Capítulo 2 Sin escape.
Daphne observa como el hombre que por tanto tiempo había amado en silencio se aleja de ella como si fuera la peste misma. ¿Cómo podría hacerle saber que ella no decidió esto? ¿Algún día la escucharía? No es algo que sepa, pero no podía quedarse de brazos cruzados.
Suspirando profundo y levantándose aun sintiendo que las piernas le tiemblan por los segundos que paso de terror. Daphne decide alcanzar a sus padres en la salida.
Prefiere calmarse antes de que la vean en ese estado tan lamentable. Caminando en silencio sin nadie más que la viera, el recuerdo de los ojos de Eliot mirándola con odio vuelve a su mente, ella siente que, su corazón se rompe un poco pero, ¿podría culparlo?
Después de todo a él también lo estaban obligando.
Minutos después, en el auto de sus padres, Daphne intentó quemar su última carta. Para que en su mente no quedara el sentimiento de culpa por no decir nada.
— ¿Qué es lo que te pasa hoy Daphne? —Cuestiona el señor Sterling en su lugar, atreves del retrovisor observa a su hija la cual esta inicialmente silenciosa. —Pensé que estaría saltando de alegría por saber que te casaras con el hijo de los Volkov. —Daphne se encoje de hombros.
—Las jóvenes simplemente no saben agradecer todo lo que sus padres hacen por ellas. —Añadió la señora Sterling, indiferente hacia la mirada de su hija.
—Yo pensaba que quizás, esto es muy rápido…quiero decir, él no me conoce del todo, podríamos…aplazar el matrimonio. —Dijo Daphne, sus padres guardan silencio unos segundos.
— ¿Acaso haz perdido la razón? —Escupe la señora Sterling en su lugar. — ¿Sabes todo lo que hemos sacrificado como para que ahora vengas a decirnos que no deseas casarte con Eliot Volkov? —Daphne baja la cabeza.
—Muchas jóvenes en tu lugar estarían arrodilladas dándonos las gracias. —El señor Sterling hace un gesto con la mano. —El matrimonio se llevara a cabo, no importa si es tu voluntad o no. —Sentencio.
—Papá, por favor. —suplicó, con la voz rota y la garganta aún dolida por la presión de los dedos de Eliot. —Él me odia. No nos vamos a hacer bien. Déjame rechazar el compromiso, podemos buscar otra solución con la empresa... —Daphne ingenuamente creía que había una solución alternativa.
Arthur Sterling ni siquiera se molestó en mirarla desde el asiento delantero.
—La decisión está tomada, Daphne. Deja de comportarte como una cría infantil. —Las palabras de su padre le caen como un balde de agua fría, y su tono no dejaba a discusión.
— ¡Pero no me quiere! —insistió ella, al borde de la histeria, sus ojos arden por las lágrimas que se agolpan. — ¡No entienden lo que es capaz de...!
¡ZAP!
La mano de su madre impactó con fuerza contra su mejilla, dejando un ardor penetrante y cortando las palabras de Daphne de golpe. El rostro de Victoria Sterling no mostraba un ápice de calidez materna; solo asco y cansancio.
—El matrimonio no es un cuento de hadas, Daphne. —Dijo su madre con tono cortante. —Te casarás con Eliot Volkov. Es tu deber como la única hija de los Sterling. —Es cierto que ella era la única hija del poderoso matrimonio. —No nos traigas más vergüenzas. Ahora cállate y compórtate. —El silencio reina en el vehículo, la conversación estaba terminada.
Daphne se llevó la mano a la mejilla caliente, tragándose sus lágrimas. Estaba acorralada por todos lados. Sin aliados, sin salida.
Un mes después, el tiempo pasó más rápido de lo que Daphne o el mismo Eliot hubieran querido en realidad. El ambiente en la catedral parecía más el de un funeral que el de una boda, al menos era lo que pensaban los novios.
Daphne avanzó por el pasillo central luciendo un vestido de seda blanco que se sentía como una mortaja. Unos años atrás, cuando soñaba con su boda, imaginaba caminar hacia un hombre que la mirara con devoción, con amor brillante en los ojos.
Sin embargo, cuando levantó la vista hacia el altar, solo encontró la mirada dura, gris carente de cualquier atisbo de humanidad de Eliot. Él la observaba como se observa a una condena, con los hombros rígidos y la mandíbula apretada.
En ese preciso instante, mientras el sacerdote daba inicio a la ceremonia, Daphne lo comprendió con desgarradora claridad: acababa de entrar voluntariamente en su propia prisión. Y las puertas se habían cerrado para siempre.
