Capítulo 7 Bajo el Barniz de la Opulencia
Para desmantelar una conspiración que habitaba en las sombras, Samanta convenció a Maximus de que debían actuar como si nada hubiera cambiado. El escenario para su siguiente movimiento fue la inauguración de una nueva galería de arte en Mayfair, un evento patrocinado por Union que atraería a la crema y nata de la aristocracia financiera europea.
Mientras Maximus se preparaba en su vestidor, ajustándose una corbata de seda plateada, observaba su reflejo con una extraña sensación de desdoblamiento. Por fuera, era el magnate imperturbable; por dentro, era un hombre que acababa de descubrir que su imperio era un nido de espías. Samanta, ahora bajo el alias de "Isabella Vane", una consultora de inversiones de Zurich, llegó al evento con un vestido de satén azul medianoche que gritaba sofisticación europea.
La galería estaba impregnada de un lujo asfixiante. Cuadros abstractos de precios exorbitantes colgaban de paredes blancas inmaculadas, mientras el sonido de los violines intentaba enmascarar las conversaciones sobre fusiones y adquisiciones. Samanta se movía con una copa de champán en la mano, pero sus ojos estaban trabajando a una velocidad que ningún invitado podría sospechar.
Llevaba oculto en su bolso un escáner de radiofrecuencia de última generación. Su objetivo eran los dispositivos móviles de los miembros de la junta directiva de Union Corp. Sabía que la "Orden del León" no podía operar sin nodos locales, y esos nodos debían estar entre los hombres más cercanos a Maximus.
—Isabella, qué placer verla de nuevo —dijo Maximus, acercándose a ella frente a un cuadro de manchas rojas y negras. El lenguaje corporal era perfecto: el de dos conocidos profesionales compartiendo una charla trivial.
—El placer es mío, Sr. Holness. Su colección es... reveladora —respondió Samanta, con un acento suizo impecable. Mientras hablaba, su bolso rozó "accidentalmente" el brazo de Marcus Thorne, el director de Operaciones de Union Corp, que pasaba por allí.
El escáner vibró discretamente en su mano. Objetivo fijado. —Marcus —saludó Maximus con una sonrisa gélida—. No sabía que te interesara el arte moderno. —Solo cuando tiene un buen retorno de inversión, Maximus —respondió Thorne, un hombre de rostro afilado y ojos que nunca sonreían del todo.
Samanta detectó un micro gesto en Thorne: un ajuste nervioso de su gemelo izquierdo. En su mente, ella ya estaba procesando la información. Los gemelos de Thorne no eran joyas comunes; eran emisores de señal de baja frecuencia. El director de Operaciones era un nodo.
La tensión en la sala era casi palpable para Samanta. Podía ver las líneas de poder que cruzaban la habitación, las lealtades invisibles y las sospechas ocultas tras las risas. Maximus mantenía la fachada con una maestría que ella empezaba a admirar. No era solo un banquero; era un actor que llevaba toda la vida representando un papel para sobrevivir.
—Debemos movernos —susurró Samanta cuando Thorne se alejó—. El gemelo de Thorne está transmitiendo ahora mismo. Alguien en esta sala está recibiendo datos en tiempo real de las cuentas de Union Corp.
Maximus no cambió su expresión, pero sus nudillos se volvieron blancos alrededor de su copa. —¿Quién? —preguntó bajo el aliento. —No lo sé todavía. Pero el receptor está a menos de diez metros.
La gala continuó, una danza de máscaras sobre un volcán. Bajo el barniz de la opulencia, Samanta y Maximus estaban cazando a un depredador que ya estaba entre ellos, sintiendo el aliento de la traición en la nuca mientras brindaban por el éxito del banco que podría ser su propia tumba.
