su pecho como una infección.

Dos días después, aprovechando que Daphne había salido a hacer unas compras para la casa acompañada por Carol, Eliot hizo algo que jamás había considerado en cinco años de matrimonio: cruzó el largo pasillo y entró a la habitación de su esposa.

El espacio lo recibió con un aroma suave a lavanda y vainilla. A diferencia de la sobriedad oscura del resto de la mansión, la habitación de Daphne era cálida, femenina y ridículamente ordenada.

Eliot caminó a pasos lentos, sintiéndose un intruso en su propia casa. Sobre la repisa de la ventana notó una pequeña alcancía de cerámica con una etiqueta hecha a mano que decía: Para el futuro. Frunció el ceño. ¿Para qué querría dinero la esposa de un multimillonario?

Un poco más allá, colgado en la pared junto al tocador, había un calendario. Cada día transcurrido del mes tenía una gruesa 'X' marcada con tinta negra. Daphne estaba contando los días. Esperaba algo con una impaciencia casi desesperada.

El divorcio, pensó él con amargura. Eran los cinco años del contrato.

Movido por una curiosidad enfermiza y obsesiva, Eliot comenzó a abrir los cajones del escritorio de madera. Entre libros de cocina y patrones de tejido hechos a mano, sus dedos tropezaron con un pequeño cuaderno de pasta de cuero gastada con un broche de metal.

Un diario personal.

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