Capítulo 1 Sentencia.
Seis años atrás.
La oficina del piso superior de la torre Volkov olía a madera y papel importado, sin embargo, el día de hoy, el aroma estaba cargado de tensión.
Eliot Volkov, a sus veintisiete años, mantenía la espalda recta frente al imponente escritorio de caoba. A su izquierda, sus padres, Nikolai y Elena Volkov; a su derecha, los esposos Sterling. La atmósfera en la habitación era tan densa que podía cortarse con un cristal. Eliot había acudido a la citación creyendo que finalmente se anunciaría lo que llevaba meses esperando, su compromiso oficial con Polina Vánina.
Pero la voz de su padre destruyó cualquier ilusión en cuestión de segundos.
—El contrato está redactado, Nikolai. —comentó Arthur Sterling, ajustándose la mancuerna de oro en la muñeca—. El traspaso de las acciones del sector logístico se ejecutará el día de la boda.
Eliot frunció el ceño, sintiendo un sudor frío recorrerle la nuca.
—¿De qué están hablando? —interrumpió Eliot, con la voz profunda y rasposa. —Polina y yo ya habíamos discutido la fecha del compromiso. Dijeron que lo revisaríamos este mes. —Esto no le gustaba para nada. Algo estaba mal.
Nikolai Volkov ni siquiera se molestó en mirarlo a los ojos mientras encendía un puro. El humo gris flotó entre ellos. Afortunadamente el viento circula constantemente por la oficina logrando que nadie se ahogue con el aroma del puro.
—Polina Vánina no es más que una distracción sin apellido. —sentenció Nikolai en un ruso tajante antes de volver al español para sus socios. —Tu futuro no se construye con afectos absurdos, Eliot. Te casarás con Daphne Sterling. La alianza con su familia asegura el monopolio del puerto. Está decidido. —Sentencio su padre con voz fría.
—¡No! —Eliot dio un paso al frente, haciendo crujir la madera bajo sus zapatos. —No voy a casarme con una desconocida. —Rugió él. —Daphne no es más que una niña mimada, consentida y caprichosa que no sabe nada del mundo real. Si necesitan el puerto, lo tomaré por la fuerza, pero no voy a vender mi vida a los Sterling. —Los padres de la nombrada se mantuvieron impasibles, solo en silencio.
—Cuida tu boca, Eliot —intervino Elena, su madre, con una frialdad habitual.—Eres nuestro primogénito. El futuro CEO del grupo y el heredero del apellido Volkov. Aceptas este matrimonio o lo pierdes todo. —Dijo ella sin dejar un tono a discusión.
—Prefiero perder el control de la empresa antes que dejar a Polina. —Espetó él con desafío.
Nikolai dejó caer el puro sobre el cenicero de cristal y se puso de pie. La sombra del viejo mafioso se proyectó sobre su hijo. La fachada de magnates corporativos que vendían a los medios se desvaneció en un segundo.
—Polina Vánina es de carne y hueso, Eliot. Y la carne es extremadamente frágil ante una bala —murmuró Nikolai en un susurro bajo, cargado de una amenaza real que le hizo helar la sangre a Eliot.—
La tensión entre ambos hombres era palpable, casi como una pelea silenciosa por ver quien cedia primero.
—Cortaras todo contacto con ella hoy mismo. Si me entero de que vuelves a buscarla, si intentas enviarle un solo mensaje... nos encargaremos de que desaparezca de este mundo. Y sabes perfectamente que no me tiembla la mano. —Nikolai volvió a tomar el puro entre sus manos, aun sosteniéndole la mirada a su hijo.
Los puños de Eliot se cerraron a sus costados con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron completamente blancos. La rabia, impotente y sofocante, le abrasaba el pecho. Sabía de lo que su padre era capaz; había visto el precio de la desobediencia cuando era más joven.
Estaba acorralado.
—Entendido…padre. —Finalmente Eliot debe aceptar la realidad en estos momentos. Bien podría obedecer a sus padres o enfrentarse a perder al amor de su vida.
—Tienen un mes para preparar la boda. —dijo Nikolai, dando por terminada la reunión. Sin articular una sola palabra más, Eliot se giró sobre sus talones y empujó la pesada puerta doble de la oficina. Tenía la vista nublada por la furia.
Al salir al pasillo de mármol, se topó de frente con una figura pequeña.
Daphne Sterling, de apenas veinticinco años, permanecía inmóvil a unos pasos de la entrada. Llevaba un vestido sencillo con estampado de flores y las manos entrelazadas nerviosamente. Había escuchado parte de la discusión. Había escuchado cómo él la describía.
Ella siempre lo había encontrado inquietantemente guapo, con sus ojos grises como el invierno y esa presencia imponente, pero la frialdad con la que él solía mirarla siempre le inspiró un profundo temor.
Tratando de mantener la compostura, Daphne esbozó una sonrisa tímida y dio un paso hacia él.
—Eliot... h-hola…Yo...
Pero Eliot no la dejó terminar. Cegado por la rabia de haber sido manipulado y amenazado, vio en Daphne a la única culpable accesible de su desgracia. Avanzó a pasos agigantados, la agarró del brazo y la estampó sin miramientos contra la pared de mármol del pasillo.
El impacto le sacó el aire a Daphne.
—¿Esto era lo que querías, ¿verdad? —siseó él, acorralándola, inclinándose sobre ella con una ferocidad terrorífica. Sus ojos grises no reflejaban más que odio puro—. ¡Le has lavado el cerebro a tus padres y a los míos para que se te concediera el maldito capricho! ¿No es así?
—No.… no he hecho nada... yo... venía a decirte que... —balbuceó ella, aterrorizada.
Antes de que pudiera completar la frase, la mano grande y pesada de Eliot se cerró alrededor de la garganta de Daphne. No llegó a aplastarle la tráquea por completo, pero la presión fue suficiente para cortar el flujo de aire.
Daphne abrió los ojos de par en par, mientras el pánico la invadía. Las lágrimas brotaron de sus ojos de inmediato, cayendo por sus mejillas. Sus manos pequeñas arañaron inútilmente el antebrazo de él.
—Por... por favor... escúchame... —suplicó en un hilo de voz ahogado.
—¡Cállate! —gruñó él, apretando un segundo más antes de soltarla bruscamente, dejándola caer como un trapo sucio sobre el suelo de mármol.
Daphne se colapsó sobre sus rodillas, llevándose las manos al cuello, tosiendo violentamente y jadeando en busca de oxígeno. El llanto contenido finalmente se desbordó.
Eliot la miró desde arriba, con el rostro desencajado por la aversión.
—Lo que sea que tengas que decir no me interesa —dijo él, con una voz que sonó como el rugido de un animal herido—. Quiero que lo tengas muy claro, Daphne: si dependiera de mí salvar tu vida, te dejaría caer al abismo con los lobos. Has arruinado mi vida... y yo me encargaré de hacer exactamente lo mismo con la tuya.
Daphne se estremeció hasta los huesos. Vio a Eliot dar media vuelta y alejarse a zancadas por el pasillo, ajustándose el saco como si nada hubiera pasado.
Sola en el suelo, sollozó en silencio. Lo que quería decirle... lo que nunca pudo articular, era que ella tampoco quería esto. Quería decirle que no estaba de acuerdo con un matrimonio sin amor, que jamás obligaría a nadie a estar a su lado. Pero él no le dio la oportunidad.
