ENTRE SOMBRAS Y DESTINOS

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Capítulo 6 El Pacto de las Sombras

El silencio que siguió a la llamada de Samanta en el ático de Maximus fue más pesado que el estruendo de un desplome financiero. Maximus Holness sostuvo el teléfono encriptado contra su oído mucho después de que la línea se quedara muda. El nombre de ella —o al menos el nombre que ella usaba— resonaba en su mente con una frecuencia inquietante. En el mundo financiero, la información era una mercancía, pero la advertencia de Samanta no parecía una transacción comercial; era un grito de guerra envuelto en seda.

Maximus se movió hacia su sistema de seguridad privado. Con un gesto de la mano, activó los protocolos de contrainteligencia de su residencia. Las persianas blindadas se deslizaron con un zumbido casi imperceptible, sellando el ático del mundo exterior. Sabía que cada segundo contaba. Si ella tenía razón —y su instinto le decía que la mujer del Museo Británico no cometía errores de cálculo—, su vida acababa de cambiar de trayectoria.

A kilómetros de allí, en Shoreditch, Samanta ya estaba moviéndose. Su apartamento, que minutos antes era su santuario, ahora se sentía como una ratonera. Sabía que el mensaje en su pantalla no era un farol; era una firma. Los "cazadores" no enviaban advertencias a menos que estuvieran seguros de su posición. Con una calma gélida, activó el protocolo de destrucción física de sus discos duros. Un pequeño dispositivo térmico oculto en la torre de su computadora se activó, fundiendo los circuitos en una masa de silicio inservible.

Tomó una mochila táctica preparada hace años para este momento. Dentro había tres pasaportes, dinero en diversas divisas y un dispositivo de comunicación que Arthur Vance le había entregado antes de desaparecer de su vida. Salió por la escalera de incendios, evitando las cámaras del callejón que ya conocía de memoria. El aire de Londres, cargado de humedad, golpeó su rostro. No tenía miedo; tenía una claridad absoluta. La adrenalina había estabilizado sus procesos cognitivos, permitiéndole ver la ciudad como un mapa de vectores de escape.

El encuentro se produjo en un lugar que ninguno de los dos esperaba: el antiguo cementerio de barcos cerca de Greenwich. Era un terreno neutral, un lugar donde el lujo de la City moría y el barro del pasado reclamaba su lugar. Maximus llegó en un vehículo utilitario común, habiendo dejado su Bentley en el garaje de la torre para despistar a posibles rastreadores. Samanta lo esperaba entre las costillas oxidadas de un viejo carguero.

—Tienes un gusto deplorable para las reuniones de negocios —dijo Maximus, bajando del coche. Su abrigo de cachemira contrastaba violentamente con el entorno decadente.

—Esto no es un negocio, Maximus. Es una exhumación —respondió Samanta, saliendo de las sombras—. Lo que encontré en los servidores de Union Corp no es un robo de dinero. Es algo mucho más antiguo. Es una red de comunicación que usa tus activos para mover secretos.

Maximus se detuvo a pocos metros de ella. La luz de la luna filtrada por las nubes iluminaba sus rostros, marcados por la desconfianza, pero unidos por el peligro. —¿Quiénes son? —preguntó él, su voz era un susurro ronco.

—Se hacen llamar "La Orden del León", o al menos eso sugieren los metadatos —explicó Samanta, acercándose—. Pero lo importante no es el nombre, sino lo que saben. Saben quién eres tú desde antes de que tu padre te entregara la corporación. Y saben quién soy yo desde que era una niña en los muelles.

Maximus sintió un vacío en el estómago. La mención de su padre siempre era un punto de presión. —Si lo que dices es cierto, no puedo confiar en nadie dentro de mi propia institución. —Exacto —asintió ella—. Por eso vamos a hacer un pacto. Tú pones el capital y el acceso; yo pongo la mente y la invisibilidad. Vamos a quemar esa red desde adentro, antes de que ellos decidan que ya no nos necesitan vivos.

En ese momento, el crujir de una rama a lo lejos los puso en alerta. Maximus puso una mano en el hombro de Samanta, un gesto instintivo de protección que ella no rechazó. En la oscuridad de Greenwich, el León y la Sombra sellaron una alianza que no estaba escrita en ningún contrato, pero que tenía la fuerza de la supervivencia pura.

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