Escondiendo al hijo del CEO.

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Capítulo 3 Boda.

El peso del vestido de novia se sentía cada vez más sofocante. Daphne avanzaba por la nave central de la catedral con la mirada fija en el suelo de mármol, aferrada al brazo de Arthur Sterling. Su padre mantenía una sonrisa perfecta, saludando con inclinaciones de cabeza a los cientos de magnates, diplomáticos y figuras del bajo mundo que abarrotaban los bancos.

Para los ojos del mundo, era un orgulloso padre entregando a su única hija al heredero más codiciado del país. Para Daphne, era simplemente un mercader entregando su última mercancía.

—Ojos hacia el frente. —Le murmuró su padre en un siseo bajo, sin perder la dentadura perfecta dirigida a las cámaras—Eleva la barbilla. No quiero un solo espectáculo, la prensa está aquí y este debe ser el día más feliz de tu vida. ¿He hablado con claridad? —Gruñe.

Daphne sintió un nudo opresivo en la garganta. Sus ojos se empañaron por las lágrimas contenidas, pero con un esfuerzo sobrehumano, esbozó una delicada y ensayada sonrisa.

—Sí, padre —respondió ella con voz dócil.

Estaba acostumbrada a eso. Desde niña, sus padres habían moldeado cada uno de sus gestos, sus vestidos, sus opiniones. Siempre había sido una muñeca de porcelana en un escaparate familiar. Y hoy, la muñeca cambiaba de dueño.

Al llegar al altar, su padre le tomó la mano para entregársela al hombre que esperaba de pie. Daphne evitó a toda costa levantar la vista hacia Eliot. Sabía exactamente lo que encontraría en sus ojos: el mismo odio visceral con el que la había acorralado semanas atrás.

La ceremonia comenzó y las palabras del sacerdote se convirtieron en un murmullo distante en la mente de Daphne. Un pánico comenzó a recorrerle las venas. ¿Debería escapar?, pensó por un segundo, sintiendo el impulso frenético de echarse a correr. Pero la razón la golpeó de inmediato. ¿A dónde iría? Eliot tenía razón el día de su compromiso: ella no sabía nada del mundo real. Jamás la habían dejado aprender a valerse por sí misma. Estaba atrapada.

—¿Señorita Sterling?

La voz del sacerdote la trajo de vuelta a la realidad. Daphne dio un leve respingo, sintiendo cómo el calor le subía a las mejillas. La iglesia entera estaba en absoluto silencio. ¿Cuánto tiempo llevaba ausente?

—¿Acepta usted al señor Volkov como su legítimo esposo para amarlo, respetarlo, cuidarlo en la riqueza, en la pobreza, en las buenas y en las malas, hasta que la muerte los separe? —Volvió a preguntar.

Sintiendo el peso de cientos de miradas sobre su espalda, Daphne giró levemente la cabeza hacia la primera fila en un último y patético intento de auxilio. Pero solo encontró las miradas duras, frías y de advertencia de sus padres.

Volvió la vista hacia su prometido. Eliot la observaba como si ella fuera la jueza que acababa de dictar su sentencia de muerte, el verdugo que lo condenaba a una vida miserable.

No había escapatoria. Ninguna.

—Acepto…—murmuró en un hilo de voz que apenas alcanzó el micrófono.

Los aplausos y vítores estallaron en la catedral, ahogando el sonido de su corazón rompiéndose. Nadie notó cómo las manos de Daphne temblaban sin control contra el ramo de orquídeas, nadie vio el mareo que la hizo tambalearse un milímetro.

—Por el poder conferido por Dios y el Estado, los declaro marido y mujer —Proclamó el sacerdote con soltura.—Puede besar a la novia. —Finalizo.

Eliot dio un paso al frente. Sus manos, grandes y firmes, se posaron en la cintura de Daphne para atraerla hacia él. En cualquier otra circunstancia, el contacto de ese hombre —a quien secretamente había encontrado fascinante durante años— le habría erizado la piel de emoción. Pero ahora, sabiendo el asco que él sentía, la cercanía resultaba aterradora.

Antes de que sus labios se unieran, Eliot se inclinó hacia su oído y le susurró con un aliento frío.

—No finjas que no querías esto. Haz logrado lo que tanto querías. —Nueva vez, el corazón de Daphne se rompe un poco mas.

Acto seguido, aprisionó los labios de Daphne en un beso robado, cargado de una posesión brusca e implacable. No había ternura, solo la reafirmación de que ella ahora le pertenecía por contrato. Cuando se separó, Daphne se quedó paralizada, con el labio ardiendo y el alma en pedazos.

Al salir de la catedral entre una lluvia de pétalos blancos, la mirada de Daphne se cruzó con la de una mujer parada al fondo de la multitud. No sonreía. Llevaba un vestido elegante pero discreto, y sus ojos fijos en Eliot reflejaban una angustia devastadora. Al notar cómo la mandíbula de Eliot se tensaba sutilmente al verla, Daphne comprendió de inmediato de quién se trataba: la famosa Polina.

La recepción fue un despliegue obsceno de lujo. Candelabros de cristal, orquesta en vivo, banquetes exóticos y un esposo deslumbrante al que todos felicitaban. Sin embargo, Daphne se sentía como un fantasma en su propia fiesta.

Pasó las horas sonriendo para los fotógrafos, aceptando regalos costosos de hombres de negocios y soportando la fría indiferencia de Eliot, quien apenas le dirigió tres palabras en toda la noche. Antes de retirarse a medianoche, Victoria Sterling se acercó a su hija bajo el pretexto de arreglarle el velo.

—A partir de hoy tu único trabajo es mantener complacido a tu esposo y cumplir tu rol de esposa —le advirtió su madre con voz seca—. No nos hagas quedar mal, Daphne.

Daphne solo pudo asentir en silencio.

Poco antes de que la fiesta llegara a su fin, Daphne notó que la silla de Eliot estaba vacía. Necesitada de un momento de aire fresco para no colapsar, se levantó discretamente de la mesa presidencial y caminó hacia los extensos jardines del recinto.

El aire frío de la noche le dio un leve alivio, pero al doblar la esquina de un seto de rosales, sus pasos se congelaron.

A unos metros, bajo la luz tenue de un farol, estaba Eliot. Y entre sus brazos, Polina.

Daphne se ocultó velozmente tras una columna de piedra, conteniendo el aliento. Desde su posición, podía ver el rostro de su esposo. La frialdad implacable que Eliot había mostrado todo el día se había esfumado por completo, reemplazada por una mirada de profunda tristeza y devoción. Polina acariciaba sus mejillas con una familiaridad dolida mientras las lágrimas caían por su rostro.

Sintio envidia.

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