Capítulo 5 Intento.
Durante media década, la vida de Daphne se redujo a evitar a Eliot y a sobrevivir a la indiferencia de su hogar. Cuando él estaba en la residencia, los pasillos se volvían zonas de guerra.
Al principio, Daphne intentó demostrarle que no era su enemiga, que ella también era una víctima de la ambición de sus familias. Pero tras estrellarse una y otra vez contra la muralla de hielo de su esposo, terminó por rendirse. El silencio se convirtió en su única tregua.
Ante la alta sociedad, los Volkov eran la pareja perfecta. Elegantes, multimillonarios, impecables. Sin embargo, en la mansión la realidad era otra. Sus habitaciones privadas estaban separadas por un largo pasillo, cara a cara pero a kilómetros de distancia. Solo cuando recibían visitas de los socios, la prensa o sus padres, ambos debían trasladarse a la suite principal del centro del pasillo.
Allí fingían compartir cama, durmiendo cada uno en un extremo del colchón King Size, conteniendo la respiración para no rozarse accidentalmente.
Para Daphne, el verdadero infierno comenzó al tercer año de matrimonio, cuando Polina fue contratada como la "asistente personal" de Eliot.
A partir de ese momento, Daphne dejó de acompañarlo a viajes de negocios y galas internacionales, excusándose siempre.
La herida más profunda de Daphne jamás fue el encierro, sino una noche en que, al regresar él de un viaje, la joven escuchó accidentalmente una llamada desde el despacho: Eliot le aseguraba a Polina que jamás compartiría una cama real con Daphne para nada más que dormir, mientras entre gemidos le juraba que ella era la única mujer a la que deseaba.
Rota, pero con la cuenta regresiva de los cinco años fijada en su cabeza, Daphne canalizó su dolor en prepararse para el día en que fuera libre.
En secreto, y esquivando los ojos de su propia madre, Daphne aprendió a cocinar, a limpiar y a tejer con la ayuda de Carol, la ama de llaves más anciana de la casa. Ahorraba cada centavo de la asignación que le daban y construía en silencio la mujer independiente en la que se convertiría tan pronto como el divorcio fuera una realidad.
La noche de Fin de Año del quinto aniversario marcó el límite del contrato.
La cena tuvo lugar en la imponente propiedad de los patriarcas Volkov. Al ser un evento familiar íntimo, Polina no pudo asistir por riesgo a levantar sospechas entre la mafia, por lo que Eliot y Daphne se vieron obligados a desempeñar una vez más el papel del matrimonio perfecto.
Todo transcurría con una tensión soportable hasta que, a mitad de la cena, Nikolai Volkov dejó caer el tenedor sobre el plato de porcelana.
—Cinco años, Eliot… —dijo el patriarca con voz profunda y grave.—Ha pasado el tiempo estipulado. ¿Dónde está el heredero de la familia? —Eliot estuvo a punto de atragantarse con el vino, mientras que Daphne sintió que se le helaba la sangre.
—Padre, hemos estado... enfocados en la expansión de la empresa.—improvisó Eliot, ajustándose la corbata con incomodidad.
—Aún estamos disfrutando de nuestros primeros años de matrimonio... —balbuceó Daphne, intentando esbozar la delicada sonrisa que le habían enseñado desde niña.
Arthur Sterling y Nikolai Volkov intercambiaron una mirada sombría. La excusa no convenció a nadie. Sin que los jóvenes lo supieran, las dos familias habían decidido esa misma noche que no permitirían que la alianza comercial se disolviera por la falta de un hijo.
Siguiendo la vieja tradición de la familia Volkov, pronto todos empezaron a beber.
Nadie podía negarse a beber. Como la señora Volkov, Daphne tuvo que aceptar copa tras copa bajo la atenta mirada de sus suegros.
A medida que las horas pasaban y el alcohol de alta graduación recorría sus venas, la bruma comenzó a apoderarse del salón. La tensión acumulada durante cinco años pareció disolverse en el licor.
Eliot dejó de ver a Daphne como la esposa impuesta y la vio, por primera vez en años, simplemente como la mujer deslumbrante y vulnerable que tenía enfrente. Daphne, por su parte, perdió la timidez y el pánico que siempre la paralizaban.
Cuando la cena terminó y ambos se retiraron a la habitación de huéspedes que les habían asignado, la puerta se cerró a sus espaldas.
En la penumbra del cuarto, envueltos en la embriaguez y en un deseo reprimido que ninguno de los dos supo de dónde nació, los besos surgieron de forma salvaje e inesperada. Las caricias frías se volvieron ardientes. Eliot la acorraló contra la puerta, pero esta vez no había odio en sus ojos, sino una fascinación ciega.
—Ojalá me amarás tanto como yo te amo a ti, Eliot... —susurró Daphne entre sus labios, con la voz rota por el alcohol y los años de anhelo reprimido, antes de perderse en el toque de su esposo.
Fascinado por la belleza de Daphne y la rendición en sus palabras, Eliot la tomó entre sus brazos y la llevó a la cama. Esa noche, en medio de la niebla del alcohol y las trampas de sus familias, el matrimonio finalmente se consumó.
A la mañana siguiente, el alcohol borró los detalles finos de la noche. Solo quedó un recuerdo borroso y confuso que ninguno de los dos se atrevió a mencionar. Volvieron a su mansión en silencio, retomando de inmediato la distancia habitual, exactamente como sus padres habían planeado.
Semanas después, Daphne se encontraba frente al espejo del baño de su habitación, acariciándose el rostro con una extraña sensación de paz.
—Pronto Eliot me hará llegar los papeles del divorcio. —Se dijo a sí misma en un susurro, mientras una pequeña sonrisa de esperanza nacía en sus labios.—Y una vez que los firme... ambos seremos libres. —Murmuro para si.
Pero la libertad comenzó a desvanecerse cuando notó un detalle alarmante: su menstruación llevaba dos semanas de retraso.
Al principio intentó engañarse a sí misma. Se convenció de que el estrés de la fecha límite y la presión familiar le estaban jugando una mala pasada. Pero las semanas siguieron corriendo, y con ellas llegaron los mareos matutinos y un asco insoportable al olor del café.
—Mi señora... es mejor que se haga una prueba de embarazo. —le sugirió Carol una mañana, al verla pálida y apoyada contra el lavabo de la cocina.
—No lo sé, Carol... es imposible —Respondió Daphne, negando con la cabeza en un gesto de pánico abrumador—. Yo nunca... es decir, solo fue una vez... es imposible. —Solto una risa nerviosa.
Sin embargo, incapaz de vivir con la duda, envió a Carol a comprar de forma discreta una prueba de farmacia.
Minutos después, en la soledad del baño principal, el llanto de Daphne ahogó el silencio de la estancia. Sobre la superficie de granito, el pequeño artefacto plástico mostraba dos líneas rosas perfectamente marcadas. Positivo.
Las manos le temblaban de forma incontrolable mientras el cerebro procesaba la crueldad del destino. La oportunidad de escapar se le acababa de escurrir entre los dedos de la manera más trágica posible.
Estaba embarazada de su esposo. De un hombre que la odiaba, que amaba a otra y que solo esperaba la anulación de su matrimonio.
Y ahora... jamás podría escapar de él.
