ENTRE SOMBRAS Y DESTINOS

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Capítulo 8 Cajas de Seguridad y Mentiras

La información obtenida en la gala llevó a Samanta a una conclusión inevitable: la red no solo era digital, sino física. Thorne no solo enviaba datos; recibía instrucciones. Y esas instrucciones parecían estar vinculadas a una serie de cajas de seguridad en la sucursal más antigua de Union Corp, un edificio victoriano de piedra oscura en Fleet Street que guardaba los secretos de las familias más poderosas de Inglaterra desde hacía un siglo.

—No puedes entrar allí como Isabella Vane —dijo Maximus mientras revisaba los planos del edificio en su despacho privado—. El sistema de acceso es biométrico y solo los clientes de nivel Platino pueden bajar a las bóvedas.

—Entonces entraré como tú —respondió Samanta con una frialdad que dejó a Maximus sin palabras.

Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, Samanta utilizó tecnología que haría que los servicios de inteligencia parecieran aficionados. Creó una réplica sintética de la huella dactilar de Maximus basada en un escaneo láser que le hizo mientras él dormía (un momento de vulnerabilidad que ambos preferían no discutir). También diseñó lentillas de contacto que replicaban el patrón de iris de Maximus.

El plan era audaz hasta la locura. Mientras Maximus presidía una conferencia de prensa televisada en la City para proporcionar una coartada pública inquebrantable, Samanta entraría en la sucursal de Fleet Street disfrazada de él, aprovechando que el personal de seguridad nunca se atrevería a cuestionar de cerca al dueño del banco.

El día de la operación, Samanta se miró en el espejo. Con un traje de sastre diseñado para ensanchar sus hombros, maquillaje protésico para marcar la mandíbula y una peluca perfecta, el parecido era aterrador. Pero lo más importante era el "aura". Debía caminar con la arrogancia de Maximus, con ese peso de mando que solo da el dinero infinito.

Entró en la corporación con paso firme. El guardia de la entrada se cuadró de inmediato. —Buenos días, Sr. Holness. No le esperábamos hoy —dijo el recepcionista, visiblemente nervioso. Samanta solo asintió con un gesto seco, evitando hablar para no arriesgar la modulación de voz artificial que llevaba en el cuello.

Bajó por el ascensor privado hacia las bóvedas. El aire se volvió más frío, cargado de un olor a metal y papel viejo. Al llegar al panel biométrico, su corazón latía con fuerza, pero sus manos no temblaron. Colocó el dedo sintético y dejó que el láser escaneara su ojo falso. Acceso Concedido.

La puerta de la bóveda se abrió con un estruendo metálico. Samanta caminó directamente hacia la caja 402, la que estaba a nombre de una empresa fantasma vinculada a Thorne. Al abrirla, no encontró lingotes de oro ni diamantes. Encontró una serie de cuadernos de contabilidad escritos a mano y un sello de lacre antiguo con la forma de una garra de león.

Pero lo que más la impactó fue una fotografía amarillenta en el fondo de la caja. En ella aparecía un joven Arthur Vance junto al padre de Maximus, ambos sonrientes frente al mismo edificio donde ella se encontraba. La traición no era nueva; era una herencia.

De repente, las luces de la bóveda parpadearon y se tornaron rojas. Una voz fría salió por los altavoces: —Esa no es forma de comportarse, Samanta. El Sr. Holness se sentirá muy decepcionado al saber que estás usando su cara para robarnos.

La puerta de la bóveda comenzó a cerrarse. Samanta tenía exactamente doce segundos para salir o quedaría enterrada viva en el sarcófago de secretos de Union Corp.

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